Ismael Acosta García
Abnegación de madre
Sábado 11 de Mayo de 2019

A mi madre y a todas las madres del mundo

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Mi madre ha llegado a los noventa y tres años de vida. Los achaques de una época triste han desaparecido. Hoy, aunque más vieja, la veo fuerte, sobre todo de espíritu. Es sorprendente que en las reuniones familiares recuerde a toda su parentela (marentela, debiese ser lo correcto) por sus nombres. Hijos, nueras, nietos y bisnietos.

Nos refiere anécdotas puntuales acontecidas hace ocho décadas durante su niñez en su pueblo de origen del estado de Hidalgo, lugar frío y árido, sólo adornado por la enorme cantidad de cactus y reptiles que hay en el lugar; de su juventud en la Ciudad de México donde conoció a mi padre, el hombre de su vida, a quien después de muerto hace veintiún años sigue recordando con verdadero amor eterno. De cada uno de sus cuatro hijos nos cuenta travesuras y andanzas, como aquella cuando para dirimir una disputa entre mi hermana y yo, por el reparto de unos rehiletes artesanales que nosotros mismos elaborábamos con corcholatas de refrescos, tomé el martillo con que las aplanábamos y lo deposité no muy cortésmente sobre su cabeza. Ya han de suponer cómo me fue. Dice mi madre que sólo imploraba a dios recordando un texto bíblico que dice: “Si lo hieres con vara no morirá, más salvarás su alma del infierno”. Y mi padre era fiel intérprete de la palabra. Desde entonces tengo la plena certeza de que mi destino no es el infierno eterno, sino la gloria que desde ese día me gané.

Dicen que hay algunas madres cuyo adjetivo divino es: abnegadas.
Dicen que hay algunas madres cuyo adjetivo divino es: abnegadas.
(Foto: Especial)

Susanita –que así se llama mi mamá- me dio la primera clase de inglés en Ciudad Juárez. A su vez ella iba a tomarla por las tardes en las instalaciones del Auditorio Municipal de esa ciudad, (cuna que marcó mi infancia y a la que tanto añoro). “Hoy vas a aprender hasta el diez, -me dijo- guan, tu, tri, for, fai, six, seven, ei, nai, ten” Me gustaba mucho llegar al siete, porque en aquel entonces había una bebida deliciosa que al insistir en pronunciar ese número en inglés casi forzaba a mi madre a que me la comprara. Creo que por ello nunca avancé en el dominio de la lengua de Shakespeare, porque no encontré otro número que me incentivara tanto y con tan agradable recompenza.

Antes, y cuando llegamos a Morelia, mi madre se afanaba en extremo para ayudar en el sostén de una familia que vivía por la fe. Aunque yo no sabía qué era eso, para mí significaba como un rango de distinción, pues ningún otro mocoso como yo vivía “por la fe”. Estas vicisitudes las compartí con Carlos Monsiváis en mi última visita en su casa de la colonia Portales en abril de 2010, dos meses antes de su muerte, pues según me confesó, él vivió la misma experiencia con su madre evangélica. Bien, continuemos. Mientras mi padre se esmeraba en preparar su mejor sermón de la noche, mi madre se dirigía a la hortaliza de la casa a cosechar un buen recaudo de maravillosas hierbas: quelites, verdolagas, cilantro, lengua de vaca, flor de calabaza y como diez plantitas más que hacían la delicia de nuestra mesa. Sin olvidar, claro está, la sabrosísima y fresca agua de alfalfa. A la olla de frijoles le agregaba unas ramas de epazote, cebolla, ajos y apio. Guácala, todo me gustaba, menos los ajos y el apio, pero ella afirmaba, “científicamente”, que eran necesarios para sacarnos los gusanos de la panza. Otro agregado, el más exquisito, eran unos poliedros que construía con masa de maíz a los que impregnaba de manteca de cerdo, propiciando un riquísimo sabor. Ella los bautizó con el nombre de “ollitas”, y han de saber ustedes que, obtener una ollita en nuestra porción de frijoles, era tanto como sacarnos la lotería. Sabrosísimo platillo de la gourmet Susanita.

