Ignacio Hurtado Gómez
Aula Nobilis
La aceptabilidad de la derrota
Jueves 26 de Mayo de 2016
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Con sus diversos matices y circunstancias a cuestas, este tema de la aceptabilidad de la derrota constituye uno de los temas recurrentes para que el que escribe, máxime cuando, como ahora, en el escenario nacional se vislumbran verdaderas batallas campales en términos político-electorales, como las que tendrán verificativo el próximo 5 de junio.

La aceptabilidad de la derrota, como algún día lo planteó el expresidente del gobierno español, don Felipe González, constituye una de las esencias de la democracia, o al menos así lo han entendido tanto en Europa, como en Norteamérica. A nosotros nos ha costado mucho más asimilarlo.

Es una verdad de Perogrullo. En las democracias se gana y se pierde, y aquellos que se sentían derrotados en el pasado, siempre tienen la posibilidad de resultar triunfadores en el presente.

Por eso, afirma Felipe González junto con Adam Przeworski, lo que en buena medida define la madurez de una democracia –y yo agregaría “la madurez de los demócratas”– es precisamente la aceptabilidad de la derrota, pues la victoria cualquiera la acepta.

Por eso, en las elecciones debe existir un sometimiento y respeto a determinadas reglas del juego electoral que son las que dotan de certeza a la contienda, pero que además generan un compromiso en su cumplimiento, lo que implica en términos de “racionalidad política”, al mismo tiempo que los contendientes aceptan no solo las reglas, sino también la hipótesis o la posibilidad eventual de una derrota, ya que dentro de un esquema democrático, por simple lógica, al final de la jornada habrá ganadores y perdedores.

Por eso –sigue diciendo Felipe González– uno de los activos más importantes que deben generarse en cualquier sistema democrático es el de crear las condiciones para la aceptación de la derrota.

En esa lógica, y precisamente de cara al próximo 5 de junio, es donde se ancla la pregunta obligada: ¿están generadas las condiciones para aceptar la derrota por parte de varios candidatos?

En parte sí. Es decir, las reglas del juego, en su gran mayoría son claras y ciertas. Las condiciones a la distancia y de manera general han sido equitativas. Las autoridades electorales, también hasta donde se sabe han salvaguardado la imparcialidad, con algunas tensiones como la del INE con el TEPJF, pero también hasta cierto punto normales. Y hasta cierto punto se visualiza una ciudadanía dispuesta a participar ejerciendo su voto. Esto es, al menos al nivel operativo, técnico las condiciones están generadas.

La aceptabilidad de la derrota, como algún día lo planteó el expresidente del gobierno español, don Felipe González, constituye una de las esencias de la democracia
La aceptabilidad de la derrota, como algún día lo planteó el expresidente del gobierno español, don Felipe González, constituye una de las esencias de la democracia
(Foto: TAVO)

Situación muy distinta son las condiciones que los propios partidos han generado en el marco de sus campañas, en la intensidad de sus discursos del día a día, en la veracidad de sus señalamientos, en la viabilidad de las propuestas, en las campañas mediáticas, y hasta en la perversidad de la propaganda indeseable. Y muchas de estas cuestiones escapan a la autoridad. Al final del camino, tal y como lo machacábamos hace años, lo importante no es quién gane o quién pierda, sino cómo se gane o cómo se pierda. Ese es el punto.

Y entonces no queda más que aferrarse al gran tema, a la quintaesencia de la vida democrática, a lo que simplemente llamamos como cultura cívica, política o democrática, donde los verdaderos republicanos –no solamente cuando hay campañas– que han luchado toda su vida por consolidar la democracia, se les “exige” respetar que otros tengan ideas distintas, tal vez no discriminatorias para no escandalizarnos, simplemente distintas, y que seguramente para ellos serán tan buenas y valiosas como las suyas, y entonces en esa lógica, esa sola aceptación a la diferencia implicará una verdadera cultura de compromiso y responsabilidad ciudadana con todos, lo que también puede abonar a esa aceptación de la derrota.

Se trata, como lo propone Felipe González, de en ocasiones dejar parte de nuestra verdad para comprender la verdad del otro. Al tiempo.

Una pequeña dosis de historia Nicolaita



Ya dijimos que en 1540, al inaugurar sus labores el Colegio de San Nicolás, sólo estudiaban cuatro materias. Puesto que ahora nos vamos a ocupar de los programas pedagógicos y de la tendencia democrática que andando el tiempo se fueron imprimiendo en el plantel, juzgamos necesario indicar que al sobrevenir la segunda clausura de 1863, se cursaban las siguientes asignaturas: español, mínimos, medianos y mayores, lógica, metafísica, física, matemáticas, química, botánica, farmacia, anatomía, medicina operatoria, fisiología, higiene, materia médica, medicina legal, dibujo y cuatro cátedras de jurisprudencia. Ahora bien, desde la reapertura lograda por el señor Ocampo, el prestigio del Colegio de Don Vasco, como se habrá observado, aumentaba, y los sucesivos gobiernos que ocupaban el poder en Michoacán –a pesar de los cruentos trastornos políticos que brotaban a cada paso– le impartían su amparo y algunos le añadían valiosos recursos para su vida. Fue así como en 1859, al ordenar el gobernador de Michoacán, general Epitacio Huerta, la clausura del Seminario Tridentino de San Pedro y San Pablo, por decreto del 12 de mayo del propio año, se dio al Colegio de San Nicolás los fondos y demás capitales del plantel extinguido, dando por resultado que para 1861 –cuando término su periodo–, es decir, dos años antes de la segunda clausura, contaba con un fondo de 116 mil 456.41½ pesos como capital de nueva imposición, proveniente casi todo del extinto Seminario.

ihurtadomx@hotmail.com

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