Alma Gloria Chávez
Cuando del dolor se habla
Jueves 10 de Enero de 2019
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Por lo general es en temporadas invernales, cuando muchas personas muestran cambios de humor en su conducta y se hacen presentes recuerdos dolorosos que provocan depresiones (aún en el sistema inmunitario), que suelen ir acompañados de malestares físicos o francas dolencias.

Por las charlas tenidas con algunas amistades, es que he traído a la memoria lo aprendido y compartido en uno de los talleres que organizamos hace años, con mujeres de Pátzcuaro, Arócutin y Erongarícuaro. Valiéndome de mis “apuntes”, he aquí lo que he intentado llevar a la práctica durante los últimos doce años y que con ustedes comparto.

Primeramente, es necesario tomar en cuenta de que vivimos en una cultura que nos ha enseñado que los sentimientos pueden ser negativos y peligrosos y que debemos controlarlos con el propósito de hacer que parezcan racionales y lógicos. Esta enseñanza ha contribuido con la enorme dificultad que tenemos las personas en general para reconocer e identificar nuestras propias emociones.

Los sentimientos son parte de la naturaleza humana y constituyen un sistema natural de información de nuestro mundo interno y la realidad que nos rodea. Por ejemplo, el dolor nos alerta del peligro; el amor nos conecta con nosotros/as mismos/as y con los/as demás; la ternura nos lleva a la protección de los seres vulnerables y el enojo nos confronta con la injusticia. Sin embargo, nuestras ideas o mapa mental aprendido socialmente, puede llevarnos a interpretaciones confusas o distorsionadas acerca de nuestras emociones y de las maneras correctas o incorrectas de expresarlas.

Casi todas/os en nuestra historia hemos podido escuchar frases como: “El enojo es malo… y te hace ver fea/o”; “Las mujeres buenas no se enojan”; “Los hombres tiernos, parecen afeminados”; “No le demuestres amor”, “si quieres tener éxito, controla tus sentimientos”, “es de mal gusto reírse demasiado”, “no tienes por qué estar triste”… Y ahí vamos por la vida, controlando nuestras emociones y sentimientos, como una olla vaporera.

Existe un poder enorme del pensamiento en la dirección de las conductas
Existe un poder enorme del pensamiento en la dirección de las conductas
(Foto: TAVO)

Obviamente, cuando negamos nuestros sentimientos, nos alejamos de nuestro propio ser, ya que cuando no aceptamos que ellos son parte de la naturaleza humana, fijamos nuestra meta en un ser distinto, no humano, y cuando dejamos de estar en contacto con nuestros sentimientos, o bien, cuando no los aceptamos como una expresión sólida de experiencia, empezamos también a carecer de palabras para describirlos: “Siento que me voy a volver loca!” –me dijo hace poco una vecina. Efectivamente, cuando damos la espalda a nuestra naturaleza, nos hacemos vulnerables.

Seguramente porque me encuentro en una etapa especial de mi vida, me he propuesto revisar, reafirmar y llevar a una práctica consecuente los valiosos aprendizajes y experiencias compartidas en espacios formativos (sobre todo con mujeres) y que hoy me resultan de lo más valioso, porque puedo transmitirlos con la honestidad y seguridad de quien lo ha experimentado. Con la advertencia, claro está, de que cada quien los adaptará a su especial manera de ser.

Aunque las emociones se identifiquen preferentemente con el género femenino y haya mayor aceptación social para la expresión de nuestros sentimientos, las mujeres y los hombres debemos aprender que no hay una verdadera libertad, sino más bien, un código de conducta en torno a ellos. A los varones, muchas veces se les exige el enojo y la ira, sentimientos que, sin embargo, se argumenta son incompatibles con nuestra naturaleza femenina. A las mujeres, además, se nos obliga a la moderación en la vivencia y la expresión de los sentimientos que sí son apropiados. ¿Será porque vivir y expresar con intensidad nuestros sentimientos, nos vuelve ingobernables?

Otra razón para descalificarlos, es porque se piensa que los sentimientos son peligrosos. Específicamente, a partir de experiencias familiares, aprendemos a identificar un sentimiento con una determinada conducta. Sin embargo, la emoción y el comportamiento son distintos y entre ellos, el pensamiento ejerce la mediación que los distingue.

Pero seguramente lo que más pesa entre las razones para descalificar el mundo de las emociones, es que en nuestra cultura se rinde culto al pensamiento racional y la racionalidad es una característica asociada a la masculinidad; y a su vez, lo masculino es prototipo y norma de lo humano (por lo tanto, del progreso, la ciencia, la política y el “éxito”). Y las mujeres, desde ese punto de vista, pueden ser emotivas y sensibles, pero dichas características son consideradas una desviación… que se utiliza para considerar “normal” el machismo.

Existe un poder enorme del pensamiento en la dirección de las conductas; de esta manera, si queremos cambiar conductas, debemos revisar y transformar el pensamiento que las justifica.
Y como también hemos aprendido a evitar los sentimientos dolorosos, lo único que logramos es evadir nuestras emociones. Además, al negar el dolor, nos alejamos de las experiencias que nos lo proporcionan y perdemos la oportunidad de explorar y dirigir nuestra vida por un camino diferente. Lo peligroso de reconocer y vivir el sufrimiento, es quizá porque nos obliga a realizar cambios sustanciales en el sistema de relaciones humanas.

Negar la posibilidad de sentir el dolor y la tristeza, puede conducir al uso de anestésicos artificiales, tales como las drogas, el alcohol… y actualmente, la dependencia de anestésicos cibernéticos, como los móviles, las computadoras y similares artilugios con los que se llega a la depresión y dependencia crónica.

Resulta mucho más saludable ponernos en contacto con nuestros sentimientos, mirando constantemente hacia nuestro interior y validando cualquier emoción que estemos experimentando en ese momento, en el aquí y en el ahora. Porque es precisamente la disociación, la negación del sentimiento, lo que nos lleva a vivir muchas veces en el pasado, repitiendo las emociones dolorosas… poniendo el dedo en la llaga. En la medida en que no confrontemos nuestra propia existencia, vamos acumulando tristeza, miedo, enojo o impotencia y aquello que queremos olvidar, se seguirá manifestando constantemente por medio de nuestras reacciones físicas y emocionales.

Y la mejor manera de expresar todas esas emociones, es con amabilidad y afirmativamente, dejando de pensar que son inapropiados o que vamos a ser juzgadas/os o castigadas/os. Por muy intensa que sea la emoción, no temamos perder el control de nosotras mismas, ni la reacción de las/os demás. “La conciencia de uno/a mismo/a, el reconocer un sentimiento mientras ocurre, es la clave de la inteligencia emocional…” afirma Daniel Goleman. Yo puedo asegurar que resulta una experiencia liberadora.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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