Alma Gloria Chávez
La fiesta de los oficios
Jueves 20 de Junio de 2019
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Algunos estudiosos de la historia en territorio purépecha cuentan que hace muchos años, por estas mismas fechas, los antiguos pobladores de estas tierras celebraban una de sus principales fiestas, que tenía como objetivo agradecer a los dioses las lluvias fortificadoras y necesarias para la subsistencia de los seres, denominándola Caheri Conscuaro. Poco se conoce de esta ceremonia que se celebraba en todo el ámbito de la comarca al inicio de la temporada de lluvias y en la que las mujeres, bellamente ataviadas y llevando jícaras delicadamente adornadas, ejecutaban un baile al compás de los atabales y las chirimías. Bailando, colocaban frutos de diferentes árboles en las jícaras hasta que éstas quedaban rebosantes y luego repartían todos los frutos entre los asistentes que aceptaban el ofrecimiento y después, todos juntos lanzaban al aire parte de esos frutos y muchas flores silvestres.

Al llegar la conquista a nuestras tierras, los europeos, y con ellos los primeros evangelizadores, intentaron persuadir a los purépecha de que abandonaran sus creencias por considerarlas pecaminosas, pero ante su resistencia, sólo consiguieron fundir las dos religiones, dando como resultado ceremonias y fiestas sincréticas, como la del Corpus Christi, que a la fecha continúan profundamente arraigadas en la vida de las comunidades.

En la historia antigua del pueblo michoacano, la espiritualidad fue siempre la base de su cultura. Eminentemente religiosos, nuestros antepasados se caracterizaron por su profundo respeto a las deidades que representaban los elementos de la naturaleza, pero sin llegar al fanatismo. Así, los gobernantes estaban sujetos a las normas de la religión y la religión estaba sujeta al respeto de los gobernantes.

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(Foto: TAVO)

Si se quiere ver con perspectiva occidental este fenómeno, se puede afirmar que en Mesoamérica (y en este caso en territorio de lo que hoy es México), la religión, en tanto que síntesis de todos los conocimientos, es el lenguaje de la naturaleza y que ésta se encuentra constituida por la totalidad del cosmos, del cual el género humano es una de sus múltiples partes.

Es muy posible que la primera fiesta de Corpus en nuestro territorio, se efectuó, como documentan crónicas de esa época, en 1526 con “grande esplendor, gran majestad y sobre todo, con regocijo y alegría”, pues todo el ceremonial rememora la omnipresencia del cuerpo y la sangre de Cristo entre la grey católica. Posteriormente, incorporado a las comunidades indígenas, luego de la ceremonia religiosa se celebra el “rejuego” o Ch’anantskua, que resulta ocasión para que toda persona que tenga un oficio comparta con quienes participan parte de sus productos.

En la ciudad de Pátzcuaro, la celebración del Corpus y su ch’ananskua fue recuperada, luego de algunos lustros de no realizarse, por los moradores del Palacio de Huitziméngari (provenientes de distintas comunidades), quienes la realizan con el sentimiento original de agradecer y compartir, asegurando con ello que Dios, presente en la naturaleza, bendiga el producto que resulta del esfuerzo y el trabajo honesto de hombres y mujeres.

En el año 1995, en la casona de don Antonio Huitziméngari, sitio que albergó a los últimos descendientes de la nobleza indígena purépecha, se reunieron artesanos, pescadores y agricultores, quienes junto a profesionistas y maestros de educación indígena, se organizaron e invitaron a otros gremios locales para volver a celebrar el “rejuego” por las calles, contando en ocasiones con el apoyo de las autoridades municipales y eclesiásticas. Pero aun con el desinterés de éstas, la celebración se hace presente.

El padre Antonio Abad nos cuenta que en casi la totalidad de las comunidades purépecha, después de la ceremonia religiosa, por lo regular al mediodía, se realiza una procesión con el Santísimo, recorriendo las principales calles de la población, en donde previamente se colocan altares o “pozas” bellamente adornados. Y por la tarde (cerca de las 17 horas) empieza la fiesta o rejuego, que en lengua purépecha se nombra ch’ananskua y constituye, en sí mismo, un ritual: todos juegan a representar su oficio y para ello hacen panecitos, morralitos, ollitas, etcétera, que enorgullecen a quien representan.

“Un factor muy importante en el hábeas o ch’ananskua, es el producto fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Aventar este fruto significa agradecer a Dios o Tata Kuerauaperi, que a través de la naturaleza nos concede lo necesario para la vida y nosotros compartimos con los demás”. Objetos y productos “se avientan hacia el cielo y no a las personas, pues se trata de ofrendar a Dios con lo que nos ha bendecido y a la vez nos lo regresa y otra gente lo recibe”, puntualiza el padre Antonio.

Amenos relatos de esta festividad, que en todas las poblaciones de la ribera del Lago se celebra en fechas variadas y con características propias de cada lugar, nos ofrece el maestro Melchor Ramos Montes de Oca (+) en su libro La vuelta a Pátzcuaro en 36 fiestas y menciona a Huecorio como una de las primeras en efectuarse, el domingo de Pentecostés o de la Santísima Trinidad. En Nocutzepu la fiesta coincide con la de la Ascención; en Jarácuaro, el domingo siguiente al jueves marcado como Corpus (este año, el día 23), las hábiles manos artesanas tejen con palma sombreros, petates, sopladores y otros enseres en pequeño, para arrojarlos al cielo y compartirlos con quienes acuden al festejo. En la isla de Tecuena, el Corpus se festeja el último viernes de junio; en Yunuén, a la mitad del mes de junio (variable); en La Pacanda lo celebran en la misma fecha que en Pátzcuaro y Janitzio (20 de junio, este año). Así, podemos darnos cuenta de que el Corpus en la región, literalmente “da la vuelta al lago” y termina en el mes de agosto.

Muchos/as de quienes tenemos la fortuna de habitar en esta región, nos sentimos agradecidos/as de poder compartir, mediante las fiestas y ceremonias de cada comunidad, manifestaciones de una cultura viva que se resiste a perder el respeto a la naturaleza y a lo sagrado.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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