Ismael Acosta García
El suicidio. Una lectura torcida de Nietzsche
Sábado 30 de Marzo de 2019
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Informes oficiales nos dicen que durante los primeros tres meses de 2019 se han registrado un total de 15 suicidios en la ciudad de Morelia, desconociéndose las razones de este dramático fenómeno. Se expresa la posibilidad de que sea por situaciones familiares, escolares, pobreza o drogadicción, y que las víctimas son hombres y mujeres de diversos estratos y condiciones sociales que van de los 18 a los 50 años de edad, incluido un niño de 6 años.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) en México, en 2016, se detectaron más de 6 mil 285 suicidios lo que representa 5,2 muertes por cada 100 mil habitantes.

"El suicidio se convirtió en la segunda causa de muerte entre el grupo de 15 a 29 años, únicamente superado por los accidentes", señaló el coordinador del departamento de psiquiatría y salud mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, José Javier Mendoza Velásquez, calificando la situación de "muy grave porque los adultos jóvenes naturalmente no mueren, lo hacen usualmente en situaciones traumáticas". En el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, el 10 de septiembre de 2018, el investigador apuntó que el incremento de suicidios se ha dado a nivel mundial y en buena medida se debe a la vulnerabilidad de la adolescencia, cuando los jóvenes están en formación de su identidad. Remarcó que los jóvenes siempre han sido un grupo susceptible: "A través de las redes sociales los jóvenes están en contacto con información, hay cadenas de búsqueda y grupos que hablan de suicidio y eso los pone en riesgo", dijo el especialista.

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada 40 segundos una persona se quita la vida y se estima que casi 3 mil personas ponen fin a su vida diariamente.
Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada 40 segundos una persona se quita la vida y se estima que casi 3 mil personas ponen fin a su vida diariamente.
(Foto: Especial)

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada 40 segundos una persona se quita la vida y se estima que casi 3 mil personas ponen fin a su vida diariamente y al menos 20 intentan suicidarse y uno logra su objetivo. Con esta línea de proyección estadística, la OMS hace un lamentable cálculo futuro: Las estimaciones realizadas indican que en 2020 las víctimas podrían ascender a 1,5 millones de personas.

Es necesario conocer sus causas para plantear estrategias que respondan efectivamente con una reducción del problema. Por ejemplo, el señalamiento que se hace de la pobreza como un factor de riesgo frente al suicidio; sin embargo, son los países industrializados o en vías de industrializarse los que poseen las tasas más altas de suicidio; la particularidad también de que las personas se suicidan más en estaciones veraniegas o primaverales, más que en la época de invierno como tal; o que las personas no se suicidan tanto en edades seniles sino que cada vez con mayor frecuencia los suicidios se consuman en edades tempranas como la adolescencia o la infancia, que es la etapa del desarrollo en la que, se supone, prima el deseo de vivir.

Uno de los supuestos básicos que ordenan el texto Cognición y suicidio (Ellis, 2008) es que no hay acto sin conocimiento, y aunque no se descarta la influencia de factores neurobiológicos que ayuden a establecer las causas del suicido, en general, el contenido del texto gira alrededor de explicar la predisposición del individuo al suicidio resultante de eventos del desarrollo temprano como el maltrato infantil.

En los últimos años, diez por lo menos, que me he dedicado a impartir conferencias sobre el pensamiento nietzscheano, me he llevado una dura sorpresa. Resulta que los jóvenes, preferentemente preparatorianos y universitarios, tienen una marcada preferencia sobre las lecturas del Maestro Federico Nietzsche. Regularmente inicio con la pregunta: ¿Qué sentiste la primera vez que leíste a Nietzsche? Y las respuestas giran sobre enunciados de: libertad, la “nada” (nihilismo), pérdida de valores, tragedia, fatalidad, etc. Y cuando indago en esos pensamientos con frecuencia descubro al suicidio como posibilidad de reencuentro con la vida. Esto dibuja de manera evidente el discurrir filosófico del maestro, pero lamentablemente mal interpretado.

Habrá que decirles a los jóvenes lectores que la eternidad nietzscheana es intemporal, es el tiempo del mundo mismo, en cuyo círculo una y otra vez la persistencia del Ser y la transformación del Devenir se convierten en una y la misma cosa. Es el eterno retorno a la espiritualidad del hombre liberado de ataduras religiosas y dogmáticas como las que enfrentó el gran Maestro. Después de haber sanado de la muerte, Zaratustra anuncia esta nueva eternidad a sus animales, la serpiente y el águila.

Todo avanza, todo retrocede; eterna gira la rueda del Ser. Todo muere, todo florece de nuevo; la casa del Ser se construye eternamente. El anillo del Ser es eternamente fiel. En cada fracción de segundo comienza el Ser. El camino de la eternidad es sinuoso. Este es el centro de la filosofía de Nietzsche. La idea de la eternidad cobra un lugar predominante, el himno a la gloria y la eternidad debió cerrar el libro Ecce homo: /¡Escudo de la necesidad!/ /¡La más alta estrella del Ser!/ /que no alcanza ningún deseo,/ /que no mancha ningún No,/ /eterno Sí del Ser,/ /te afirmo eternamente,/ /porque te amo, ¡Oh eternidad!/

El “Ego” de Nietzsche se transforma en un destino universal cuando el “tú debes” de la moral cristiana y el “yo quiero” de la libertad moderna se convierten en la necesidad del mundo natural siempre idéntico a sí mismo. Nietzsche destruyó y venció la tentación del suicidio con la eterna afirmación del Ser. La lucha de la voluntad, que casi siempre implica una venganza contra lo que es y no quiere ser más, se convierte en una bendición de esa otra lucha, el eterno retorno de lo mismo. La voluntad, libre ya del “tú debes” y del “yo quiero”, se redime de sí misma. Sin embargo, la teoría del eterno retorno nos revela que Nietzsche nunca escapó del cristianismo, pues esta teoría constituye un sustituto de la religión, y ofrece una salida a la desesperación: “El intento de llegar a algo desde la nada”
Nietzsche repitió con su nueva teoría del eterno retorno, una antigua visión griega del mundo que él conocía perfectamente. Al traerla de nuevo al discurso de la filosofía, Nietzsche corroboró algo que ya sospechaba: la historia del pensamiento se nutre una y otra vez del mismo proyecto fundamental, de un cúmulo de concepciones posibles y siempre regresa a la misma idea del alma. “Nietzsche cantó con una voz quebrada -escribió Löwith- el nuevo himno de la inocencia de la vida sobre la certeza de una experiencia cristiana”. Zaratustra es un evangelio anticristiano en cada una de sus páginas, tanto en su contenido como en su lenguaje. Nietzsche fue tan cristiano y tan anticristiano, tan rebelde y protestante, tan antiguo y tan moderno, que una sola pregunta le importaba: la pasión por el futuro y la voluntad de crearlo. Zaratustra quiere ser quien supera a Dios y, al mismo tiempo, a la Nada que resulta de la muerte de Dios: él es el hombre redentor del futuro. Toda la filosofía de Nietzsche quiere ser el preludio a una filosofía del futuro. A una filosofía de vida.

Jóvenes queridos: Lo que NO nos salva es el suicidio, porque afrontarlo, aunque sea desde la legítima y comprensible desesperación, es darle la razón al mundo.

Es cuánto.

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