Alma Gloria Chávez
Ofrendando a Itsï (Agua).
Jueves 21 de Marzo de 2019
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El Día Mundial del Agua surge como iniciativa de la UNESCO, ese organismo internacional que se ocupa de llevar por buen cauce las propuestas educativas, científicas y culturales de todos los pueblos y naciones deseosos de vivir disfrutando de sus recursos naturales, en paz y en libertad. En diciembre de 1992, precisamente en el marco de la década de los Pueblos Indios, se dieron inicio los trabajos para, conjuntamente con organismos ambientales, lograr la declaración de la celebración del Día Mundial del Agua, cada 22 de marzo y a partir de 1993.

El agua es un prodigio de la naturaleza. Se formó a partir de la combinación de dos átomos de hidrógeno y un átomo de oxígeno, que establecieron un enlace poco menos que indestructible. En la Tierra (o Gaia), tenemos agua, gracias a su tamaño mediano y a la posición que tiene con respecto al Sol. Entonces, podemos afirmar que el nuestro es el único planeta del Sistema Solar en donde el agua existe en sus tres estados: gaseoso, líquido y sólido. Y también tenemos la seguridad de que si la Tierra hubiera sido un poco más pequeña o más grande, o si hubiera estado a otra distancia del Sol, no estaríamos hoy compartiendo esta historia, por la sencilla razón de que no sería posible nuestra existencia (así, como ahora la conocemos).

“Itsï”, que es como nombran al agua los purépecha, nos es tan familiar y tan cercana, que muchas veces nos olvidamos que está presente casi en cada acto de nuestra vida y que es tan antigua como el Universo mismo. Muchos quedamos asombrados al darnos cuenta y entender que nuestro organismo se compone por casi un 70 por ciento de agua y que esta que bebemos hoy, es la misma que bebieron, hace cientos de miles de años, los dinosaurios.

22 de marzo, Día Mundial del Agua
22 de marzo, Día Mundial del Agua
(Foto: TAVO)

En la mayoría de las religiones Mesoamericanas, se veneraba al agua como el elemento sagrado que resulta ser; como parte de una memoria subconsciente que reconoce el surgimiento de la vida en ese líquido elemento, hace cientos de millones de años. En el organismo de todo ser viviente, el agua es como una guía sabia que conoce todos sus rincones y conduce por nuestro interior las sustancias alimenticias que hacen posible la permanencia de la vida. El ser humano necesita de dos a tres litros de agua al día para recuperar lo que va eliminando y así lograr restaurar el equilibrio acuoso del cuerpo, calculado en unos 40 litros.
Quienes vivimos en este lugar denominado Pátzcuaro, entendemos que compartimos, junto a otras muchas comunidades, una región privilegiada: la Cuenca del Lago de Pátzcuaro. Más de cien volcanes extintos rodean nuestro lago, un cuerpo de agua maduro con cerca de 45,000 años de historia que logró diseñar sus propios peces, inventar algunas de sus plantas y programar sus cambios de colores, de acuerdo a las horas, los meses y las temporadas.

Y del lugar que los antiguos conocieron como “Petatzécuaro”: lugar de cimientos o de cuatro Cúes, se conocen muchísimas historias y leyendas, a menudo no escritas, sino transmitidas de manera oral. Una de ellas cuenta que hace muchos años, en la parte Oriente del lugar que hoy ocupa Pátzcuaro, se levantaba, majestuoso, uno de los cuatro templos que custodiaban este lugar sagrado. Era el templo dedicado a Cuerauaperi, el espíritu creador, la que engendra… que recibía el humo de las hogueras, el que servía de alimento a los dioses y los hombres y que era devuelto por las nubes en forma de agua para regar la tierra y fecundar todos los frutos que en ella crecen.

Se sabe también que ese gran Cué o Templo custodiaba los “ojos por donde los cerros lloran, siendo éstos varios manantiales que se encuentran a lo largo de aproximadamente 400 metros y que tributaban al río “Guani” y posteriormente a nuestro lago: el espejo donde los dioses se miraban. Seguramente el manantial más conocido, el fundacional del Pátzcuaro prehispánico y del Pátzcuaro colonial, es el que se encuentra en la Calle Alcantarilla, justo al lado del muro Sur del antiguo Colegio de San Nicolás, hoy Museo de Artes e Industrias Populares, custodiado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

De este manantial existe una leyenda muy bella que habla de cómo don Vasco de Quiroga, recién llegado a estas tierras violentadas y devastadas por la conquista, en sus afanes de fundar aquí la ciudad que sería capital y sede del nuevo Obispado, se encontró con una terrible sequía que dificultaba la permanencia de las familias que darían vida a la nueva ciudad colonial. Inteligentemente, el llamado Tata hizo llevar en devota procesión a la imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción, hecha por manos indígenas con la técnica de pasta de caña de maíz, y llegando hasta el lugar donde había observado humedad y líquenes característicos de los nacimientos de agua, exhortó a los presentes a elevar fervorosas oraciones, mientras indicaba con su báculo el lugar exacto adonde debían excavar, “haciendo brotar milagrosamente el preciado líquido”, dando pie, con ello, a acrecentar la devoción hacia la Virgen que luego adoptó la advocación de “Salud de los Enfermos”, patrona de la nueva ciudad colonial.

Dos recordados maestros, Salvador Solchaga y Antonio Salas León, hacían mención de que algunos de los famosos túneles que se describen en relatos de la época colonial, no eran sino canales prehispánicos por donde corría el agua de los manantiales del Oriente. Esos “caminos para el agua” primero la hacían llegar hasta lo que hoy es la plaza principal, formando un pequeño lago artificial y luego la conducían hacia el gran espejo de agua que entonces albergaba tanta vida vegetal y animal.

Muchos vecinos saben por dónde brota todavía el agua de pequeños manantiales que se niegan a morir del todo. El “nuestro”, el de la calle Alcantarilla, al paso del tiempo ha debido cambiar su flujo, obligado, sobre todo, por las obras de todo tipo que se realizan sin la adecuada planeación: cimientos de casas habitación y nuevas edificaciones que incluso han intentado secar los pozos de agua que existían en muchos predios, desviando su flujo; los vanos intentos de captar por tubería la mayor cantidad del líquido, que en algunas temporadas materialmente se desborda y en algunas épocas el agua de los manantiales se han contaminado por la rotura de drenajes.

El manantial denominado “La Conchita” nos recuerda que en territorio purépecha, antes de la colonización, sus habitantes utilizaban los baños de vapor (temazcales) para rituales de purificación; consideraban a los lagos como espejos sagrados, los nacimientos de agua eran “los ojos por donde los cerros lloraban” y los ríos y riachuelos eran las venas que alimentaban la tierra, nombrando “caminos de vida” a los senderos por donde el agua de lluvia corre y “caminos reales” a los canales por donde el agua era conducida.

Hoy que nos encontramos ante una crisis planetaria de escases de agua potable, resulta necesario tomar mayor conciencia y responsabilidad para el manejo y uso de nuestro sagrado elemento. De agua somos. Del agua brotó la vida. De agua están hechas las células que nos piensan, las lágrimas que nos lloran y la memoria que nos recuerda. Este día, le ofrendamos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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