Ismael Acosta García
El papel de la filosofía en la transformación de México
Sábado 26 de Enero de 2019
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Afirma el pensador mexicano Severo Iglesias, que: “La soberanía nacional, la soberanía popular y la soberanía social son propuestas, no recetas, promesas o respuestas ya desechadas por la historia. Son líneas de acción, no un programa. Este lo traza el pueblo organizado. Nosotros somos sus ayudantes. Son escritas bajo el signo de la liberación del trabajo... el hijo predilecto de la humanidad. Y bajo el signo de la lealtad a México, con la esperanza de que llegue a tener el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones libres”.

Tomo este acerto del maestro Iglesias cuando el ritual electoral ha pasado, cuando las elecciones han resultado una manifestación avasalladora de un pueblo lastimado por gobiernos de minorías rapaces que entregaron la soberanía nacional a intereses extranjeros, debilitando la riqueza nacional y empeñando al país frente a las voracez organizaciones supranacionales del neoliberalismo.

Las aspiraciones nacionales y sociales del México profundo avisoran una nueva esperanza, una que marque el cambio de un sistema depredador que abata la corrupción para dejar de ser nada más que un simple regateo por el botín sexenal. Es hora de pensar lo que debe hacerse fuera del mercado. Para no girar en torno a un personaje o un gobierno, sino para encontrar el nuevo rumbo de México. No para emprender una práctica eventual sino para la acción permanente del pueblo y la nación.

En lo civil, la diferencia entre pobres y ricos (en un país donde reside uno de los hombres más ricos del mundo, como Carlos Slim, y la mitad de la población es pobre), no es mero hecho económico
En lo civil, la diferencia entre pobres y ricos (en un país donde reside uno de los hombres más ricos del mundo, como Carlos Slim, y la mitad de la población es pobre), no es mero hecho económico
(Foto: Especial)

Se trata de impulsar la acción general, constituir una nueva condición nacional que abra oportunidades reales para liberar a México, al pueblo y gestar nuevos modos de vida. En pocas palabras, y en la propuesta de Severo Iglesias, constituir un México nuevo. El tiempo lo ha fijado la misma historia y es nuestra tarea contribuir en él.

Los gobiernos del pasado reciente presumieron tener la clave secreta para acabar con el hambre, el crimen y la inseguridad. La realidad es que lo que nos dejaron fue una pavorosa estela de crimen y corrupción que en el discurso de Peña Nieto dijo ser “parte de la cultura mexicana”. Nada más grotezco y cínico que esa expresión. Su pánico para gobernar lo disfrazó buscando culpables de sus fallas. Ocultó premeditadamente la ausencia de una nación fuerte que hiciera posible cumplir las aspiraciones de los sectores del trabajo y la aplicación de la justicia, lo que impedió que el Estado pudiera garantizar la seguridad de las personas y sus bienes. Un Estado fallido y una condición humana vacía nos llevaron a escenas dantescas por lo dramático y lo social como las sucedidas el domingo anterior en Tlahuelilpan, Hidalgo.

Sigue en la colectividad el temor por no estar en “el lugar y el momento equivocados” para no morir acribillado en un callejón y no ser secuestrado, levantado o desaparecido. La otra cara de la baraja reveló el resultado: la erección de un estado pretoriano y su efecto negativo para el ejercicio de las garantías constitucionales y los derechos humanos.

Todo parece indicar que el gobierno de López Obrador ha tomado al toro por los cuernos. Su decidido combate al huachicoleo ha trastocado los intereses no sólo de las bandas delincuenciales de a pie, sino las de cuello blanco. Nos dice que no hay marcha atrás en esta decición y que en pocos días veremos la acción del Estado en otras áreas del servicio público.

Pues bien, ante esta monumental tarea es necesario abrir un espacio de reflexión en el que se analice el papel que puede jugar la Filosofía en esta etapa de transformación nacional. Para el efecto, la Red de liberales por la transformación de México, organismo no gubernamental y apartidista, y el Círculo Cultural Benito Juárez del estado de Michoacán, se han propuesto llevar a cabo el foro denominado “El papel de la filosofía en la transformación de México”, con la intención de conocer puntos de vista de intelectuales, académicos, estudiantes y público en general sobre las condiciones éticas y culturales que se manifiestan en la sociedad mexicana actual, para elaborar una idea general que pueda aportar al cambio por un México nuevo.

Cuatro rubros son los que se considera más importantes, tales son: el papel de la filosofía en la construcción de un nuevo modelo educativo; el papel de la filosofía en la construcción de ética y valores; el papel de la filosofía en el arte y la cultura; y, finalmente, el papel de la filosofía en la política y en la implementación de políticas públicas.

La escalada de descomposición nacional y social exige reflexionar. La comprensión de ésta es cardinal para saber qué hacer en beneficio de México y los mexicanos. Mas para llegar a ella es necesario replantear los problemas y salir de su estrecho marco.

En lo político, el estado mexicano se debilitó con un ejecutivo tambaleante, un legislativo errático y un judicial sesgado. Adelgazado en sus funciones, entró en crisis ante el poder de las corporaciones planetarias y la fuerza absorbente de los bloques mundiales.

En lo civil, la diferencia entre pobres y ricos (en un país donde reside uno de los hombres más ricos del mundo, como Carlos Slim, y la mitad de la población es pobre), no es mero hecho económico. Es expresión del sistema actual, cuya esencia es hacer brotar la miseria en la misma riqueza y generar desigualdades; no por la improductividad y la ineficacia, sino por el trabajo sometido al capital.

Todos estos son asuntos de Estado que se deben reflexionar desde la filosofía. Cierto, durante las últimas décadas de gobiernos neoliberales en México, este aporte de la educación quedó truncado, mejor dicho, fue arrancado de los contenidos programáticos del sistema educativo nacional.

Es momento de recuperarlos, de darle sentido y definición filosófica a nuestra educación; ir por el rescate de valores; elevar a la cultura y el arte al nivel de máximas expresiones espirituales del ser humano y, por último, hacer del humanismo la parte fundamental de toda política pública en los tres ódenes de gobierno.
Otro mundo es posible, y la hora ha llegado. Es cuanto.

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