Viernes 31 de Mayo de 2019
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I. Una loca carrera


La semana pasada en esta columna comentaba acerca de la necesidad de establecer medidas más profundas para resolver el manejo de la basura aquí en el estado y en los municipios más allá de la prohibición para el uso de los plásticos desechables, veto que aunque es necesario y urgente no cancela que el plástico siga muy presente en nuestras vidas. Este tema me hizo reflexionar en torno a que en realidad no se generarían tantos kilos de desechos (casi un kilo por persona al día aquí en el país), si desaceleráramos nuestra ambición desmedida por consumir marcas de auto, tendencias de modas, perfumes recién salidos al mercado, gadgets desechables, contenidos… de una manera arrolladora. Todos estos artificios en realidad han sido cuidadosamente colocados en el gusto del consumidor potencial hasta implantarle una necesidad ficticia; todo para satisfacer nuestro ego voraz para el que nunca nada es suficiente.

Por ejemplo, comprar un vehículo para ocho personas cuando el que lo utiliza es solo una persona para atender la necesidad de transmitir poderío es un sinsentido. En primer lugar quizás tu círculo cercano te lo admire y te vea transitando en las calles con el super coche, siendo que quizás el 99 por ciento al resto de los mortales que no te conocen, ni les importe. Otro consumible, la ropa: es una locura la que se desata en las baratas y liquidaciones de las tiendas departamentales para comprar el saco, el vestido, los zapatos cuyos diseños pasarán rápidamente de moda. De hecho hay dos estaciones en el año en las que se lanzan a las pasarelas las colecciones de ropa (primavera-verano y otoño-invierno), por lo que si quisiéramos andar la moda literalmente tendríamos que renovar todo el guardarropa dos veces por año lo cual es una locura. Además con ello se sigue alimentando una industria voraz que utiliza millones de metros cúbicos de agua, y que genera miles y miles de desechos, los cuales al final van a dar a los grandes contenedores en los outlets, sin que nadie los compre. Por otra parte, ¿pensar en una bolsa de marca o en un abrigo que despelleje vivos a los pobres animales?... por mi parte, no gracias.

Generamos cantidades industriales de basura con la que estamos tapizando al planeta y acabándolo.
Generamos cantidades industriales de basura con la que estamos tapizando al planeta y acabándolo.
(Foto: Especial)

Mientras reflexionaba todo esto pensaba en cómo se las ingeniaban nuestros ancestros en los tiempos antiguos y me percaté de que ellos mismos elaboraban su ropa a partir de las pieles de los animales que cazaban para alimentarse, o de los textiles que hilaban, y que ahora como muchos otros insumos propios de las sociedades “modernas”, tenemos que pagarle a alguien más para que lo haga por nosotros. Por ello tenemos que salir a trabajar horas y horas para generar el dinero necesario para poder pagar lo que nosotros no podemos hacer… por la falta de tiempo por tener que ir a trabajar. Esto me hizo pensar a su vez en cómo es que entonces vivimos en un medio caótico y acelerado, donde corremos de un lado a otro para producir y producir y hacernos de los objetos que al final del día no tenemos tiempo ni de disfrutar, por el exceso de estrés, el cansancio, o por la problemática para sostener nuestro nivel de vida en medio de la espiral esquizofrénica. Y en el camino generamos cantidades industriales de basura con la que estamos tapizando al planeta y acabándolo. ¿Valió la pena el esfuerzo, los infartos, los pleitos, la ambición, el robo desmedido, el consumo…? Yo digo que no. El problema es que estamos tan inmersos en nuestra sociedad consumista que para poder alcanzar a la élite (que es una idea ficticia en realidad) vivimos acelerados, enfermos y agotados, sin tiempo para pensar, ni para reflexionar.

