Viernes 8 de Noviembre de 2019
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En todas las corrientes filosóficas y espirituales la invitación siempre es a sumergirnos en las profundidades de nuestro mar interior; y puede ser algo tan sencillo como un parpadeo de ojos o como cerrar los ojos y respirar. El problema es que nos aterroriza la obscuridad; le hemos dotado de un sentido negativo, como si derivara de las fuerzas del mal.

En el lenguaje del universo en realidad no existe ni el bien, ni el mal; sólo la luz y obscuridad, y todo en una misma corriente que es vida. Lo curioso es que el sentido ético de las cosas lo hemos construido a partir de prejuicios que se originaron con los pueblos antiguos hasta donde su saber les dio a entender (y se los apreciamos y agradecemos), pero que en el contexto de hoy hay un evidente desfase porque la humanidad ha evolucionado, y se necesitan nuevas respuestas.

Imaginemos cuántos personajes se han autonombrado líderes políticos o espirituales y han castigado o azotado almas, cuando por dentro no cargan más que dolor y obscuridad, arrastrados por sus impulsos más bajos en pos del dinero, la fama o el anhelo angustiante de ser reconocidos.

Y es que al final se trata precisamente de eso, de almas que quieren ser reconocidas, sumadas, reconectadas.

Hace poco tiempo recordé en sueños el nombre de Marenostrum que significa “el mar de todos nosotros”. El nombre viene muy ad hoc a lo que les comparto hoy en este texto, porque nuestro mundo interior me parece que es un gran e inmenso mar en el que navegamos con nuestro barquito de papel, a veces a tientas, sin más faro que los referentes de las interpretaciones de los libros sagrados que hicieron nuestros antepasados, o lo que nuestros padres y familia a su entender nos dijeron de cómo hacer.

Muchas veces también navegamos en nuestros barquitos de papel entre corrientes subterráneas poderosas que abundan en nuestro mar interior, y que se originaron desde el principio de los tiempos. En esas corrientes incluso hay krakens que materializan los temores y miedos, odios y rencores, las deudas del pasado, los traumas y las heridas de nuestros abuelos y millones de ancestros.

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(Foto: Especial)

Pero ¿qué tal si estamos llamados a encontrar nuevas rutas de navegación? Es más, a trazar nuestra propia ruta; y que hay un potencial infinito en cada uno de nosotros, así como un botín personal de tesoros que podemos encontrar en el camino o incluso al final de nuestra travesía.

Recordemos que venimos del cosmos, porque compartimos el mismo ADN con esa inteligencia superior que colocó la misma semilla para que todo cuanto existe germinara, y el sonido AUM de la creación sigue resonando en cada una de nuestras células para mantenerse juntas, funcionando, expandiéndose, produciendo información, conectándose. Si somos seres galácticos viviendo en la experiencia llamada Tierra, ¿por qué no atendemos al llamado de nuestra esencia creativa que se ve referenciada en la propia naturaleza, en nuestra propia respiración?

Pareciera que estamos más imbuidos con la superficie, y desde ahí creemos saberlo todo, y peor aún, desde ahí construimos nuestros propios esquemas mentales para interpretar al mundo y hacemos que los demás se comporten conforme a esas “reglas de la superficie” y las normalizamos.

Y en medio de la avalancha de mensajes que nos bombardean y aturden todos los días, ¿quiénes realmente nos aconsejan que naveguemos en nuestras propias profundidades para encararnos con los krakens de nuestros antepasados, fortalecidos por nuestras propias creencias? Casi nadie. Sólo la religión y algunas nuevas corrientes espirituales; pero todas se quedan en el borde, porque las respuestas ya están contenidas en nosotros mismos; sólo tenemos que echarnos una clavado en ese mar obscuro, profundo e incierto que llevamos en el interior.

Y esa es la clave me parece: recordar, porque en la semilla origen con la que se plantó al mundo están contenidas todas las respuestas, y ahí está la información de todo cuanto existe. Esa semilla en realidad sigue expandiéndose cada día más, como las ondas que se forman en el estanque de agua al lanzar una piedra; y en ellas se encuentran latiendo cada una de nuestras almas, mentes y corazones; por eso estamos conectados. Es el Inlakesh del que hablan los mayas: el yo soy tú, y tú eres yo.

Si atendiéramos entonces a esa gran verdad de cómo estamos interconectados, la ética y las reglas de conducta que hemos construido hasta ahora saldrían sobrando, porque simplemente estaríamos alineados a una verdad superior, y actuaríamos en consecuencia de una manera armónica.

Pero son tantos los distractores que hay en el mundo: las calles ruidosas, las adicciones, los cánones de la moda, el imperativo de “ser alguien” conforme a un estatus que es ilusorio e inútil. Lo realmente sería encontrar útil una carta de navegación y una guía que nos diga cómo no hundirse en el barquito de papel del mar interior y qué hacer en los casos de que un kraken te salga al paso.

Cuando Jesús hablaba de la fé como del tamaño del grano de una mostaza, me parece que bien podría ser una analogía del principio de la creación: la célula unigénita de la que nació todo el universo y que aún continúa en expansión. Si reconociéramos esa célula dentro de nosotros mismos, con toda su fuerza creadora, seríamos a la vez universos personales en expansión perfectos, inmutables, enfocados en nuestro propio equilibrio…

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