Alma Gloria Chávez
Reflexiones contra violencia
Jueves 24 de Octubre de 2019
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Nuevamente, nuestra maltratada Nación se encuentra acaparando la atención en medios internacionales, por las recientes escaladas de violencia que han cobrado, además de víctimas mortales, secuelas emocionales invaluables entre familias, comunidades, municipios y estados. Pocos son quienes pueden afirmar que estos lamentables hechos de pérdidas humanas les tienen sin cuidado. Especialistas en temas sociales, afirman que la violencia en México provoca enorme sufrimiento a la población.

Cualquier persona, de cualquier edad, sabe bien que la violencia no se encuentra tan lejos de nosotros como quisiéramos… apenas se habla de su existencia, y ahí está, acaparando buen tiempo de nuestras conversaciones. Porque la violencia se ha venido a instalar en nuestras propias casas, en la de ese vecino tan sonriente y amable que siempre saluda; en la de ese escritor famoso que sale por la televisión dando lecciones sobre casi todo; en la de muchos funcionarios públicos que complementan su jornada ejerciendo violencia contra quien se deje, y en los humildes hogares de tantos/as trabajadores/as desesperados porque su magro salario no da para mucho. En fín, la violencia está presente en los lugares más inimaginables.

A menudo, la violencia no toma forma de eventos tan estrujantes como los enfrentamientos entre individuos, los linchamientos contra personas por grupos enardecidos, las ejecuciones, los secuestros, extorsiones y torturas, o los enfrentamientos entre comunidades de iguales. La violencia también puede no dejar huellas evidentes. Algunos hechos violentos son torturas sin sangre que, en todo caso, producen cadáveres que siempre llevan otras etiquetas: suicidas, drogadictos, accidentados, sectarios, delincuentes, marginados, depresivos… exluídos. O también son los comentarios hirientes; son las conductas erróneas en la familia, en el trabajo, en la comunidad, que van generando un sutil clima de violencia que inevitablemente aumenta cuando no se tiene la capacidad de ponerle un alto.

Para muchas personas, resulta “natural” reaccionar de manera agresiva ante la menor excusa; no lo hacen siempre de manera intencional y hasta llegamos a comprender que son actitudes resultado de una formación familiar autoritaria. Se puede actuar así porque se aprendió de pequeño en casa sin darse cuenta. Por eso es imprescindible que los modelos de conducta que se presenten a niños y niñas, sean los adecuados entre adultos de su núcleo familiar, así como en el medio educativo y en su convivencia social cotidiana.

Hace algunos lustros, escuché el siguiente diálogo en una película: “¿Sabes qué es la violencia? Es como cuando tiras un papel a la calle y te parece normal, no hay daño aparente… pero de pronto volteas hacia otro lado y ves un enorme basurero hecho con millones de hojas de papel y desperdicios. Te detienes y piensas: ¿Qué hice? Así, la pequeña violencia de todos los días nos parece normal, y sólo nos impacta cuando nos la presentan con toda su crudeza: mutilante, represora, indigna”. Las palabras pueden no ser exactas, pero es la idea.

La violencia se ha venido a instalar en nuestras propias casas.
La violencia se ha venido a instalar en nuestras propias casas.
(Foto: Especial)

En esta época en que nos encontramos urgidos por despertar una conciencia ecológica, me pareció interesante y necesario el símil; sin embargo, el rescate de una conciencia del ser humano, de su valor, es un reto mayor. Incluso cabría preguntarse hasta dónde el respeto del ser humano a sí mismo, puede dar como consecuencia directa el respeto al espacio vital.

Dentro de los problemas que se generan a partir de la violencia, quizá el más peligroso es precisamente el de aceptarla en pequeñas dosis: suma de pequeñas violencias, trae como consecuencia un medio ambiente de ansiedad, inseguridad, desconfianza y temor. Y debemos tomar en cuenta el papel que juega el miedo para tácticas de control familiar y social. Luego entonces, no podemos escondernos detrás de justificaciones y admitir métodos de control violentos como “lógicos y necesarios”, ni en el hogar, en la escuela, o en el trabajo. No podemos seguir cayendo en la trampa de la violencia oculta detrás de una imagen “de autoridad”.

Ha llegado el momento (crítico) para reflexionar seriamente sobre ciertos principios, ciertas ideas irracionales que apoyan algunas conductas agresivas y aprender a manejarlas (o controlarlas), así como no permitirlas cuando vienen de individuos que las provocan. También resulta conveniente pensar sobre la relación familiar y descubrir si se observan algunas situaciones que incomodan, humillan, marginan o hieren los sentimientos de cualquier miembro.

La cultura actual es en gran medida icónica (de imágenes) y cuando nos enseñan a leer y a escribir, a interpretar y usar grafías, no nos enseñan a leer las imágenes; así, desde pequeños/as quedamos indefensas/os ante ellas. Más que atacar a los medios masivos de comunicación, en este caso, dioses de la violencia, propagadores de la acción destructiva, debemos aprender a leer en ellos para crear estrategias en contrario: padres, madres de familia, educadores todos, estamos llamados a desarmar todo lo que incite a la violencia a niños, niñas y jóvenes.

Si hasta hoy no nos hemos atrevido a intervenir para actuar en contra de la violencia, ya sea porque no nos consideramos responsables de lo que hacen los hijos e hijas de los demás o los propios… entonces llegó el momento de admitir que también tenemos las manos manchadas de dolor y de sangre. Y transcribo la invitación que nos hace Sara Sefchovich en su libro “Atrévete” en su capítulo 20: “Mujer: ¿has pensado en lo que significaría no callar, no fingir que no sabes, no pretender que no es asunto tuyo? Atrévete. No lo defiendas. No lo solapes. No lo escondas. No lo ayudes. No jures que es inocente. Atrévete a indignarte por su comportamiento, atrévete a obligarlo a cambiar. Es hora de dar el salto. Y así como hay madres de las víctimas que luchan porque la sociedad no olvide a sus hijos y les haga justicia, así puede haber madres de los delincuentes que luchen porque ellos dejen de hacer sufrir a los demás.”

Y termina: “Esto no es cosa de líderes ni de dirigentes; no es cosa del gobierno, de soldados y policías. Es cosa de cada familia, de cada ciudadano. Es cosa de ‘apelar a nuestra propia conciencia como sujetos conscientes de sí mismos y de su entorno social’. Y entonces sucederá que ellas le ganarán al crimen, porque, como asegura Michelle Bachelet: ‘Cuando una mujer entra en política, cambia la mujer; pero cuando entran muchas, cambia la política’. Y lo mismo vale, sin duda, para la violencia: cuando una mujer se decida a intervenir, logrará cambiar a una persona, y cuando muchas lo hagan, cambiará toda la situación’. Así que no esperes más. ¡Atrévete!”

Si pretendemos ofrecer este mundo convulsionado a las nuevas generaciones, debemos por lo menos, entregárselos con más elementos de análisis y reflexión sobre el valor de cada uno de nosotros como seres humanos; reconociendo que no existe la violencia inofensiva.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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