Rafael Mendoza Castillo
La política también se corrompe
Lunes 23 de Mayo de 2016
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La política también se corrompe
La política también se corrompe
(Foto: TAVO)

Si entendemos a la política como la acción constituyente que permite a los hombres y mujeres impulsar el cambio y la transformación de lo histórico-social, es decir, del mundo humano, en cuanto a trazarle a éste fines y formas nuevas de organización con sus correspondientes instituciones, entonces lo que en este momento hace la clase política gobernante panista, chuchista perredista y priista, incluidos sus aliados, los poderes fácticos, es la desvalorización y la corrupción de la política.

En el momento en que la élite política y la oligarquía creen que ejercen el poder desde su autoridad autorreferente (referida a sí misma), su poder se ha corrompido. Lo anterior porque ignoran la referencia primera, que es el poder del pueblo. En éste reside la soberanía, tamaña verdad. Como bien dice Enrique Dussel: “El representante corrompido puede usar un poder fetichizado (se echa a andar por sí mismo) por el placer de ejercer su voluntad como vanagloria ostentosa, como prepotencia despótica, como sadismo ante sus enemigos, como apropiación indebida de bienes y riquezas”. Como ejemplos de lo anterior tenemos poner al Ejército en la calle, reformas estructurales y continuar con los dogmas del neoliberalismo, etcétera.

¿Qué tanto se denigra a la acción política? Si la acción política queda atrapada en la maraña de comportamientos burocratizados o sentidos que solamente buscan el interés personal y la administración y planificación del orden establecido, aquélla se trastoca y adquiere el rasgo de lo ignominioso (afrenta pública). Hoy en día la acción política se arropa en lo discursivo (persuadir, convencer, sin importar la verdad) de las bondades más excelsas y de los compromisos apasionados por cumplirse (por el bien de los pobres). Ante la mirada de los ciudadanos, sin embargo, aquélla se configura como un espectáculo lleno de frivolidades y caracterizado por la muerte, la represión física, mental y la corrupción.

La acción política debe fundarse en un Estado de Derecho, en una condición democrática participativa, no formal, y en un valor humano consciente que incorpore el horizonte de la vida colectiva o pública. Hasta ahora parece que el horizonte que orienta la acción de la política es la violación y la trasgresión de nuestra Constitución Política. Volver a la Constitución Política significa recuperar el valor de la ley, el valor de la soberanía, el valor de los principios e ideales, el valor de la independencia, el valor de la nación, el valor solidario hacia los demás, el valor de la confianza y la credibilidad en nuestro hacer político, como el acto que vuelva a refundar a la Republica Mexicana, es decir, un nuevo proyecto alternativo de país.

El sentido o valor de la acumulación exagerada del dinero, del capital, de los bienes y servicios, del libre mercado, los monopolios, del consumismo (economicismo), del robo, de la impunidad y la corrupción, llevaron y llevan a la destrucción y desvaloración de la praxis política. Esta última ya no puede y no debe fundarse en lo primero. Como dice Gianni Vattimo: “La burocratización de los partidos es al mismo tiempo causa y efecto de esta corrupción general del espíritu público”.

El accionar político es lo que funda lo social-histórico. Pensando de esa manera habría que revisar, con detenimiento, lo que hemos hecho de ese evento humano. Si ese acontecimiento es robado a los sujetos sociales, éstos se convierten en seres aislados e indiferentes ante sus destinos y proyectos históricos. Por eso, si a una nación como la nuestra le extirpan la lucha política, la mutación social se encamina hacia la esclavitud del individuo, la privatización de lo público y la alienación genérica. Como bien dice Lorenzo Meyer: “La alianza del PAN con el PRI, que viene del entendimiento de Diego Fernández de Cevallos con Carlos Salinas para bloquear al neocardenismo, se siguió renovando hasta, por lo menos, el Pacto por México, y ese entendimiento ha resultado fatal para el proyecto democrático mexicano”.

El sistema político mexicano ha hecho del adjetivo político un orden, que a los ojos de millones de mexicanos sólo sirve a los intereses privados de una camarilla de asaltantes de la razón, del derecho, de las instituciones y de la dignidad de los mexicanos. Es un sistema político que se funda en una función social que controla la mente, la percepción y la conducta de los ciudadanos, para que se transformen en excelentes consumidores de servicios, de bienes, seres aislados, individuos no comprometidos con la nación, sino con el mercado de lo constituido (teledependencia duopólica).

Nos han mantenido en el límite de lo social. Lugar este último en el que asumimos el papel de sujetos buenos para la muerte. Buenos para satisfacer necesidades del orden de lo natural, buenos para el acarreo y buenos para la reproducción. Ante la percepción de los dueños del feudo político (prianismo) seguiremos apareciendo como no aptos para el ejercicio de la política (porfirismo postmoderno).

Los mexicanos ya no deseamos permanecer en lo civil, lugar de la satisfacción de la necesidad, sino acceder a la acción política para decidir y repensar el nuevo constituyente de la soberanía de la nación. Esta nueva actitud política potenciará lo social y nuestra naturalidad para instalar al país en otro derrotero histórico. El actual camino impuesto por la oligarquía es el de la muerte y la ignominia de lo político.

El espacio de lo público ha sido convertido también en un mercado, donde solamente asisten los ricos, los caciques, los que traicionan a la izquierda. Por eso ese espacio público carece de valores humanos o éticos y ahí todo vale. Así, los simuladores de la política pueden saltar de un lugar a otro, pueden entrar y salir. Para estos cínicos toda acción vale lo mismo en todo tiempo y espacio, no distinguen el bien del mal, lo justo de lo injusto, la dignidad de lo indigno. Lo único claro son sus intereses personales. Además se acoplan al orden de lo político fundado en la impunidad.

Todas las creaciones sociales y culturales de los seres humanos deben estar siempre en permanente vigilancia, dado que aquéllas se les pueden escapar de las manos, se pueden aislar, pervertir y servir a otros intereses. Debemos saber, también, que no son entidades sagradas o algo intocable. Si no hacemos la crítica estaremos expuestos a decisiones contrarias al interés popular o a la voluntad soberana del pueblo. En esta última reside el verdadero poder y éste ya no proviene de Dios o de la naturaleza.

Si continuamos olvidando la condición que constituye lo social y a la nación misma (la política), nos convertirán en seres aislados, solamente aptos para ver televisión, futbol y para pensar en privado (sujetos mínimos, con mínimas competencias para el consumo necesario) y, al final, perderemos a la nación. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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