Ignacio Hurtado Gómez
¡Es la cultura democrática, o la cultura política, o la de la legalidad, o la educación cívica!, ¡la que sea!
Miércoles 30 de Enero de 2019
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Lo voy a decir como lo creo. Tal y como lo he pensado y repensado en los últimos años. Tal y como lo he explicado en diferentes espacios y de diversas formas. En ocasiones verbalmente, en otras por escrito, y en unas más, a través de diapositivas; esto es, tal y como lo he vivido.

En ocasiones con ejemplos de la cotidianidad, a veces perturbadores y dolientes. Las más de las veces con estadísticas en mano; por ejemplo, sobre cultura de la legalidad, sobre cultura de la constitucionalidad, el mismo Latinobarómetro en otras; por supuesto en las llamadas ENCUP´s que levanta la SEGOB y que son las encuestas nacionales sobre cultura política, encuestas nacionales de jóvenes, y hasta en los resultados de las consultas infantiles, por mencionar algunas. La última, la de la revista The Economist sobre cultura democrática.

Pues bien, el hecho es de que, a lo largo del tiempo, he tenido la fortuna de formar parte de instituciones democráticas y democratizadoras, lo que me ha permitido vivir en tiempo real la consolidación de nuestra democracia electoral, ver cómo se han reformulado y robustecido las instituciones electorales, igualmente ver cómo han surgido nuevas instituciones políticas con el paso de los años.

El combate al huachicol también está afectando a los ciudadanos
El combate al huachicol también está afectando a los ciudadanos
(Foto: Especial)

Pero también me ha tocado ver cómo nuestras leyes son más robustas y complejas, el desarrollo de la protección de los derechos humanos, y cómo cada vez los tomamos un poco más en serio.

He visto cómo se pierden mayorías y cómo ceden su paso a los gobiernos compartidos, y cómo se vuelven a ganar esas mayorías. He visto programas al por mayor, muchísimas buenas intenciones, y también he padecido en carne propia una que otra crisis económica y política.

Igualmente, he sido gobernado por diversas ideologías en los tres niveles de gobierno. He visto cómo llegan y cómo se van. He sabido de reformas simples y estructurales. De cómo hemos pasado del subdesarrollo al desarrollo y viceversa.

En fin, me ha tocado de todo un poco, y aun así, con este aparente progreso, al final del camino o al final del día sigo creyendo fervientemente que, mientras no atendamos el origen de muchos de nuestros problemas que tenemos como sociedad, y que aún hoy en día seguimos cargando, difícilmente lograremos un verdadero desarrollo que se traduzca en mejores condiciones de vida para la sociedad; lo demás, es seguir administrando las desigualdades que tanto nos siguen lastimando en estos tiempos.

¿Y cuál es ese origen? Desde mi punto visto, esto es, desde donde pisan mis pies, creo que es la falta de una real cultura democrática, es la deficitaria cultura de la legalidad, es la ausencia de una robusta educación cívica, es la débil cultura política, o como se le quiera llamar. A estas alturas las precisiones conceptuales salen sobrando.

El entendimiento de lo que estamos haciendo mal me resulta por demás sencillo. Me explico.

En primer lugar, y como punto de partida debemos aceptar a grandes rasgos lo evidente: somos una sociedad que nos gusta el cochupo, que nos cuesta mucho el cumplimiento de la ley, en donde nuestro principal problema es la impunidad que alimenta la corrupción, en donde el respeto al otro nos genera problemas, en donde la deliberación y el debate público son débiles. Una sociedad en donde la desconfianza es nuestro principal motor, y la ética política brilla por su ausencia.

Somos una sociedad en donde la mayoría no conoce sus derechos, mucho menos cómo exigirlos. Una sociedad en donde lo público se vuelve privado para unos cuantos. En donde el interés por la política es marginal, y la participación se impulsa con una despensa de por medio.

Una sociedad en donde lo democrático se reduce a ganadores y perdedores después de una jornada electoral, y en donde las diferencias se resuelven con tomas y marchas. En fin, en esencia pues, somos una sociedad en donde, al final del día, pareciera que no pasa nada.

Y frente a esta realidad, tenemos que aceptar como segunda premisa que, las realidades no se transforman por decreto, ni por disposiciones de la ley, ni con llamadas a misa. Ya desde la reforma política de 1977 en su exposición de motivos se decía que, no estaba en la naturaleza de la ley transformar por sí misma la realidad política, sino en todo caso, era la práctica la que consolida y hace avanzar a la sociedad, por eso se concluye que, todos somos responsables del progreso democrático de la nación.

Ahora, la trascendencia de reconocer la deficitaria cultural democrática, o la cultura política, o la de la legalidad, o la educación cívica que tenemos, conlleva entender que la única vía para revertir ese déficit, es el de la educación.

Y la importancia de generar mayor educación traerá como consecuencia un aumento de valores, así como de capital social, un mayor compromiso, participación y responsabilidad social, y con ello, un aumento en la cultura de la legalidad.

Lo anterior generará, entre otros aspectos, paz social, orden, legitimidad, y confianza social. Y a su vez, todos esos aspectos pueden alimentar una mayor cooperación, y con ello, verdadera gobernabilidad democrática.

A su vez, esta última, permitirá un mayor desarrollo político y económico, lo cual a su vez generará mejores condiciones para elevar el capital social, y con ello valores de justicia y equidad, y así sucesivamente.

Como se ve, no es menor el tema. Y lo peor del asunto es que llevará años su puesta en marcha y más ver los resultados, tal vez por eso no es tan atractivo el asunto, pero no se ve otra salida.

Sin temor a equivocarme debemos apostar a la cultura democrática, o terminaremos como la canción: aquí no hay novedad. Al tiempo.


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