Viernes 26 de Julio de 2019
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Todas las mañanas tempranito escucho por la ventana los gritos de los dueños de la famosa Lola desobediente que nunca les hace caso cuando van rumbo al bosque Cuauhtémoc. -¡Lolaaaaa, Lolaaaaa... Esperaaaa! ¡Regresaaaa!- Y la Lola nunca que obedece. Ya la quiero conocer. Me imagino que ha de ser un perrazo como para que no la puedan controlar.

También hace poco escuchaba los lamentos de otro perro en la puerta de mi casa. Resultó ser Napoleón un tipo Gran Danés color chocolate que parece un caballo. Lloraba porque se había perdido. Afortunadamente la dueña vino a rescatarlo y aproveché para conversar con ella y pedirle sus datos para cuando su mascota ande de nuevo por estos rumbos. Hace pocos meses este animal nos asustó porque se metió a la casa en la noche cuando teníamos la cochera abierta.

No sé si solo me pasa a mí pero tengo una suerte para escuchar conversaciones de manera casual insisto por la ventana de mi casa… ¡se escucha todo! El otro día escuché a un papá caminando con su pequeñito y le preguntó: - ¿Eres tímido?- Y el niño le contestó muy seguro de sí: --Nooo-. Después se hizo el silencio y recapituló: - Soy tímido de personas nuevas porque todavía estoy chiquito...-

Otro día escuché a un papá que venía platicando con su hijo pequeño y le decía emocionado: -¡Te quiero mucho hijo! ¡Me cae que te quiero un chingo!-… y siguieron su camino.

En una ocasión escuchamos con mi mamá a un par de borrachitos en la madrugada. Uno le narraba al otro que había llegado a su casa y que vio un bulto en la cama con su mujer. Con la voz aguardentosa y arrastrando las palabras dijo: -Yo de mí para mí pensé, ¿Pos quién es ese está con mi esposa?... Yo, yo, yo de mí para mí, ¿verdad? Y que me acuerdo… ¡Ahhh! Pos soy yo que acabo de llegar…-

Escuchar es una bendición. Nos ayuda a escudriñar el mundo y nos invita a profundizar en él, aunque también pienso que el silencio es un lujo.
Escuchar es una bendición. Nos ayuda a escudriñar el mundo y nos invita a profundizar en él, aunque también pienso que el silencio es un lujo.
(Foto: Especial)

En una ocasión escuchamos con mi mamá a un par de borrachitos en la madrugada. Uno le narraba al otro que había llegado a su casa y que vio un bulto en la cama con su mujer. Con la voz aguardentosa y arrastrando las palabras dijo: -Yo de mí para mí pensé, ¿Pos quién es ese está con mi esposa?... Yo, yo, yo de mí para mí, ¿verdad? Y que me acuerdo… ¡Ahhh! Pos soy yo que acabo de llegar…-

En la radio se escuchan cosas geniales. Hace algunos años iba llegando a la Ciudad de México en un autobús y sintonicé la radio. Era un programa de bromas telefónicas. Una mujer quería jugarle una mala pasada a su esposo y el conductor del show radial le llamó a su oficina. Dijo ella: – Viejo, ¿te acuerdas de que el albañil iba a venir hoy a cobrarnos?- Y el hombre contestó: -Sí, ¿le dijiste que después regresara?... Ella titubeando le respondió que no y su marido montó en cólera. -¿Y qué hiciste? ¿Cómo le pagaste?-. Ella le contestó: -¡Ay viejo! Pues es que como sé que tú estás muy gastado y andas sin dinero, pues, pues…-. Él le gritó colérico --¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste? ¡¡No me vayas a salir con una pendejada!!!--. La esposa con voz acongojada solo decía: - Pues, pues…- El fulano se puso como loco y le dijo: - ¡Vas a ver! Ahorita voy a la casa y te voy a dar unos chingadazos. ¿Cómo a estas alturas de casados me sales con esas pendejadas? Uno que se mata trabajando y tú con tus cosas. ¡Voy para allá! – y colgó el teléfono. El locutor se moría de la risa y le dijo a la radioescucha que la broma había estado muy buena pero que estuvo muy pesada. Lo malo fue que le volvieron a llamar al marido y ya no les contestó. Me quedé angustiada de qué sucedería después de la broma.

Hablando de la radio cuando era pequeña me imaginaba que los artistas aún cantaban en vivo en la estación como yo veía en las películas clásicas mexicanas en blanco y negro. En una ocasión pusieron en mi estación favorita la canción de “La vecindad del Chavo”, y marqué el teléfono para las complacencias. Mi llamada entró al aire (tendría yo unos cinco años de edad), y mandé saludos a mi papá, a mi mamá, a mi hermanito, a Josefina (la muchacha que nos ayudaba en la casa con el aseo y que escuchaba divertida mi ocurrencia mientras planchaba) y rematé diciendo que mandaba saludos al Chavo del Ocho. El locutor se desatornilló de la risa y me preguntó ante todos los radioescuchas: -¿Y no quieres que te salude también a La Chilindrina? - Me ofendí y le colgué el teléfono.

Ya adulta, en algunos años viví sola en la Ciudad de México y tendía a sentir nostalgia. A veces me llegaba la depre, pero era más importante tener trabajo, así que me la aguantaba. Para distraerme solía ir al cine, visitar museos, o me reunía con amigos para platicar. También tenía un jueguito mental de buscar señales personalizadas en lo cotidiano. Tuve un tiempo que me encontraba frecuentemente globos metálicos en forma de estrella (mi nombre es Estrellita) en mi camino, y los veía hasta surcando el cielo. En una ocasión estando en mi departamento cuya ventana del baño daba hacia la calle y había muy cerca de ahí un colegio, alcancé a escuchar a un chiquito con una voz melodiosa cantando a todo pulmón al pie de mi ventana: - Estrellita ¿dónde estás? Cada vez te quiero más…- Me hizo el día.

Regresando a mi ventana de aquí de Morelia, he escuchado algunos buenos chismes. Por ejemplo a un grupito de mamás organizándose para la coperacha para el regalo de la maestra, o en otra ocasión a las mismas maestras criticando a otras maestras (tengo varios colegios cerca).

Otro día mientras escribía en mi estudio, lo interrumpí y salí sulfurada a pelearme con el camión de la basura del servicio municipal porque escuché por la ventana que mi mamá le estaba rogando para que se llevara una bolsa de basura, y el hombre aquel se hacía del rogar que dizque porque nuestra cuadra no le tocaba (¡pero si solo tenía que extender la mano!). Mi mamá me pidió que me calmara, y desde entonces tengo fama de ser peleonera en casa. No me importa. Lo prefiero así a que me vean la cara.

También aún recuerdo de niña escuchar los pasos de mi papá cuando llegaba tarde a casa (es periodista y trabajaba en un afamado periódico local). Cuando lo escuchaba llegar en las madrugadas me sentía en paz y me volvía a dormir. Ahora escucho a mi mascota la Coqueta roncar en las noches al pie de mi cama y no me deja dormir (es una French Poodle viejita de casi 16 años).

Escuchar es una bendición. Nos ayuda a escudriñar el mundo y nos invita a profundizar en él, aunque también pienso que el silencio es un lujo. Al escuchar de verdad nos llegan los mensajes que la vida nos ofrece de maneras inimaginables. Eso convierte cada día en una nueva aventura por vivir.

Y de vuelta con la famosa Lola, un día voy a salir a la puerta a conocerla y ya les platicaré cómo es...

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