José Antonio Garrido Mejía
El estilo personal de gobernar
Sábado 9 de Febrero de 2019
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Esta frase de don Daniel Cosío Villegas, tomada del libro publicado en 1974, nos remite a la manera en que cada presidente aborda y ejerce el poder. En el caso de André Manuel López Obrador y su Cuarta Transformación, vale la pena recordarlo por su estrategia y su forma específica de gobernar. Ya desde la campaña había señalado que lo suyo no era tan sólo un cambio de gobierno, sino un cambio de régimen. Sin embargo, en este momento a pesar de su gran popularidad hay una enorme incertidumbre ya que no ha definido con precisión hacia dónde quiere llevar a nuestro país.

Al inicio del régimen estableció el compromiso de presentarse cada mañana, de lunes a viernes y en ocasiones especiales hasta el fin de semana, ante el escrutinio público a través de una Conferencia de Prensa que dirige, comenta, responde, pontifica y donde no permite que sus colaboradores respondan sobre los asuntos de su competencia. Él es al mismo tiempo, presidente, vocero, secretario y responsable. Todo en uno.

López Obrador ha olvidado que como presidente electo ahora gobierna para todos, propios y extraños, fifís y chairos
López Obrador ha olvidado que como presidente electo ahora gobierna para todos, propios y extraños, fifís y chairos
(Foto: Especial)

Su estilo aldeano de hacer política refleja claramente su escasa visión internacional, conoce los 2458 municipios que hay en nuestra nación, pero ha viajado muy poco y desconoce absolutamente la realidad y la problemática mundial. Hoy los países en el mundo están relacionados no sólo a nivel económico, vivimos en un mundo globalizado y AMLO parece no saberlo. Su visión de México es arcaica y romántica, una presidencia omnipresente e imperial; es un hombre que no escucha y tiene la verdad absoluta. Es un predicador eterno frente a su grey. Se olvida que somos un país de casi 127 millones de habitantes, complejo, heterogéneo, dinámico. Somos varios México que conviven cotidianamente: uno desarrollado, rico y pujante que requiere impulsos, inversión y controles, una clase media, que está prácticamente en extinción, y que es la que hace grande a un país y la clase desposeída, “el pueblo bueno” del que tanto habla el presidente a la que está dispuesta a ayudar, siempre y cuando estén conscientes de que su bienestar se lo deben a él. El culto a la personalidad indispensable para un Mesías que todo lo puede, frente a una clase política que recibe abucheos y denostaciones, como lo han constatado varios gobernadores que han sido humillados en su propia tierra.

López Obrador ha olvidado que como presidente electo ahora gobierna para todos, propios y extraños, fifís y chairos y no obstante ello, continúa en sus discursos ofendiendo a quienes no comulgan con su pensamiento. Un país debe generar instituciones fuertes, las personas somos pasajeras y nuestra aportación temporal. Lo ideal es que el Sistema sea capaz de crear instituciones mediante las cuales se genere un ambiente propicio para la inversión productiva, trabajos bien remunerados y bienestar social. Y no liderazgos mediáticos, que aun cuando sean bien intencionados y cuyas acciones y resultados sean temporales; y que después de la fiesta que significa la entrega de bonos, becas y subsidios, se vuelva a una economía insuficiente que sea incapaz de enfrentar los retos de la competencia internacional en el mundo competitivo en que vivimos. Incluso China y Rusia se han incorporado al comercio internacional, han abierto sus fronteras, reconociendo que la palabra “productividad” es fundamental. No bastan las buenas intenciones, es preciso implementar acciones concretas y programas de gobierno no asistencialistas.

Para ello se requiere un nivel educativo y de capacitación de la mano de obra con estándares internacionales que hagan permanente una estructura económica más eficiente. Su visión se enfoca en lo político, por eso la entrega de tarjetas personales a una feligresía de la que espera votos, agradecimiento y apoyo incondicional a sus políticas. Ya nos veremos en las elecciones intermedias del 2021, con el control absoluto de las cámaras y donde cuando se haga la consulta acerca de la continuidad de su gobierno por tres años más, tendrá con toda seguridad apoyo total.

La pregunta es: ¿la economía mexicana estará en condiciones de crecer más allá del 4%, contará con inversión extranjera y una base económica nacional que sea capaz de generar expectativas de progreso para todos los mexicanos?

Es muy grave que en sus discursos diarios propicie la división entre la sociedad mexicana. No hay ningún gesto de autocrítica, ni capacidad para escuchar a los que disienten. Ni siquiera a los de su propio gabinete o partido; y esto a escasos dos meses de gobierno es preocupante. Sus colaboradores más cercanos deberían sensibilizarlo acerca de ideas distintas que pueden hacer más eficientes sus políticas de gobierno y no ser cómplices silenciosos en este enfrentamiento cotidiano de personas y posturas que derivan en actos de gobierno fallidos e ineficaces que se contraponen a los nobles objetivos que persigue su gobierno: combate a la corrupción, erradicación de la violencia, mejor distribución del ingreso y lucha contra la impunidad; para de esa manera lograr un gobierno transparente y eficiente, que hasta el momento está muy lejos de lograr. Es un gobierno popular sin duda alguna, pero la volatilidad de las simpatías debe ser refrendada por instituciones sólidas que den certidumbre a largo plazo. México debe ser un país democrático, con instituciones sólidas y principios viables que consoliden el bienestar económico para todas las familias mexicanas.

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