Julio Santoyo Guerrero
¿También las universidades?
Lunes 14 de Octubre de 2019
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No ha sido tersa la relación de las universidades públicas con el régimen sexenal en turno. Las posiciones críticas que se construyen en ellas, gracias a su autonomía académica y vínculo con el pensamiento científico, la cultura y el arte, suelen chocar con el discurso oficial. La pluralidad que en ellas existe, que antecedió a la que se instaló en los últimos años en la sociedad mexicana, nunca gustó a los gobiernos casados con la idea de la gobernabilidad impuesta, vertical, la asumida por el señor presidente.

Ha sido una relación tensa y hasta trágica. Y siempre ha marcado de manera implícita la relación del gobierno con la juventud. La muerte y persecución de jóvenes rebeldes reclamantes de políticas injustas o de conductas autoritarias siempre ha estado enmarcada en la conducta que los gobernantes han desarrollado frente a las universidades. Así lo fue en la década de intervenciones contra las universidades en la década de los 60's del siglo pasado; Morelia, Tlatelolco, 10 de junio, Nuevo León; lo fue en los 80's y los 90's con la presencia policiaca en la UNAM.

Los gobiernos priistas de la época nunca pudieron o ¿nunca quisieron? arrasar con el sistema de universidades públicas, tal vez porque representaban una de las caras más presentables de la ideología de la revolución mexicana o porque las permitían como espacio catártico para que las tensiones sociales se liberaran en ellas. Extinguirlas habría representado un costo elevadísimo. Siempre fueron, y deberán seguir siendo, el monitor público del alma nacional. Ahí se miraba y se mira, como lo hace el oráculo en un espejo de agua, las tendencias y el destino que puede seguir la nación.

El año pasado amplios sectores universitarios se entusiasmaron con el arribo a la presidencia de la república de un gobierno que se decía heredero de la izquierda política mexicana. Estaban convencidos que la relación de las universidades públicas y las instituciones culturales y de investigación con el gobierno, como nunca, tendrían la comprensión y apoyos que no habían tenido en el pasado. Las relaciones tensas y de desconfianza mutua parecían haber llegado a su fin.

Todo parecía que caminaba en esa dirección cuando a mediados del mes de agosto de 2018 se reunieron con el presidente electo los rectores congregados en la ANUIES, expertos académicos e investigadores reconocidos. Ahí les dijo el presidente que lo consideraran su aliado, ofreció no reducir los presupuestos y habló, como referente aspiracional, que las naciones más desarrolladas dedicaban un porcentaje significativamente mayor a la educación superior que el que se venía asignando en México. Quedaron satisfechos, esperaban el repunte de las universidades, el fortalecimiento de la investigación científica y un lanzamiento vigoroso de la generación y difusión de la cultura.

Aspecto de la Preparatoria número 1 de la UMSNH.
Aspecto de la Preparatoria número 1 de la UMSNH.
(Foto: Especial)

Dos anuncios presidenciales enfriaron los entusiasmos y quedaron como advertencia de lo que vendría y será. El primero, la decisión de crear el sistema de Universidades Benito Juárez al margen de la experiencia académica de la ANUIES y como objetivo prioritario en materia de educación superior; el segundo, el presupuesto de egresos 2019 en donde las universidades apenas si mantenían las asignaciones de 2018. El mensaje era, es claro, a la Presidencia de la República no le interesan estas instituciones.

Las razones para retirar el apoyo a las universidades las encontró en la corrupción, fenómeno del que ha dicho consume los recursos que se les asignan. Sin demostrar para cada caso la magnitud del fenómeno, ni mucho menos los responsables con hechos probados ante la ley, ha hecho tabla raza de su diagnóstico y se ha decidido por eliminar al paciente en lugar de la enfermedad.

A lo que no se habían atrevido ni logrado los gobiernos "neoliberales", priistas y panistas, lo está haciendo el gobierno que se dice heredero de la izquierda mexicana. Izquierda que habrá que decirlo siempre tuvo en las universidades un espacio generoso para su posicionamiento y protección. No se necesita ser adivino ni experto conocedor para anticipar que las reducciones presupuestarias son el camino perfecto para la destrucción de las universidades públicas. Sin los recursos necesarios estas instituciones no sólo no podrán cumplir con sus funciones sustantivas sino que por ello le sobrevendrán todo tipo de conflictos internos que las pueden llevar al colapso.

Es aplaudible que el gobierno de la República haya tomado la decisión de ir contra la corrupción. Pero otra cosa es que a nombre de esta cruzada, sin diagnósticos precisos, sin procesos contra responsables, se quiera acabar con la enfermedad matando al paciente. Lo más preocupante es que no se trata de una acción ingenua en donde medios y fines son confundidos, sino de una determinación perversa para poner de rodillas a las universidades. Es decir, lograr políticamente lo que el priismo no pudo alcanzar en 70 años: anular las capacidades de las universidades y con ello de paso golpear la criticidad de la juventud para sustituirla por el clientelismo de las universidades Benito Juárez como medio de relación con el nuevo gobierno.

Seguramente las universidades públicas resistirán. El desprecio y amenaza que han recibido desde el ejecutivo, tildándolas de chantajistas, no es buen augurio. Las universidades sabrán atacar a la corrupción que se ha enquistado entre algunos de sus administradores, pero también reivindicarán con energía el papel que juegan en el desarrollo científico y político del país. Las universidades públicas son esenciales, imprescindibles, para la construcción de futuros más halagüeños. Y ante una presidencia que no está a dispuesta a reconsiderar lo único cierto es el conflicto que se avecina.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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