Alma Gloria Chávez
Ofrendando a quienes trascendieron
Jueves 31 de Octubre de 2019

“Mi madre me contó que yo lloré en su vientre; a ella le dijeron: tendrá suerte. Alguien me habló todos los días de mi vida, al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡Vive, vive, vive! Era la muerte.”

Jaime Sabines.

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Mucho se habla, entre los estudiosos del México antiguo, que entre esas culturas, que resultan base de nuestra identidad, no se conocía el concepto del Infierno (como lo concibe la Iglesia Católica), y entre los p’urhépecha, el de la muerte como el final de la vida. Tal vez a eso se deba que en el subconsciente del pueblo, sobre todo entre las comunidades indígenas, siga viviendo todavía el recuerdo de un más allá abierto aún para el pecador.

Entre comunidades mestizas, la imagen del esqueleto con la guadaña y el reloj de arena, símbolo de lo perecedero, es en México producto de importación europea, obviamente. El poeta Xavier Villaurrutia, cuya poesía gira casi enteramente en torno a la muerte, alguna vez escribió: “Mientras más criollo se es, mayor temor tenemos por la muerte, puesto que eso es lo que se nos enseña”. Por ello resulta alentador que el pueblo p’urhépecha impregne nuestros espacios de una tradición como la Fiesta de Ánimas, con sus ofrendas características, como parte de una cultura que nos identifica y nos distingue ante los ojos del mundo.

Manteniéndola viva, contrarrestamos en alguna forma esa labor de desnaturalización que nos ataca por tan diferentes medios y que actualmente se presenta en las formas más descarnadas de violencia.

El hombre del pasado sabía que aún muriendo, la vida continuaba, que había una posteridad, un futuro. En territorio michoacano encontramos uno de los lugares más antiguos de Mesoamérica donde se tuvieron rituales de aprecio y cuidado por los difuntos: El Opeño, situado en el Municipio de Jacona, con más de 3,500 años de antigüedad. Las actuales generaciones, sin permanecer ajenas a los descubrimientos científicos de este tercer milenio, todavía hoy nos maravillamos ante la concepción que esos pueblos (calificados como “primitivos”) tenían acerca de cómo todos los seres vivos se pertenecen mutuamente. “No somos seres separados –dicen algunos chamanes-, sino dinamismos o etapas de un proceso en el que no cabe la muerte, sólo la transformación”.

“He renacido muchas veces, desde el fondo de las estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo de las eternidades, que poblé con mis manos…” escribía Pablo Neruda.

En México, mosaico de pluriculturalidades, la celebración a las ánimas de nuestros difuntos es ecléctica, es indígena, y es, por fuerza, también española o europea. Si entre las culturas precolombinas siempre se reconoce el respeto por la muerte, en la cultura popular mexicana permea ese carácter lúdico que viene del pueblo europeo, provocado por las famosas epidemias de la “muerte negra”. De entonces, desde aquellas tierras asoladas por hambrunas, enfermedad y muerte, ésta se empezó a ver bajo otro concepto: era el temor que infundía, pero también se trataba de vencer el miedo mediante lo grotesco y lo burlón.

Resulta alentador que el pueblo p’urhépecha impregne nuestros espacios de una tradición como la Fiesta de Ánimas.
Resulta alentador que el pueblo p’urhépecha impregne nuestros espacios de una tradición como la Fiesta de Ánimas.
(Foto: Grecia Ponce)

Para los mexicanos, la muerte no es un juego: se le considera familiar porque se encuentra aquí, entre nosotros; por ello a los vivos les corresponde hacer que en los días en que se le festeja, su estancia sea de lo más agradable, lo más placentera posible “para que no nos haga daño”. En cambio, el festejo p’urhépecha a las ánimas, siempre se acompañará no del temor, sino de los mejores recuerdos de quienes en el camino nos han precedido.

Comunidades, pueblos y ciudades forman un mosaico de costumbres, tradiciones y cultos a los que “viven en el más allá”, extensión quimérica de la vida terrenal, siempre respetada, amada y conservada por los que habitamos esta tierra. El arqueólogo Arturo Oliveros, quien ha venido haciendo estudios sobre las tumbas de El Opeño, en su libro ‘El Espacio de la Muerte’ (editado por el Colegio de Michoacán y el INAH), habla de que “a partir del espacio de la muerte, en sus evidencias arqueológicas, etnográficas, documentales, y a partir de sus territorios económicos o sociales, subsisten aún complejas estructuras mentales, adentradas en el sentimiento de pueblos cada vez más mestizos”.

Y diversos son los modos para ofrendar a quienes han dejado la vida terrenal: la foto del difunto, veladoras, cirios, panes, bebidas, dulces, frutos, guisos tradicionales, sin faltar los preparados con el sagrado maíz; cempazúchitl, flor de nube y esas orquídeas que aquí llamamos “flor de ánimas”. Arcos monumentales (por donde puedan ser recibidas todas las ánimas) en contadas comunidades y arcos personales, en cada tumba, en lugares donde la intromisión del turismo ha llevado a los deudos a la competencia. Para las ánimas pequeñas, las “coronitas” y el camino señalado con pétalos de flores que les guiará del cementerio a sus hogares “donde se les espera”. En Michoacán, el Día de las Ánimas no sólo es una tradición más: es un acto de fe. Es un festejo que incluso llega a ser alegre sin perder de vista el respeto que nos merecen “quienes nos señalaron un camino”.

“Nuestra morada eterna no está aquí en la tierra. Sólo por un breve tiempo, sólo el tiempo necesario para calentarnos pudimos osar venir a la tierra, por la gracia de nuestros señores”, leemos en la historia de Los Antiguos Mexicanos del “tlamantini” Miguel León Portilla. Y en uno de los Cantares Azteca, este mismo pensamiento se expresa como sigue: “Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar. No es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra”.

Indiscutiblemente, la muerte, en nuestra cultura, siempre tendrá permiso. Se aparece en todos lados. Unos la pintan o la escriben en calaveritas; otros la hacen pan; los niños la juegan con máscaras y títeres y las abuelas la evocan al rezar. En los panteones, entre aromas de cempazúchitl, de lirios y de inciensos, se vuelven los lugares romerías donde se escuchan y se comparten los recuerdos, alabanzas, llantos y plegarias. Los días de muertos y de Ánimas también son pretexto para retomar las conversaciones que fueron interrumpidas con los seres queridos que se han marchado de este plano existencial.

“Quien llega a comprender cuán frágil es esta vida, sabe mejor hasta qué punto es valioso hacer de cada instante el mejor momento para disfrutar. Quien intenta en cada uno de sus actos dar lo mejor de sí; quien impregna a cada acto realizado una dosis de amor, servicio y compasión; quien acompaña su vida con sentimientos de gratitud y respeto hacia lo que le rodea, sacralizando cada espacio, se encuentra preparado para morir en paz… en plenitud”, reflexionaba un querido y recordado amigo… que me enseñó a mirar la muerte de otra manera.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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