Alma Gloria Chávez
Recordada doña Caro
Jueves 10 de Octubre de 2019
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Recuerdo que a doña Carolina Escudero Luján se le conocía en Pátzcuaro como “la señora Mugica”. En mi época adolescente, ya siendo ella viuda, llamaba la atención su independencia, su bien timbrada voz y su don de gente; además, por supuesto, las varias actividades en las que ella destacaba por su compromiso y disciplina. Fue una mujer extraordinaria.

Me resulta imposible desligar mis recuerdos de su persona, junto a los de Teresita Dávalos, otra inolvidable mujer que también hizo de Pátzcuaro lugar de residencia y de vida. Precisamente, fué en una de las muchas veces que, animada por Teresita, recorría el Museo de Artes Populares, del que ella estaba a cargo, cuando tuve oportunidad de conocer personalmente a la señora Carolina: alta, elegante y guapa. La imagen que guardo de ese día, es la del encuentro de dos mujeres de recia personalidad, que se complementaban, por razones para mí indefinibles.

La señora Carolina llegó a ser una mujer ampliamente conocida en el Estado de Michoacán y sobre todo en la región de Pátzcuaro, donde desarrolló un amplio trabajo social y democrático. En entrevista que hizo Lupita García Torres para un libro biográfico, doña Caro menciona: “desde que llegué a Pátzcuaro, tuve la intención de mostrar que las mujeres podíamos hacer muchas cosas; por ejemplo, fui la primera mujer que manejó un automóvil; también era rarísimo ver a una mujer montar a caballo, y como yo estaba entonces muy bien entrenada para hacerlo, pues salía a practicar con él, haciéndolo trotar o saltar obstáculos, lo que era causa de admiración. También era muy raro ver a una mujer acudir sola a oficinas de gobierno…” Esto era a mediados de los años 40 del siglo XX.

Carolina Escudero Luján nació en 1905 en la ciudad de Chihuahua, siendo la segunda de una familia de diez. Su padre, don Ambrosio Escudero Salcido, lo mismo que su abuelo, Antonio Escudero, fueron hombres rectos y honrados, de pensamiento liberal. Su madre, Magdalena Luján, fue educadora egresada del Colegio Chihuahuense, que gustaba tanto de la lectura, como atender a su familia.

La niñez de Carolina transcurrió prácticamente en un período de transición, cuando el México porfirista comenzó a dar paso a una nueva sociedad, de una manera dolorosa y violenta. La participación comprometida de su padre, que militaba en las filas del Maderismo, y la inseguridad en el Norte del país, hicieron que esta familia emigrara hacia la ciudad de México, en donde fueron testigos de hechos tan importantes como el asesinato de don Francisco I. Madero.

Su infancia transcurrió entre las colonias Roma y Guerrero. En esos años, tuvo oportunidad de conocer a muchos personajes de la política nacional, con quienes alternaban sus padres, así como su padrino, don Santiago González, hermano de Abraham González. En su adolescencia vivió en El Paso, Texas, en donde estudió en el Colegio Palmore y perfeccionó su dominio de inglés. Cuando muere su madre, regresa a México, en donde le espera un empleo en la empresa Eléctricas.

Durante el gobierno del General Lázaro Cárdenas del Río, la joven Carolina conoce al también general Francisco José Múgica y su vida da un giro de 180 grados. Por su preparación fue invitada a trabajar como secretaria particular del general Múgica y tiempo después se convirtió en su esposa, siendo un apoyo fundamental en todo momento para el general, a quien acompañó incansable hasta su última batalla política de principios de los años cincuenta. Su única hija: Leticia de la Paz, nació de esta unión en Baja California.

Aspecto de la portada del libro biográfico, obra de Lupita García Torres.
Aspecto de la portada del libro biográfico, obra de Lupita García Torres.
(Foto: Especial)

En 1954, el 12 de abril Carolina quedó viuda y su compromiso creció, no solo como madre, sino como viuda de un personaje tan importante para el país. Ella así lo comprendió y dedicó su vida a dos aspectos: a mantener vivo el pensamiento político del general Múgica y a realizar diversas obras de carácter social. Fue fundadora de diversas organizaciones como el Club Soroptimista y el Club Abejas; impulsora de diversos proyectos productivos para el bienestar de la comunidad, entre ellos el programa CREFAL-Montana-Tzipekua. Desde 1942, participó en la promoción de exposiciones florales, tanto en La Paz, Baja California, como en la región lacustre de Pátzcuaro, con la idea de fortalecer una actividad entre mujeres, para hacer llegar recursos al gasto familiar.

Carolina Escudero Luján participó a lo largo de su fecunda vida, en política, en obras sociales, culturales y educativas; fue una buena embajadora y anfitriona que dejó huella a su paso por el CREFAL (Centro Regional de Educación Fundamental para la América Latina); escritora, promotora y amorosa madre; siempre solidaria, dispuesta a dar lo mejor de sí con absoluta honradez y sin protagonismo. Fue merecedora de diplomas, preseas y muchos otros reconocimientos que ella nunca buscó, pero que sin duda ganó a pulso.

Doña Carolina mantuvo vivo, como se propuso, el apellido y el pensamiento del General Francisco J. Múgica; no sólo en homenajes o fechas que a menudo sólo sirven de promoción a políticos y funcionarios, sino de hecho. Ella se encargó, hasta el último momento, de darle calor humano y vigencia a ese recuerdo… no fue la sombra, ni vivió a la sombra del general. Ella conservó hasta el final de sus días una envidiable autonomía.

Ella misma fue la síntesis de un movimiento revolucionario… porque para la señora Caro, la que habitó y dio calor de hogar a “La Tzípekua”, la lucha por la democracia fue un asunto cotidiano, un quehacer permanente.

El 9 de octubre del año 2000, dos días antes del aniversario luctuoso de doña Gertrudis Bocanegra, recibimos con pesar la noticia de la muerte de doña Carolina Escudero. Con la pesadumbre de entender que ya no encontraríamos su presencia amable en el bello rincón llamado “Tzípekua”, ni sus palabras de aliento a través de la línea telefónica en los últimos tiempos, mujeres del grupo “María Luisa Martínez” nos dimos cita ese día por la tarde para despedirla “a nuestra manera”: recordando cada una de las actividades compartidas, prometiendo llevar a la práctica actitudes que le acompañaron en vida: responsabilidad, respeto, modestia, dignidad y compromiso. Y le dijimos:” Hasta siempre, doña Caro”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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