Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
Repensar la cultura y el desarrollo
Viernes 3 de Junio de 2016
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Una compresión general de la cultura afirma en su definición que es la manera en que la sociedad piensa, actúa y siente. En la cultura tiene presencia el concepto que atiende el por qué y para qué, la causa y el efecto, del ser en sí y para sí de lo que existe, para determinar lo que se tiene que hacer y su sentido, sus finalidades, con las emociones del éxito o el fracaso, la alegría o la tristeza, la satisfacción de ser como se es y la esperanza del querer ser.

Toda la sociedad es cultura y toda la cultura es sociedad y, por tanto, eso que se llama desarrollo, progreso en un tiempo, producto interno bruto y calidad de vida, tiene que ver con la cultura. Cuanto se hace o deja de hacerse, sucede en un marco cultural, que moldea tanto su forma como su contenido. Por eso podría considerarse que entre mayor sea la distancia respecto del instinto, habría más sociedad y más calidad en la existencia colectiva. Cultura y desarrollo no pueden explicarse por separado.

Hace más de una década, Amartya Sen escribió sobre la influencia de la cultura en el desarrollo de la sociedad, refiriéndolo a sus fines y sus medios, que van mucho más allá del crecimiento del Producto Interno

Bruto, en tanto que el desarrollo reducido a esta medida de crecimiento excluye los contendidos sociales y culturales de todo cuanto ocurre en la sociedad.

En cambio, independientemente del porcentaje con el que crece la economía respecto del año anterior, Sen anota que además de los satisfactores materiales, el “desarrollo no puede sino incluir el enriquecimiento de las vidas humanas a través de la literatura, la música, las bellas artes y otras formas de expresión y práctica culturales, que tenemos razón de valorar”. En conjunto, se trata de entender el desarrollo en función de la cultura que corresponde a cada tiempo y lugar, incluyendo los deseos, frustraciones, ambiciones, alegrías y libertades.

Resulta evidente que los comportamientos éticos, la responsabilidad, los elementos motivadores y emprendedores, la provisión, los hábitos de organización y orden, la administración del tiempo y el esfuerzo, entre otras características, están culturalmente determinadas y su influencia en el desarrollo es notable en sus diferentes aspectos, finalidades, valoración y uso de sus resultados.

Ya Max Weber en su original trabajo La ética protestante y el espíritu del capitalismo anotaba las formas distintas en que protestantismo y el catolicismo influyen en el comportamiento económico de las personas hasta la formación de sociedades con potencial para su desarrollo, además de la velocidad con que éste se produce. Para el protestante el éxito económico es imperativo en el cumplimiento de la voluntad divina, en tanto que para el católico es difícil sacudirse de la condena al sufrimiento derivado de su pecado original. El protestante prefiere la técnica, el católico, la especulación humanística.

En la cultura tiene presencia el concepto que atiende el por qué y para qué, la causa y el efecto.
En la cultura tiene presencia el concepto que atiende el por qué y para qué, la causa y el efecto.
(Foto: Disse)

Las comparaciones culturales deben hacerse con precisión en los elementos que se comparan, si bien a pesar de sus riesgos, tienen la ventaja de ilustrar con mayor claridad los fenómenos que se analizan. Asia y América Latina, por ejemplo, más específicamente China y México, comparando un solo hecho, podría señalarse que la Revolución China triunfó en 1949 y la mexicana en 1910, en condiciones aproximadamente similares en atraso y pobreza. Transcurridos 67 años para China y 106 para México, las diferencias entre un país y otro son notables en términos de desarrollo. En los resultados, la cultura es un factor que participa y explica, incluyendo características de visión del futuro, organización y disciplina, entre otras.

Adicionalmente, en las condiciones mexicanas, pluriétnicas y pluriculturales, valdría la pena preguntarse sobre los factores culturales que han contribuido a la existencia de un país profundamente desigual en todos los aspectos, con regiones ricas en el norte y pobres en el centro y en el sur. ¿Cómo explicar que Nuevo León, con escasez de agua, posea una economía y potencialidad significativamente diferente a Oaxaca, Guerrero o Michoacán?

Sin embargo, no se trata de un fatalismo cultural que condene ciertas culturas al rezago y a otras a cumplir papeles de vanguardia, sino de la combinación del propósito con los medios, de la política con la cultura y más concretamente de que la política en general y las políticas públicas en particular, posean un sólido sustento en la sociedad de que se trata, fundamentalmente en su capacidad para estimular los sentimientos de orgullo y grandeza, así como el entusiasmo y el optimismo de que esa grandeza es alcanzable, en un proceso en el que el esfuerzo de cada quien cuenta y es reconocido.

En estas condiciones convendría aproximarse a México y Michoacán en un intento para identificar los factores culturales y políticos que influyen sobre su desarrollo y sus posibilidades de desempeño para el futuro.

Sin agotar los factores culturales en su incidencia sobre el desarrollo, habría que considerar al menos tres: la exclusión, el sentido de grandeza y la definición del tipo de desarrollo que se busca.

En primer lugar, es inevitable referirse a la reducida capacidad histórica para ejercer la voluntad colectiva y por tanto, al gigantesco desperdicio del talento y esfuerzo de la sociedad, como efecto de la enorme centralización de la capacidad para decidir lo que debería y no debería hacerse, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Inicialmente fueron los tepochcas indígenas, los jefes, la determinación personalizada del tiempo y la felicidad. Después el rey y el virrey por voluntad divina sobre indios y castas, hasta desembocar en la dictadura del “mátenlos en caliente” y el presidencialismo, que aun cuando disminuido, sigue vigente en la estructura y el funcionamiento de la sociedad mexicana y que, como cascada, permea hasta el último rincón de la República.

En segundo lugar, se trataría de un insuficiente sentido de grandeza de los mexicanos, a pesar de como son y de su trayectoria, como consecuencia de las grandes traiciones, del debilitamiento de su identidad, recibiendo terribles influencias extranjeras en sus implicaciones más negativas, al lado de las desconfianzas colectivas provocadas por los reiterados engaños, hasta concluir en el no hacer en lugar del hacer por sí mismo, puesto que nada cambia, a menos que “Dios lo quiera”.

Finalmente estaría la incapacidad de “nosotros” para definir y adquirir el compromiso de hacer lo necesario para alcanzar el tipo de desarrollo que deseamos, ese desarrollo que no puede ser igual para todos, como si todos tuviesen un mismo pensamiento y un mismo sentido de la vida. ¿Quién dijo que el desarrollo es el crecimiento del PIB?, ¿qué pensarían de ello los indígenas y los que padecen la dramática realdad de la desigualdad en las oportunidades?

Por todo, hay que pensar y repensar la cultura para reordenar todo y revitalizarlo, toda vez que al final, la cultura es la que otorga significando a la alegría o la amargura, el disfrute o el sufrimiento, así se trate de Michoacán o de México.

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