Alma Gloria Chávez
Crónica y cronistas
Jueves 31 de Enero de 2019
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Resulta frecuente saber que muchos de los personajes que han dado vida a la crónica, no tuvieron estudios académicos que hayan respaldado su actividad. Simplemente, se atrevieron a tomar pluma y papel para plasmar, de primera mano, lo que el momento inspiraba. Precisamente, entre los afanes de la crónica se encuentra el de proponerse dar fe de lo que sucede en el entorno adonde nos tocó vivir, pero también de llegar a entenderlo. Una crónica recoge la visión que se tiene de acontecimientos, e igual: obliga a tomar postura crítica y ética, inevitablemente, porque se trata de entender lo que pasa y cómo pasa… así como reflexionar en quiénes somos los que permitimos o hacemos suceder tales acontecimientos.

La crónica, como describen quienes de ello saben, nace de la fuerte tradición oral y al mismo tiempo del alto valor que se le da a la palabra escrita; de los persistentes deseos de grupos de élite que buscan estar a tono en cuanto a pensamiento, formas culturales, patrones de vida y métodos de trabajo colonizadores, además de los deseos de ciertas corrientes ideológicas para seguir siempre apegados a la tradición. Pero también nace de afanes totalizadores, del deseo de estar al tanto de todo y al mismo tiempo del apego a lo concreto e inmediato, a lo tangible. Nace del gusto por el costumbrismo; de la sensibilidad romántica, del afán de educar; de la fuerza de la tradición liberal del escritor popular, y también de la moralización constante, permanente, a fin de cuentas: de una conciencia crítica.


Los cronistas gráficos, en épocas remotas, fueron artífices de códices.
Los cronistas gráficos, en épocas remotas, fueron artífices de códices.
(Foto: Especial)

No podemos olvidar a esos cronistas gráficos, que en épocas remotas fueron artífices de Códices, así como a quienes hicieron del grabado y la pintura mural las mejoras herramientas para hacer llegar, de manera visual y a numerosos grupos sociales que no dominaban la lectura o la escritura, la narración de acontecimientos sociales que lograron movilizar consciencias.

Nuestro país “ha pasado su historia descubriéndose, explicándose, tratando de entenderse” (escribe Sara Sefchovich en su Vida y milagros de la crónica en México): desde la época precolombina, durante la conquista y la Colonia, así como en los movimientos sociales. Esto es, la Crónica ha dado cuenta por igual, de momentos de estabilidad social, como de las épocas de crisis. Una crónica no tiene fronteras de género literario: novelas, cartas, poemas, descripción de eventos, análisis de tipo urbano, indígena o rural, corridos… además de lo que se proponen, cobran la función de crónicas para todos los gustos. O también resulta lo contrario: existen cronistas que sin proponérselo, crean novelas y poemas.

La crónica también tiene momentos: al participar en el conjunto de formas culturales y de lo que puede y debe ser dicho, habrá quien se ocupe de concepciones filosóficas de época; de sensibilidades y estética, o hasta de frivolidades, erudición y cuestiones científicas. Momentos ideológicos que, sin embargo, no cambian la intención de lo textual y su función social.

Para los lectores, la libertad de una crónica ofrece textos frescos, fluidos, amenos, aun cuando sus temas no lo sean. Para quienes escriben la crónica siempre resulta el género que mejor les permite decir lo que quieren decir. En sus propias palabras, sin cortapisas.

En provincia, sobre todo, los cronistas toman por asalto los medios de información locales y a menudo, sin saberlo, han logrado influir a sus lectores y animado a muchos a atesorar esas pequeñas crónicas aparecidas en diarios y revistas de poca circulación, salvando de la vida breve a textos que van completando la microhistoria que otros se encargarán de hilvanar.

Seguramente muchos de quienes disfrutamos de la lectura, hemos tenido noticias de cómo los textos sencillos, encontrados en papeles sueltos, han llegado a dar pistas importantes para acontecimientos de todo tipo; y cómo también, los textos de estudiosos, acuciosamente investigados y documentados, han dado pie para la escritura de crónicas que le complementan.

La crónica en provincia siempre dará cuenta de muchos aconteceres que la historia no registrará. Estos escritos detallan, con su lenguaje original, la ironía, la agudeza, la sátira y la crítica que en terrenos de inventiva, dejarán saber del talento, ingenio y gracia de la persona que escribe en el momento preciso.

Y así llegamos a ahondar en la vida de estos personajes: los cronistas, que a menudo guardan para sí el perfil desconocido o la faceta poco reflejada en su vida cotidiana.

Esta tarde del miércoles 30, estamos recordando a un cronista de Pátzcuaro: el señor Enrique Soto González, a quien muchos de nosotros conocimos como El Chino. Un personaje que, según él mismo afirmaba, nunca pretendió hacer “alta literatura”, sino simplemente dejar testimonio de hechos, acontecimientos y personajes de la ciudad que le vio nacer y a la que tanto amó.

Sus textos, llenos de la agudeza de nuestro pueblo, de enseñanzas ilustrativas, de algunas anécdotas, de personajes e historias confinadas muchas veces al olvido, los recopiló a través de muchos años de trabajo, paciencia y disciplina. Escuchando, leyendo, preguntando y platicando con tantas personas que sería imposible enumerar. “Para que quien los lea, en la tranquilidad de su casa, piense, recuerde, ría o medite algo de lo que ahí se cuenta”, nos decía con la ironía de su risa… “Y a quien no le guste… pues ¡ah! ¡cuánto lo siento!”.

Autor de numerosos libros y coordinador de varios, Enrique Soto siempre reconoció que la vida en nuestro Pátzcuaro guarda una multitud de pequeñas historias y que a menudo hay que ahondar en ellas para reconocer el perfil desconocido o la faceta poco explorada de determinados hechos, acontecimientos o personajes. Y así, concienzudamente, lo mismo se sumergió en la vida y obra del humanista Vasco de Quiroga, como de personajes tan sencillos que hicieron de su trabajo y oficio el tributo más honesto a la comunidad donde han vivido. Especial cariño tuvo siempre por la bella imagen de la Virgen de la Salud, Patrona de la ciudad, cuya escultura, hecha con la técnica prehispánica de pasta de caña de maíz, ha sido custodiada durante centurias, con el amor y celo de los pobladores lacustres y al cobijo de bellas y fantásticas leyendas, muchas de las cuales, El Chino se encargó de recopilar.

“En una ciudad de abolengo y tradición, como lo es Pátzcuaro, cada piedra, cada edificio, cada imagen tiene algo que decir a quien los contempla, pero se requiere de una guía adecuada, una persona que conozca sus secretos…” escribió el maestro e historiador Raúl Arreola Cortés. Enrique Soto González siguió el camino que recorrieron personas conocedoras y amorosas de estos lugares y hoy le recordamos como el cronista que fue… aún sin proponérselo.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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