Ramón Guzmán Ramos
Tinos y desatinos
Lunes 5 de Noviembre de 2018
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Fueron demasiadas las expectativas que se crearon en la sociedad con el cambio de gobierno. Andrés Manuel López Obrador hizo lo suyo para alimentarlas de una manera desproporcionada. Quizá a eso se deba la votación abrumadora con la que ganó los comicios el pasado 1 de julio. El país se les fue de las manos a los gobiernos anteriores, incluyendo al que está por entregar, y la situación de emergencia se corrió a los extremos. Todos los signos apuntaban a la aparición de un estallido social. El pueblo de México había llegado al límite de su resistencia. Las cosas tenían que empezar a cambiar por cualquiera de los medios que ha registrado la historia: o por la vía violenta, insurreccional... o a través de las elecciones.

Por mucho que ha sido el sufrimiento, la desesperación, las pérdidas, los agravios, los despojos, la anulación sistemática de los derechos humanos, el corrimiento inevitable hacia niveles cada vez mayores de necesidad, marginación y pobreza, la sociedad optó por las urnas. Vio en López Obrador al mesías que llegaría a aliviar todos los males, a encabezar la transformación profunda que ha estado necesitando el país. Por eso se arrojó a las urnas, por eso la votación aplastante a su favor, por eso el poder enorme que se le otorgó. Muchos de sus críticos vieron esta nueva circunstancia como un peligro. Tanto poder acumulado en un solo hombre podría resultar en una autocracia disimulada.

Las cosas tenían que empezar a cambiar por cualquiera de los medios que ha registrado la historia: o por la vía violenta, insurreccional... o a través de las elecciones.
Las cosas tenían que empezar a cambiar por cualquiera de los medios que ha registrado la historia: o por la vía violenta, insurreccional... o a través de las elecciones.
(Foto: Cuartoscuro)

ausencia inevitable de oposición política. Pero he aquí que el asunto de la consulta y sus resultados sobre el aeropuerto les insufló vida a estos partidos ahora marginales. Hasta los personajes más siniestros tuvieron voz y resonancia para condenar la consulta y contribuir al linchamiento público de López Obrador.
Es verdad que desde su campaña lo había anunciado. De ganar las elecciones cancelaría las obras del aeropuerto de Texcoco y trasladaría el proyecto a Santa Lucía. Pero luego adoptó una actitud un tanto ambigua con los empresarios, haciéndoles creer que si ellos se hacían cargo de toda la inversión Texcoco se mantenía. Él mismo quedó atrapado en la trampa. De ahí las suspicacias con respecto a la autenticidad de la consulta. ¿Fue un medio que se utilizó para abrir la era de la democracia directa en el país o simplemente para lavarse las manos? No bastan las buenas intenciones para que las cosas resulten bien. Es necesario hacerlas bien para que los resultados correspondan.

En un régimen de democracia plena ninguna modalidad de participación y toma de decisiones es buena o mala por sí misma. Es necesario establecer las condiciones y las coyunturas para aplicarlas, combinarlas, a fin de que resulten. Pero ninguna de estas modalidades, aislada, ha de contraponerse al proyecto general. El presidente electo ha sido depositario de una enorme confianza por parte de la sociedad, se le ha otorgado una legitimidad como quizá ningún otro ha tenido en la historia. Ha de mostrar entonces capacidad para tomar decisiones y ejecutarlas. Se echa mano de las otras modalidades cuando así se requiera y sea sano para el régimen democrático que se construye.

Algo que ha hecho falta, por cierto, es la transparencia. Que todos sepan a qué atenerse con las decisiones que se toman. Más aún: que el nuevo presidente presente su plan de gobierno y lo ponga a consideración de la sociedad. En un caso así, los legisladores de Morena tendrían que abrir espacios de participación en sus respectivos distritos para poner a debate el asunto y considerar las participaciones de sus electores. Otra modalidad de la democracia directa, pero más ordenada y más legítima.