Alma Gloria Chávez
Para una joven atribulada
Jueves 7 de Noviembre de 2019
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Una de estas tardes lluviosas y frías, en una de las calles cercanas a la Plaza Principal de Pátzcuaro, encontré a la joven hija de una conocida. Sabiendo de sus inclinaciones creativas que desarrolló desde pequeña, al dedicarse su padre a trabajos de carpintería y ebanistería artesanal, pregunté cómo le estaba yendo en una pequeña empresa que inició junto a otras dos compañeras. Su rostro se tensó y sus ojos claros se humedecieron. Me contó que unos meses atrás decidió dejar, no sólo ese proyecto, sino también este lugar, para ir a vivir con un joven a otro Estado. Y que a pesar de tener una vida independiente de años atrás, la decisión que ahora tomó le resultó tan difícil, que prefirió poner distancia ante actitudes familiares que le tienen desconcertada, porque sus padres y su única hermana son personas preparadas… y respetuosas. Al menos eso pensaba. Yo no pregunté más.

Su tristeza me hizo recordar las “Palabras para Julia” de Goytisolo: “Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja, como un aullido interminable. Te sentirás acorralada, te sentirás vacía y triste, tal vez querrás no haber nacido. Pero tú siempre acuérdate lo que un de día yo escribí, pensando en tí, como ahora pienso. Nunca te rindas, ni te apartes… junto al camino nunca digas: ‘No puedo más y aquí me quedo’. Otros esperan que resistas, que les ayude tu alegría y que se escuche tu canción, entre sus canciones…”

Estas frases, que en tantas ocasiones repetí y canté para mí, ahora me permitieron expresar a esta bella jovencita mi empatía y solidaridad para la decisión tomada y cualquier otra que pudiese cambiar el panorama en su camino. Coincidimos al afirmar cómo la vida actual nos exige a las mujeres que nos ocupemos de tantas cosas, que a menudo nos sentimos divididas entre polaridades, atrapadas en la actividad y deseando, muchas veces, más paz interior.

Yo pude decirle que en este siglo XXI las mujeres ya somos más que las madres de nuestros hijos e hijas y las viejas imágenes de la feminidad nos están quedando tan mal, como un traje prestado. Sin embargo, las expectativas de algo especialmente confeccionado, a menudo resultan igualmente incómodas, pues mientras tratemos de vivir según patrones externos, nunca daremos la talla, pues sólo se logra viviendo en plenitud, lo que significa “vivir fieles a nuestra propia naturaleza”. Eso fué lo que pude ofrecerle a manera de consejo: procurar escuchar siempre los dictados de nuestro corazón… que por increíble que parezca, lo hace con certeza y razón.

Y sin que yo lo trajera a colación, ella me habló del tipo de feminismo que su madre le vino inculcando desde pequeña: ése que respeta al varón como a sí misma; el que ve en las otras mujeres a alguien con tantas semejanzas, que no se podrán ver como enemigas; ése que ve a cada persona como alguien diferente, único e irrepetible, mas no como inferior o superior; ese feminismo que ama la naturaleza y defiende la paz sobre todas las cosas. Y que está convencido de que toda persona vale por lo que es y no por lo que posee. El feminismo que considera a hombres y mujeres como seres complementarios.

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(Foto: Especial)

Al llegar al terreno de las emociones, pude recordar cómo en algunas lecturas especializadas entendí que por lo general las mujeres desarrollamos el “alterocentrismo”, ésto es, que llegamos a sentir dentro de nosotras las angustias ajenas, en tanto el “egocentrismo” es más territorio masculino. Con frecuencia, las mujeres llegamos a sentir más las emociones ajenas que las propias, y al hombre le sucede justo al revés. Cuando las mujeres tenemos hijos, llegamos a cuidarles y protegerles a tal grado que nos olvidamos de atendernos de igual manera. Y llega a suceder que cuando el hombre todavía no sabe por qué llora la criatura, la mujer ya le secó las lágrimas.

Después de hablar mal de nuestras instituciones (familiares, religiosas, educativas, sociales), de la situación de las mujeres y de la carga que “históricamente” se nos ha impuesto y que a menudo la sufrimos en solitario, reconocimos también que vivimos en un buen lugar para ser mujeres de principios del siglo XXI. Existen lugares en donde a las mujeres todavía no se les deja salir solas a la calle y mucho menos trabajar fuera del hogar; en donde se obliga a las madres a abandonar a las niñas porque el padre desea varones; en donde sólo se pueden casar teniendo de respaldo una cuantiosa dote… en fín.

Todas las mujeres, estamos seguras, buscamos lo mismo en cualquier lugar en donde nos encontremos: autonomía y respeto sobre nuestros propios cuerpos; salud y educación; libertad sin violencia; y participar activamente en la toma de decisiones en el hogar, en la comunidad, en los distintos gobiernos. No creemos que algo pueda resolverse de manera violenta; no tiene por qué haber revoluciones sangrientas. Simplemente, necesitamos un cambio de actitud. Todas las mujeres podemos aprender a realizar cada una su sueño; podemos apoyarnos mutuamente. Merecemos ser respetadas y ser felices.

Todos: hombres y mujeres, podemos (debemos) contribuir a la educación de los hijos, porque a fin de cuentas, los niños, como dice Gibran Jallil Gibran “son hijos de todos… son hijos de la vida”. Y si queremos formar familias sanas y una nación sana, tenemos todos (hombres y mujeres) qué preocuparnos de las generaciones que vienen. Cada quien realizando el mejor esfuerzo, contribuyendo lo mejor que puede.

Mi joven amiga y yo descubrimos que nos sabemos mujeres del “quinto sol”: las realizadas. Si transitamos por los caminos de la liberación, ahora nos dirigimos hacia la realización. Y la cuesta puede resultar difícil (yo lo digo por experiencia) y tal vez una nunca acabará de realizarse a plenitud. Resulta con frecuencia arriesgado, porque a menudo hay que ‘deconstruir’ lo que parece sólidamente estructurado y proponer lo que ‘todavía no se ha hecho’... o ni siquiera pensado.

Lo sabemos, lo entendemos (cada una en la etapa de vida en que nos encontramos): estamos viviendo una etapa de tránsito, confusión y por lo tanto, de crisis. Pero todo esto tendrá que superarse y sin duda, cuando se haya aclarado la tormenta, tendremos abierto el camino a la realización para ambos: hombres y mujeres.

Entonces, joven amiga, ya habrás superado todo lo que hoy te hace sentir triste y tal vez recuerdes a quien un día “escribió todo ésto… pensando en tí, como ahora pienso”.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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