Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
De lo mejor de mis recuerdos en la música/4
Martes 29 de Enero de 2019
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En octubre de 1994 estuvo en Morelia el Trio Shostakovich. Los carteles anunciaban la audición como "Excepcional concierto de cámara", y la pequeña sala de música Niños Cantores, del Conservatorio de las Rosas, se colmó desde temprano.

Ese público fue un protagonista importante del concierto de esa noche. Era muy abigarrado, con personas de todas las edades, de todas las clases sociales y probablemente de todos los oficios. Había músicos y estudiantes de música. Pero el común denominador fue el amor por la música, el conocimiento, el respeto y el entusiasmo, hasta constituir uno de los mejores públicos que haya yo conocido.

Un músico toca el trombón
Un músico toca el trombón
(Foto: Cuartoscuro)

El Trío Shostakovich era un trío de piano clásico, con un pianista, Grigory Gruzman; un violinista, Mijail Bezverjny, y un violonchelista, Misha Kats. Los tres se formaron en la tradición musical soviética en una de sus épocas mejores, la de los años setenta del siglo pasado.

Su propuesta estética se basaba en una inmensa responsabilidad para con el público, una sensibilidad muy aguzada, una expresividad fundamentalmente emotiva y la convicción irrenunciable de que la música la hacen los artistas con el público.

El Trío Shostakovich tocaba "en cuarteto", con el público como su otro elemento indispensable. Así sucedió esa noche y tuvimos una memorable velada de música de cámara. Los mismos artistas no recordaban muchas ocasiones comparables en su andar por todo el mundo.

El concierto abrió con un Trío en Sol mayor de Franz Joseph Haydn. Un silencio impresionante para empezar a escuchar el río de notas que, engarzadas por el arte de los intérpretes, fue creciendo hasta desgranarse en una cascada impetuosa y transparente de sonido musical; una obra perfecta. Desde ese momento nos dimos cuenta de que estábamos ante algo especial: un modo de interpretar comprometido, en que la comunicación de emociones era el espíritu rector, pero sin sacrificar la perfección técnica.

Siguieron con un trío de Mendelssohn, el Opus 49 en Re mayor. Es música de técnica compleja, pero emocionalmente es transparente, sencilla y afectiva. Empieza con un movimiento sonata que es una de las páginas más brillantes de la música de cámara del espíritu siempre joven de Mendelssohn. Termina en tono triunfal, y ese final fue el examen de grado del público moreliano. Estaba emocionadísimo y deseoso de manifestar su entusiasmo, pero le ganó el sentido de respeto para lograr la cumbre del éxtasis artístico. Entonces se completó la obra con los otros tres movimientos, de ambiente distinto, pero que todos juntos conformaron la gema musical que escuchamos.

La interpretación conjuntó perfección técnica y gran emotividad, pero el público puso su parte, que fue mucha, para "hacer" ese gran trío.

Vino el intermedio, que preparara el gusto para el platillo fuerte: Cuadros de una exposición de Mussorgsky, en transcripción para trío de piano.

Mussorgsky tenía un gran cariño por sus amigos. En 1873 murió el eminente pintor ruso Víctor Hartmann, lo que para Mussorgsky fue un gran golpe. El director de Bellas Artes de la Biblioteca Imperial presentó una exhibición póstuma de las obras de Hartmann al año de su muerte. Vagando tristemente entre los trabajos de su amigo, Mussorgsky resolvió ponerle música a sus impresiones de algunos cuadros, y así nació Cuadros de una Exposición.

Consiste en diez piezas programáticas precedidas por una Promenade, que recurre durante la obra y que sirve como elemento de conexión entre una pieza y la otra. Mussorgsky trató de desnudarse de la carga emocional y trató de ser totalmente objetivo. Se contentó con darnos su reacción musical simple, directa, ante cada cada cuadro de Hartmann.

Logró diez estampas musicales, impresiones estéticas, que posiblemente sigan siendo el modelo inigualado de la música descriptiva. La versión que escuchamos requiere de una interpretación magistral, comprometida y emocionada. Así se dió, y la comunicación entre público y ejecutantes, a través de la obra de un genio, terminó en la apoteosis de la música de cámara.

No hay palabras que puedan describirla. Baste decir que público y artistas lloraron. Y tantos y tan cálidos fueron los aplausos, que se dieron tres encores: la Marcha del Amor por tres naranjas de Prokofiev, un tango de Albéniz y otro de Stravinsky, que fueron el hermoso colofón de esa histórica velada, perfecta como un Apolo joven, hermoso, sabio y vigoroso.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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