Rafael Calderón
Marco Antonio Campos y los territorios de la poesía
Lunes 20 de Mayo de 2019
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Los poemas de Viernes en Jerusalén de Marco Antonio Campos permite llegar a una situación excepcional: estos señalan voluntad por reconocer un círculo casi redondo para ubicar la madurez de su poesía. Por un poema interroga quién leerá su poesía, si pensamos por lo menos en un lector de estos días y sirve para realizar un resumen de su poesía; ese lector puede ser un poeta como Stefaan van den Bremt, quien ha venido en varias ocasiones al Encuentro de Poetas del Mundo Latino y quien deja sentir detalles que permiten ver activo ese lector en alguna antología. En especial por la respuesta de Campos: “¿Quién leerá mis versos?”. Surge la interrogante que lanza inmediatamente y terminar por recordar que vale la pena escribir poesía. Creo, al encontrar un lectores de Campos, válido es decir que su poesía tiene aciertos.

Cierto poema, con el juicio del tiempo transcurrido, es precedido por un epígrafe y suma una poética que brilla, enaltece el nombre de quien ha escrito no por curiosidad, sino porque rebasa todos los límites de la metáfora viva y en movimiento cuando el epígrafes es de Alberto Caeiro y en el poema su autor lanza esa interrogante: “¿Qué será de mis versos? ¿Quién los leerá?”. Ya decíamos del lector y en esa coordenada hay que anotar a Víctor Manuel Mendiola, que ha arropado con belleza editorial toda su poesía reunida, en dos ocasiones (1997 y 2007) que celebra la lectura rigurosa.

Marco Antonio Campos, cronista, ensayista, narrador, poeta y traductor.​
Marco Antonio Campos, cronista, ensayista, narrador, poeta y traductor.​
(Foto: Especial)

“Pronto me iré, y así será, y me iré ¿y qué pasa?/ me he resignado a irme, como me resigno/ a los dolores de la tenditis, a los cólicos/ que arquean el cuerpo y a la mala circulación./ Qué importan las novelas, los cuentos,/ las crónicas o ensayos ¿pero mis versos?/ Si en el futuro alguien los lee, tal vez perciba/ que los escribí con la llama del sol en la hoguera del mediodía/ sobre los girasoles, con los matices múltiples/ del púrpura y del violeta en la disminución del crepúsculo,/ con el grito doloroso del tigre lanceado/ en el momento de fallar la red,/ con gotas de sangre del pecho de las golondrinas/ que no lograron completar el vuelo”.

Para escribir poesía nunca se sabe cuál puede ser la mejor época. Aquí, en la poesía de Campos destacan dos posturas, y una es la poesía y la otra son los demás géneros literarios practicados: la novela y el cuento, la crónica y el ensayo, son una identidad, similar y posiblemente tengan ya ganada la batalla, o registran una realidad por su condición de obra, pero la poesía y la traducción, ineludible, permanecen como una respuesta a la vida, ambas mantienen un equilibro para no olvidar ni decir con precisión el puerto y más bien Campos escribe: “Me dio otras cosas: una manera de mirar la mirada de los pájaros migratorios,/ de armar desde el sueño imágenes de la pintura y del cine,/ de apreciar más afondo la ligereza y la dulzura corporal de las mujeres,/ de admirar en las tardes y las noches las hileras de los mástiles/ en los puertos, la higuera y el olivo..”; registra y anota: “en medio del huerto en la noche azul de Jesucristo azul,/ porque el reino de dios no estaba cerca, sino en nosotros mismos./ Pero en serio, es una pregunta en serio para uno mismo/ o para cualquier poeta/ a cierta altura de su edad: ¿valió la pena el sacrificio,/ valió la pena abandonar/la apuesta de la acción para entregarle la vida a la inutilidad de la poesía?”.

Ese descenso sereno y solidario, por su estilo y ante sus poemas, construye la divina conciencia de la poesía. Es cumbre de dudas, interrogantes; registra la evolución que se impone como ejercicio central que resalta esa condición diferente y aclarar alegorías de significados plurales de los versos. Así es como hay que terminar por situar este resumen final: ya sea por el aroma juvenil de Muertes y disfraces y Una seña en la sepultura; el tránsito de la edad madura con La ceniza en la frente; reconocer la plenitud de Los adioses del forastero y aclarar que redondea y confirma El forastero en la tierra; todo esto lo cierra muy bien Viernes en Jerusalén y decir una y otra vez que logra para toda la poesía de Marco Antonio Campos la imagen equilibrada, la corona de laurel como presencia inconfundible.

No es la recta final, sino un acercamiento a la poesía reunida, hasta 2007, de Marco Antonio Campos. Los siguientes 12 años, tienen otra presencia y, en conjunto, registran ese lugar inconfundible del autor presente para la tradición de poesía española.

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