Alma Gloria Chávez
Sembrador de ideales
Jueves 8 de Agosto de 2019
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Por don Antonio Díaz Soto y Gama sabemos que a Emiliano Zapata Salazar sus subordinados le llamaban El Hombre, seguramente porque su figura y porte, entre centenares de personas en medio de las cuales se encontrara, sobresalía y destacaba con un magnetismo personal e irresistible, de ése que sólo poseen quienes nacieron para el mando. Y le describe como idealista, desinteresado e incorruptible, además de intuitivo, reservado y discreto. Buen jinete, arriero y domador, Zapata era hombre de silencios y profunda mirada.

Los campesinos de su natal Anenecuilco, Morelos, un pequeño poblado de casitas pequeñas de adobe y palma repartidas en una colina, como en todas las comunidades de esa región de riqueza natural, se encontraban sometidos a los intereses de quienes sembraban sólo caña de azúcar, impidiendo al campesinado pobre el cultivo de su planta sagrada y milenaria: el maíz. De la aldea de Tequesquitengo, condenada a morir porque sus indios libres se negaban a convertirse en peones de cuadrilla, no quedaba más que la cruz de la torre de la iglesia, Las inmensas plantaciones de caña embestían, tragando tierras, aguas y bosques. No quedaba sitio ni para enterrar a los muertos. “Si quieren sembrar, siembren en macetas”, decían los latifundistas, mientras matones y leguleyos se ocupaban del despojo.

“Año de mil ochocientos/ ochenta y tres: -fecha grata-/ nació en Anenecuilco/ don Emiliano Zapata. / Toda la gente decía/ al ver al niño pequeño: / Este va a ser un gran hombre/ que va a luchar por los nuestros. / Gritos de sangre morena/ salían de sus ojos negros. / Venía de Benito Juárez/ y descendía de Cuauhtémoc. / Su abuelo estuvo en el sitio/ de Cuauhtla, junto a Morelos/ ¡Qué gran linaje traía/ para salvar a su pueblo!”.

A Emiliano Zapata Salazar, sus subordinados le llamaban El Hombre.
A Emiliano Zapata Salazar, sus subordinados le llamaban El Hombre.
(Foto: Especial)

En su juventud Zapata contempló y vivió en sangre propia tanta injusticia contra su gente y por su entrega a la comunidad infamada, llegó el día en que quienes luchaban por defender tierra y dignidad, lo hicieron su jefe, entregándole en custodia los papeles del tiempo de los virreyes para que los cuidara y defendiera. Esos papeles daban testimonio del arraigo de la comunidad indígena, que durante tantos años y hasta entonces (1911) luchaba por defender sus tierras de la voracidad de caciques y terratenientes, que trataban a los pobladores nativos como intrusos y esclavos.

Emiliano, caudillo de los lugareños avasallados, entierra los títulos virreinales bajo el piso de la iglesia de su pueblo y se lanza a la pelea: “Mis antepasados y yo, dentro de la ley y en forma pacífica, pedimos a los gobiernos anteriores la devolución de nuestras tierras, pero nunca se nos hizo caso ni justicia; a unos se les fusiló con cualquier pretexto, como la ley fuga; a otros se les mandó desterrados al estado de Yucatán o al territorio de Quintana Roo, de donde nunca regresaron, y a otros se les consignó al servicio de las armas por el odioso sistema de la “leva”, como lo hicieron conmigo. Por eso ahora les reclamamos por medio de las armas, ya que de otra manera no las obtendremos, pues a los gobiernos tiranos nunca debe pedírseles justicia con el sombrero en la mano, sino con el arma empuñada”, decía.