Un referente para mí son los genios antiguos como los pensadores clásicos griegos que tenían hora y horas para pensar y construir un legado como el que nos dejaron, gracias a que no estaban pensando en salir en las portadas de revista o en cómo hacer para tener el coche del año (de hecho se reirían de nosotros si nos vieran viviendo como somos ahora). También pienso en un genio como Leonardo Da Vinci, y me lo imagino invirtiendo toda su vida, su atención y su energía en escudriñar el mundo, formularse preguntas e ir en búsqueda de las respuestas; el resultado lo vemos en sus diseños tecnológicos avanzados para la época, sus cuadros tan armónicos y sus apuntes. La vida antes era lenta, pero excesivamente creativa. Ahora es rápida, pero muchas veces inútil, vacía o hueca. Vivimos tan aceleradamente que hemos perdido nuestra propia escucha atenta, la observación y la vena creativa que todos llevamos en el ADN. No nos escuchamos ni a nosotros mismos, ni a nuestro cuerpo, ni a nuestros hijos, a nuestros ancianos sabios, ni al planeta, y en este ensordecimiento nos estamos aniquilando.

Para poder vivir en plenitud se necesitan experiencias, y éstas se construyen cuando todos nuestros sentidos están puestos en ella, en la vida que siempre nos tiene una enseñanza cuando desaceleramos el paso. En verdad tenemos que detenernos, respirar, dejar que la vida transcurra por si sola; entender que necesitamos regresar a lo simple, a lo creativo y original, si queremos sobrevivir. Además las cosas que realmente son importantes en la vida, se hacen con calma.

2. Desacelerar el paso



¿Qué tal si incursionáramos en elaborar nuestros propios cosméticos orgánicos? Para ello abundan las fórmulas en el internet y las revistas, con lo que dejaríamos de desechar envases plásticos. ¿Por qué no retomar las manualidades o el diseño de tarjetas a mano para un obsequio de cumpleaños, o un pastel hecho por nosotros mismos? Eso sí sería una experiencia llena de significado, no un artilugio más que se pasa de mano en mano y se desecha. Por otra parte los diseños clásicos en la ropa, nunca pasan de moda, y si redujéramos el consumo en los grandes almacenes, de verdad que ayudaríamos al planeta. ¿Por qué no regresar a las comidas en familia y a las pláticas de sobremesa? ¿Por qué no cocinar en vez de salir corriendo a comprar pizza? ¿Por qué no dejar de lado por un rato el celular y las redes sociales y leer mejor unas páginas de un buen libro? ¿Por qué no regresar a las bibliotecas? Vivir despacio, sin prisas, dejando que lo creativo nos salga al paso.

Al respecto hay movimientos mundiales como slow food, que propone regresar a los alimentos orgánicos, cocinados y consumidos con calma, en contrapeso al fast food de MacDonald’s. También existe la corriente cultural slow life que inició en los 80’s en Italia, que promueve desacelerar el ritmo de vida actual y disfrutar la vida al máximo, sin que ello no signifique sentarse a no hacer nada. El periodista canadiense Carl Honoré, uno de los promotores de este estilo de vida, en su libro “Elogio a la Lentitud” afirma que una vida con prisas es una vida sin vivir, una vida superficial, por lo que la lentitud no tendría nada que ver con la ineficacia sino con el equilibrio. “Una vida lenta reclama un mayor contacto con la naturaleza, una educación para la solidaridad y no la competitividad, un sistema sanitario más personalizado y un trabajo más creativo”, señala el autor.

Por otra parte, debemos tomar conciencia como sociedad que las soluciones a los males que nos aquejan deben ser profundas, y lo profundo y efectivo jamás es rápido; requiere de procesos, y los procesos toman tiempo. E irónicamente tiempo es lo que nos hace falta. Por eso frustra cuando nos prometen inmediatez, y obtenemos a cambio solo falta de efectividad.

Así que valdría la pena detenernos cada uno y tomar un respiro, reflexionar y rediseñar el rumbo y las estrategias. Preguntarnos: ¿Realmente necesito esto? ¿Me aporta? ¿Me agrega valor? ¿Cómo puedo hacer esto más sencillo? ¿Lo disfruto? ¿En el fondo me ayuda a realmente vivir? A la luz de eso, si todos en conjunto nos hiciéramos estas preguntas cambiarán muchas cosas, y no seguiríamos en nuestro letargo esperando a que alguien más nos resuelva o que nos diga cómo vivir…

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