Ramón Guzmán Ramos
La mujer es la esclava del mundo
Sábado 11 de Junio de 2016

Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre. Génesis.

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Woman is the nigger of the world
Yes she is… think about it
Woman is the nigger of the world
Think about it… do something about it
Woman is the slave of the slaves
John Lennon and Yoko Ono (1972)

Ha sido largo y tortuoso el camino que la mujer ha recorrido en la historia para lograr que la sociedad autoritaria y patriarcal reconozca que a fin de cuentas es un ser humano y que, como tal, debe contar con derechos semejantes a los que tiene el hombre. Resulta inconcebible que alguna vez se haya creído que por el hecho de ser mujer tenía que resignarse a su papel de esclava del hombre. Si pertenecía a la clase rica, entonces contrataba a otras esclavas para que le sirvieran y ella quedaba reducida a mero objeto decorativo. La mujer pobre tenía que sufrir una doble humillación. En cualquier caso, la mujer era considerada una propiedad exclusiva de la que el hombre podía disponer a su antojo, incluyendo su vida. ¿Cuánto ha cambiado esta situación en el transcurso del tiempo?

La mujer ha tenido que enfrentarse desde siempre a este sistema que la mantiene marginada y que le impide de diversas maneras su liberación. Con todo y que ha logrado avances sustanciales en su lucha por la equidad de género, sigue padeciendo los efectos de una sociedad opresiva, conservadora, enferma de prejuicios, que la victimiza una y otra vez. Lo lamentable es que un gran porcentaje de mujeres acepta esta situación como si se tratara de un destino ineluctable, de un orden natural o divino que simplemente hay que aceptar con resignación. Quienes se han atrevido a cuestionar y a desafiar al poder que las somete, ya sea en la familia, en el trabajo, en la religión o en la sociedad, han tenido que sufrir las consecuencias, a veces a niveles de tragedia.

Habría que reconocer que hemos llegado a una época en que la mujer ha conquistado su derecho a ocupar prácticamente todos los espacios que antes estaban reservados casi de manera exclusiva para el hombre. Es probable que el hombre se sienta desplazado o amenazado en su posición que sentía asegurada o con una perspectiva muy propia. Y es probable que muchos, precisamente por ello, vean a la mujer como una amenaza que es necesario enfrentar y combatir, desafortunadamente con diversas formas de agresión. Esta nueva etapa en que la mujer ejerce en los hechos su derecho a realizarse y a ocupar los espacios que por mérito propio se merece obliga a un cambio drástico y dramático de roles entre el hombre y la mujer. La mujer que estudia o trabaja, a veces las dos actividades al mismo tiempo, debe compartir necesariamente los deberes de la casa con el hombre. Esto cuando ambos tienen una ocupación laboral. La situación se complica cuando la mujer es ella sola cabeza de familia y debe hacerse cargo de todas las responsabilidades en el hogar.

Como sea, los roles tradicionales que colocaban a la mujer como encargada de la casa y de la crianza de los hijos, y al hombre como el que tenía que salir a procurar el sustento, como el jefe natural de la familia, han quedado totalmente rebasados por las nuevas circunstancias. ¿Hasta dónde una situación emergente como ésta crea relaciones tensas en la pareja que pueden desencadenar la violencia?

En el trabajo la mujer se enfrenta también a otro tipo de acoso y agresión. Es esa idea perversa de creer que la mujer debe pagar cualquier promoción que se merezca con su propio cuerpo. Y a veces sólo por el hecho de estar bajo el mando de algún jefe que la ve como un objeto sexual a disposición. Ni qué decir de la actitud discriminatoria de sus compañeros cuando destaca por su dedicación y responsabilidad. Hay que decir también, desde luego, que así como hay jefes varones que abusan de su posición jerárquica contra todos los trabajadores a su mando, de la misma manera se dan casos en que mujeres que han logrado escalar estas posiciones asumen un estilo de mando arbitrario. En situaciones así, el poder, cuando desprende su influjo perverso, no hace distinciones de género. Lo mismo contamina y puede llegar a corromper al hombre y a la mujer que ocupan sus espacios.

En la sociedad la mujer sigue siendo vista y tratada como objeto sexual. Nunca falta ese tipo de hombres que se sienten con derecho a ofenderla con una mirada obscena, con comentarios agresivos y actitudes de abierta provocación. Muchos se sienten con la libertad de traspasar los límites de la privacidad personal y pasan al contacto físico, al manoseo. Los extremos ocurren cuando el agresor se deja llevar por sus instintos prehistóricos y entonces pasa del acoso, del abuso y la burla, a la violación, al asesinato. Más allá de las motivaciones inmediatas que pudieran detectarse, en el fondo se encuentra siempre esa condición de poder que el hombre cree tener sobre la mujer; un tipo de poder que le permite considerarla como una propiedad personal o genérica (es decir, de todos los hombres si ella no tiene un dueño definido), y por lo tanto, que puede hacer con ella lo que quiera: tomarla contra su voluntad, agredirla, humillarla, asesinarla. Son crímenes de género, es decir, que se cometen contra mujeres simplemente porque lo son. Hubo un tiempo en que la mujer tuvo que luchar porque la consideraran igual que el hombre por lo que respecta a la ley y al derecho. Ahora tiene que luchar porque la reconozcan como un ser humano con autonomía e independencia propias. Tiene que luchar por el respeto que todos le debemos, por su dignidad que es muy suya, por su integridad y por su vida.

Este menosprecio hacia la mujer se refleja, asimismo, en las posiciones de poder político que el hombre tiene y ejerce. La violencia que la mujer sufre de manera cotidiana en diversos espacios privados o de concurrencia social es desvalorada para los efectos jurídicos y de respeto a los derechos humanos que deberían proceder. La víctima se enfrenta a todo un aparato burocrático de justicia que la ve con ojos de desprecio, que la vuelve a victimizar cuando arroja sobre ella misma la culpa de su propia condición de mujer violentada. Es como si todo mundo le recalcara una y otra vez que se merece lo que le pasa, cuando le llega a pasar y se queja. Este autoritarismo patriarcal permea todos los espacios del sistema político y de justicia.

De ahí la negativa de los gobernantes de hacer algo que toque a fondo las causas de esta violencia bárbara que no sólo afecta a las mujeres, sino que denigra a la sociedad en su conjunto. Habría que pensar en un amplio e intenso movimiento de tipo cultural y educativo que llegue a todos los ámbitos de la vida social, a través de todos los medios, para empezar a cambiar desde el corazón y la conciencia del hombre, de hombres y mujeres, esta percepción milenaria que hace creer al hombre que puede disponer de la mujer a su antojo, como sea y cuando sea, sabiendo de antemano que la impunidad es su mejor aliada.

Ha sido largo y tortuoso el camino que la mujer ha recorrido en la historia
Ha sido largo y tortuoso el camino que la mujer ha recorrido en la historia
(Foto: TAVO)

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