Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
De Sylvia Ordóñez y Gerhart Muench
Martes 8 de Octubre de 2019
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Compañeros en la vida, Sylvia y yo hemos compartido penas y alegrías, logros y frustraciones, trabajos y aventuras en aquellos campos que se nos han dado en nuestros medios y en nuestros tiempos. De las experiencias más enriquecedoras han sido las de la música, arte que hemos procurado penetrar algo más allá de su superficie, lo que nos ha llevado a compartir con artistas notables. Además, Sylvia ha abordado la creación literaria en la poesía y la narrativa, lo que ha enriquecido nuestras vidas.

Estas actividades y relaciones nos han procurado, particularmente a ella, vivencias extraordinarias y magníficas al compartir sus creaciones con algunos de nuestros amigos maestros del arte. Y ella se ha encargado de conservarlas en manuscritos que nos dan la oportunidad de revivirlas ahora. Esta entrega sólo reproduce uno de ellos. Dice así:

“En estas vivencias aparecerán personajes muy disímbolos. Algunos vivos, algunos muertos. Algunos famosos y algunos anónimos. Pues así es la vida, mezcla y contrapunto de personajes y experiencias.

Esta primera anécdota pretende ser un pequeño homenaje a dos figuras notables: el maestro Gerhart Muench y su esposa, la poetisa Vera Dawson. Tuve la fortuna de que me consideraran su amiga, aunque ahora reconozco que nunca pude corresponder adecuadamente al gran afecto que siempre me manifestaron.

En alguna ocasión, hace varios años, se encontraban de visita en mi casa. Vera conocía mis incipientes inquietudes literarias y me animaba. En esa ocasión me invitó a que les leyera unos tímidos poemas que acababa de presentar en un taller de creación literaria.

Después de hacerme del rogar, accedí a leerlos. Con gran nerviosismo hice una lectura atropellada con el afán de salir de aquel difícil trance. Al terminar, Vera me dirigió algunas tiernas palabras de aliento y sonreía. Pero el maestro Muench se había quedado callado y por la expresión de su rostro me daba cuenta de que estaba profundamente disgustado.

Sentí un terrible hueco en el estómago y el terror me invadió. Me arrepentí de haber accedido a mostrar los poemas y desesperadamente traté de cambiar la conversación hacia otros rumbos menos espinosos.

Don Gerardo, como le gustaba que lo llamaran, se levantó y con un tono verdaderamente enojado se dirigió a mí:

- ¿Qué no te da vergüenza leer tan mal? Parece que te avergüenzas de lo que has escrito. A pesar de tu horrible lectura, creo que tus poemas son buenos. Pero parece que tratas de destruirlos cuando los lees. Te voy a enseñar cómo se deben leer.-

Acto seguido recogió las hojas que había yo dejado sobre la mesa de centro entre las copas y las tazas de café. Se volteó hacia el ventanal y comenzó a leer.

En esos momentos el crepúsculo señalaba dramáticamente la llegada de la noche y decoraba los cerros en caprichos de color. La voz pausada, medida, musical de Gerhart Muench, inundó la estancia. Llevando un compás, marcando los tiempos, leyó el soneto. En ese momento, una emoción verdaderamente indescriptible se posesionó de mí y se fue transformando en una sensación de placer y serenidad que jamás había experimentado. Me olvidé de los ahí presentes y auténticamente sufrí una intensa metamorfosis. Sentía como si me hubiera incorporado al crepúsculo y desde lo alto de las nubes de violentos naranjas contemplara yo la tierra.

Volví a la realidad cuando el maestro me dio una suave palmada en el hombro a la vez que me decía:

- ¿Qué te pareció? ¿Te gustó lo que has escrito? Yo creo que es verdaderamente hermoso. Ahora quiero que lo vuelvas a leer.-

Yo nunca volví a ser la misma, ni a leer como antes, ni a escribir como antes. La belleza de haber escuchado a ese ser genial y maravilloso transformando mi torpe intento poético, me sacudió. Quizá, si el maestro hubiera leído el directorio telefónico, hubiera sido también grandioso. Pero la conjunción que se dio al sentir que aquello que se oía casi celestial en la voz y el ritmo de Muench lo había escrito yo, era casi sobrecogedor. Pero, sobre todo, era una manifestación más del genio musical de ese ser enorme que fue Gerhart Muench, que podía transformar las espinas en flores y los garabatos en bellos poemas.”

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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