Ramón Guzmán Ramos
De proporciones bíblicas
Sábado 10 de Noviembre de 2018
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Han dejado sus países de origen porque la vida allí se les convirtió en un infierno. No sólo la miseria, el hecho de no contar con los medios necesarios para vivir con dignidad; también la violencia, la amenaza constante, el acoso, la persecución de las bandas criminales, la extrema fragilidad de la existencia. Ocurre cuando todas las opciones se cierran y sólo queda la huida, abandonar la tierra y la casa, agarrar lo que se pueda y salir en busca de una nueva e improbable oportunidad.

Las caravanas han despertado en una parte de la sociedad mexicana reacciones de rechazo
Las caravanas han despertado en una parte de la sociedad mexicana reacciones de rechazo
(Foto: Gustavo Aguado)

No podían hacerlo como antes: cada uno por su cuenta y riesgo, con la posibilidad de no llegar a ninguna parte y quedar en el camino. Por eso decidieron convocarse, juntarse, unir sus pasos y su viacrucis, multiplicarse, convertirse en una masa humana difícil de deshacer. Los depredadores esperan siempre a que la presa se aísle para arrojarse sobre ella. Por eso la congregación, los lazos nuevos, esta nueva forma de compartir el dolor y la esperanza. Marchar juntos, unidos, con una causa poderosa que los impulsa.

Su presencia en nuestro país ha generado diversas reacciones. La primera, la más visceral y bárbara, fue el intento del gobierno mexicano de contenerlos en la frontera por medio de la fuerza. Para todos fue evidente que esta actitud obedecía al discurso delirante, racista y xenófobo de Donald Trump. Fue humillante para México que en el mundo constataran tal sometimiento. Los migrantes centroamericanos que entran al país sin documentos de acreditación son ilegales; y si usan la fuerza para derribar vallas policíacas o políticas, entonces se convierten en delincuentes. Ha sido el discurso, la postura del gobierno que recibió el repudio de la población en las urnas.

Las caravanas han despertado en una parte de la sociedad mexicana reacciones de rechazo, de desaprobación y hasta de condena. Varios medios han alimentado este sentimiento, este prejuicio. Los migrantes se convierten en un serio problema para México, dicen. No se les puede ofrecer lo que aquí mismo escasea para un gran número de mexicanos: territorio, trabajo, alimentación, atención médica, habitación, estatus legal. Entre ellos podrían venir delincuentes embozados. Mejor que se vayan, que el gobierno los eche de regreso. Pero las caravanas han logrado imponerse poco a poco con sus razones y su esfuerzo descomunal.

Su objetivo es llegar a la frontera con Estados Unidos para pedir asilo, refugio; que les permitan atravesar la línea para buscar allá nuevas oportunidades de trabajo, la expectativa de poder vivir una vida digna. Pero desde el principio Donald Trump tronó contra ellos. Sabemos que lo hizo con tal vehemencia para apelar nuevamente al sentimiento xenófobo de muchos estadounidenses en la víspera de las elecciones intermedias. Ahora sabemos que de poco le sirvió. Pero la obsesión antiinmigrante no se le apaga.

¿Cuál será la suerte de estas caravanas, de este éxodo de proporciones bíblicas que no da visos de parar, retroceder, renunciar a su propósito? Lo más probable es que lleguen a la frontera con Estados Unidos y allí se topen con una línea de alambres de púas y de soldados. Trump decidió militarizar su frontera sur para evitar a toda costa lo que ha llamado la invasión de migrantes. Lo que no reconoce es que se encuentra ante uno de los rostros más infames de su propia obra. La violencia extrema, la miseria y la desestabilización política que sufren los países latinoamericanos es por las políticas de sometimiento, de saqueo y explotación que les impone el imperio del norte.

En efecto, el problema será para México. Se va a crear una franja de migrantes de este lado de la frontera. Allí será la contención. Donald Trump mantendrá sellada su línea fronteriza, con el amago de detener o eliminar en el intento a quienes se atrevan a traspasar. México no puede simplemente quedarse cruzado de brazos, esperar a que el problema haga crisis y los migrantes se rindan por cansancio y desesperación, por hambre y enfermedad. El gobierno de Peña Nieto ya no hará nada por ellos. El reto ha de ser para el gobierno entrante.

Habrá que apelar a la solidaridad de la sociedad mexicana. Que nadie en nuestro país los vea como una presencia dañina, indeseable. Los migrantes van a necesitar toda la ayuda posible para que la situación no se convierta en una crisis humanitaria. Y habría que apelar también a la indignación internacional contra el gobierno de Trump. Que los pueblos del mundo denuncien esta infamia atroz y presionen por la apertura de la frontera. López Obrador deberá asumir una postura clara y de dignidad frente a la soberbia del norte. En la defensa de los migrantes centroamericanos se juega también la suerte de nuestros connacionales que viven y trabajan allá.