Así, ¿quién iba a preocuparse por un bistec, por un pollo asado, por unos mariscos, por una hamburguesa o por unas carnitas? ¿Por tanta y tanta cochinada que ni siquiera conocíamos? ¡Y todos estábamos bien sanotes! Mi hermano mayor era un as de la velocidad y de la flexibilidad; apenas en su primer año de secundaria, en el Tec de Juárez, ya era miembro del equipo de gimnasia y un verdadero atleta en las barras paralelas, los aros y la barra fija. Se contorsionaba como nadie. Un día, a los chamacos del barrio nos dejó con la boca abierta, pues caminando de manos le dio la vuelta entera a la calle sin caerse. En el desfile del 20 de Noviembre mi padre nos llevó al centro de la ciudad para ver a mi hermano. Se lanzaba de una escalerota haciendo giros para caer sobre una cama elástica que, como yo no las conocía, sólo esperaba el momento terrible en que esa pendejada se rompiera. De otro salto estaba en el suelo. Ruth, mi hermana, era también rapidísima, jugaba basquet con nosotros y era la mejor encestadora; además tenía una extraordinaria habilidad para saltar la cuerda al revés y al derecho, o bueno, la verdad no sé explicar qué es eso del revés y el derecho, pero quiero decir que impulsaba la cuerda hacia el frente y hacia atrás cruzando los brazos vertiginosamente. A eso le llamaban “el mole”, y en la escuela y en la cuadra nadie mejor que ella para saltarla. Yo no tengo recuerdo preciso de cuál haya sido mi mayor cualidad, lo único que no se me olvida y no se me olvidará nunca, es cuando en una de mis batallas campales contra vatos de otro barrio, recibí una descomunal pedrada en plena frente que me hizo perder el conocimiento y me dejó marcado de por vida. Tenía nueve años de edad. Hoy, a quienes me preguntan el motivo de tamaña cicatriz, les contesto que es la marca del tercer ojo, y como saben de cierta tendencia mía hacia el esoterismo, algunos me lo creen.

Mi hermano menor era muy pequeño cuando llegamos de Juárez, aquí cumplió sus siete años de edad. Venía precedido de una mejor alimentación y habilidades físicas que le hicieron descollar con mucho éxito en cualquier disciplina deportiva que se lo propuso. Desde chiquillo se ponía a hacer ejercicio conmigo, casi brutal, de manera que su desarrollo atlético fue sumamente notorio desde la adolescencia.

Otra tarea de mi madre, por muchos años, fue viajar a los Estados Unidos para traer ropa y diversos productos que ofertaba a sus amistadaes y clientes exclusivos de la Ciudad de México, entre quienes se encontraban esposas de Secretarios de Estado. El asunto era que, llegando a Morelia, todo eran pérdidas, pues entre marido e hijos se acababa la mercancía que curiosamente venía en medida exacta de nuestras necesidades. Luego de tantos años me pregunto: ¿Será de veras que esto satisfacía a mi madre? Quizá. Por eso dicen que hay algunas madres cuyo adjetivo divino es: abnegadas.

Mi madre es abnegada, porque siempre ha renunciado al interés propio por entregarlo generosamente a su familia. Y por si fuera poco, al montón de amigos y compañeros de estudios que encontraron su hogar en el nuestro, quienes hoy dispersos por diversas latitudes del mundo de vez en vez vienen a visitarla y a depositar un beso de gratitud sobre su cabecita blanca.

Trazo estas líneas en una tarde-noche de mayo en Morelia, ahora que pienso en el próximo nacimiento de Frida, mi segunda nieta, y en los noventa y tres años de vida que empieza a caminar mi madre. Y me recuerdo de aquella estrofa que cantábamos en la escuela primaria, que dice:

Madre querida, Madre adorada,
tesoro inmenso de todo bien,
Tú que me diste con tu amor vida
¡Loada seas, dulce mujer!
Es cuánto.

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