“Zapata, sin arredrarse,/ se remontó a las montañas,/ y organizó las guerrillas/ con todos sus camaradas./ ¡Qué bien peleaban sus hombres/ en la lucha por la tierra!/ Donde quiera que llegaban,/ la repartían con largueza./ Lo mismo en Anenecuilco/ que en Moyotepec y Ayala,/ por todas partes se oía./ ¡Viva Emiliano Zapata!/ Y cuando llegó la ‘bola’,/ -Zapata ya había empezado-/ con todos sus guerrilleros/ se destacó el gran suriano./ Por donde quiera que iba/ se coronaba de gloria./ Con él la Revolución/ tuvo sus grandes victorias.”

En agosto de 1911, durante la entrevista que el general Emiliano sostuvo con el jefe de la Revolución, don Francisco I. Madero, y en respuesta al ofrecimiento que el gobierno daba a los revolucionarios del sur (licenciamiento de sus tropas y 50 mil pesos), Zapata contestó: “No, señor Madero; yo no me levanté en armas para conquistar haciendas, yo me levanté e armas para que se les restituya a los pueblos lo que es suyo; y sepa, señor Madero, que a mí y al estado de Morelos nos cumple usted lo que se nos ha ofrecido, o a usted o a mí, nos lleva la…” Definitivamente, Zapata fue incorruptible.

Y el tiempo también le dio la razón a don Emiliano, al alertar de la traición del gobierno hacia Madero. En 1913, cuando como presidente don Francisco I. Madero aplica un impuesto a las jamás tocadas empresas petroleras, éstas confabulan junto con el general Huerta y el destino de Madero queda marcado; en un salón de la Embajada norteamericana, se resuelve aplicarle la ley de fuga: lo suben a un auto, lo pasean por varios lugares públicos, le ordenan bajar y lo acribillan en la calle. Le sucede en el poder, Venustiano Carranza.

“Carranza, hombre de antesalas, legítima hechura del pasado, imbuido en las enseñanzas de la corte porfirista, acostumbrado a ideas y prácticas de servilismo y de aristocracia, entendiendo por política el arte de engañar… Carranza, el anticuado Carranza, no estaba en condiciones de comprender los tiempos nuevos y las nuevas aspiraciones –escribe Zapata en una emotiva misiva dirigida al pueblo-. Imposible que él, formado en los moldes porfirianos, encarnase las ideas de una juventud deseosa de reformas; y más inconcebible todavía y más absurdo, que él llegara a ser el intérprete y el representante de esa fogosa generación que llena de confianza en sí misma, se levantó en 1910 y volvió a erguirse en 1913, sacudiendo yugos, rechazando preocupaciones, imponiendo principios, arrasando desigualdades, derribando exclusivismos y clamando por el advenimiento de una nueva era que diese justicia y libertad a los oprimidos, y enérgica y virilmente refrenase los abusos, las invasiones y las ansias de dominio de esa audaz oligarquía de acaudalados que protegiera Porfirio Díaz.”

Con motivo del centenario del asesinato de Zapata, muchos foros se han dedicado para hablar del hombre, del caudillo y la leyenda. Pero lo que indiscutiblemente queda claro y nos lo deja ver el historiador Francisco Pineda Gómez, el zapatismo resulta hoy un horizonte abierto de la insurrección campesina e indígena que resulta “preciso estudiar como una espiral histórica que va más allá de lo regional; (como) una fuerza ideológica y militar que se expande en el espacio y en el tiempo, en una perspectiva que rehúsa seguir la línea de achicar al zapatismo; de reducirlo a su limitada área de Anenecuilco”… o de Morelos, o de México.

En esta época de neoliberalismo, y aunque el derecho a recordar no figure entre los Derechos Humanos consagrados en las Naciones Unidas, hoy más que nunca resulta necesario reivindicar los ideales zapatistas y ponerlos en práctica ante los nuevos latifundistas, como lo hacen, en todo el mundo, líderes y gente de buena voluntad de distintas culturas que consideran a la Tierra como de todos y de nadie. En Zapata, encontramos al sembrador universal de ideales.

Los versos que cito, son del inolvidable poeta Ramón Martínez Ocaranza.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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