Ramón Guzmán Ramos
En plena consulta
Sábado 27 de Octubre de 2018
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Durante muchos años nos quejamos del régimen representativo que nos gobierna. No hemos tenido en realidad una representación auténtica en los diferentes organismos que conforman el Estado mexicano. Una vez electos, los gobernantes y legisladores toman distancia del resto de la población. Sus decisiones y actos de gobierno han respondido más bien a intereses que están más allá de la sociedad. Nuestra democracia representativa ha tenida esta falla estructural. No es representativa y su funcionamiento se limita exclusivamente al día de los comicios. Ésta es, por cierto, la única participación que en lo individual llega a tener el ciudadano común.

La democracia representativa es necesaria, por supuesto. Pero se impone que sea auténtica, que no sea una simulación, de manera que la sociedad sienta en todo momento que se le toma en cuenta a la hora de las decisiones oficiales. Una democracia así, sin embargo, no sería suficiente.

Se requiere implementar otras modalidades de la democracia directa, como la asamblea, la consulta, el plebiscito, el referéndum, el foro, etc., donde la sociedad puede participar en la definición de ciertas políticas públicas y en la aceptación o rechazo de determinadas leyes.

Nada de esto hemos tenido en nuestro sistema político, o, en todo caso, han sido prácticas viciadas que sólo sirven para legitimar lo que ya se tiene resuelto y se desea imponer desde arriba.

La consulta no es la democracia en sí, es apenas un mecanismo de la democracia directa que es necesario aplicar bien, correctamente, de manera que como medio no se desvirtúe y acabe desvirtuando al fin.
La consulta no es la democracia en sí, es apenas un mecanismo de la democracia directa que es necesario aplicar bien, correctamente, de manera que como medio no se desvirtúe y acabe desvirtuando al fin.
(Foto: TAVO)


Ahora que el gobierno electo de Andrés Manuel López Obrador se ha propuesto activar estas modalidades de la democracia, abriendo espacios para que la gente se pronuncie y participe directamente en la definición de determinados acuerdos, se ha producido una reacción negativa en cascada en ciertas esferas de la sociedad, sobre todo entre los grandes empresarios y casi todos los medios de información.

Se han dedicado a desvirtuar los foros sobre pacificación que acaban de concluir, y han lanzado toda su metralla contra la consulta sobre el nuevo aeropuerto que mañana termina. Es verdad que los foros fueron rebasados por el dolor y la indignación enormes de las víctimas que pudieron asistir. Ningún foro es capaz de dar cuenta de la herida inmensa que mantiene abierto el corazón del país. Pero nadie puede negar que ha sido un buen intento, algo que ningún otro gobierno se atrevió a realizar. Falta, por supuesto, que el nuevo gobierno recoja el verdadero sentir de las víctimas y que no imponga su criterio particular.

Por lo que respecta a la consulta para decidir sobre el nuevo aeropuerto, hay que decir que el asunto se les ha complicado a los organizadores, dando razones de sobra para que la crítica y descalificación que viene de los grandes empresarios y de los medios se convierta en una influencia considerable. No es, en efecto, una consulta que pueda ser representativa de toda la geografía del país; tampoco ha sido organizada por una instancia imparcial, que garantice la veracidad en los resultados. A final de cuentas, las posiciones se polarizaron dejando en medio a la sociedad.

Los organismos empresariales decidieron hacer una defensa cerrada del nuevo aeropuerto de Texcoco, en tanto que el gobierno del presidente electo y su partido se colocaron abiertamente del otro lado, a favor de Santa Lucía. La información sobre ambas opciones ha sido escasa, superficial. No ha servido en ambos casos para que el ciudadano de a pie pudiera tomar una decisión bien informada. Como siempre ocurre en casos así, a final de cuentas los que hayan decidido acudir a votar lo habrán hecho motivados por razones más de índole política o afinidades personales.

La consulta no es la democracia en sí, es apenas un mecanismo de la democracia directa que es necesario aplicar bien, correctamente, de manera que como medio no se desvirtúe y acabe desvirtuando al fin. Más allá de las buenas intenciones que hayan movido al presidente electo, es obvio que la consulta ha resultado en un mecanismo lleno de defectos, descalificado por un sector poderoso de la sociedad y mal aplicado. El apresuramiento con que fue tomada la decisión ha hecho pensar también que el verdadero motivo de la consulta es que AMLO tenga una razón para lavarse las manos y arrojar la responsabilidad de la decisión final sobre las espaldas de quienes hayan decidido acudir a votar.