Rogelio Macías Sánchez
ALGO DE MÚSICA
Cerró el XXXI Festival de Música de Morelia
Martes 26 de Noviembre de 2019
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Muy rápido se nos fue todo este trigésimo primer Festival de Música de Morelia (FMM). El pasado fin de semana, de jueves a sábado, se dieron seis conciertos para cerrarlo. Como ya escribí hace ochos días, no se puede estar en todo y en esta entrega me referiré a sólo tres.

La noche del jueves 21 de noviembre estuvimos en el Palacio Municipal en el concierto que ofreció el Cuarteto Brodsky, del Reino Unido, con un programa inmejorable: el Cuarteto de cuerdas No. 4 de Dmitri Shostakovich, la Gran Fuga de Ludwig van Beethoven y el Cuarteto de cuerdas de Maurice Ravel, cerrando con un encore de Claude Debussy. Todas ellas son cumbres de la literatura cuartetística universal y de todos los tiempos. Analizarlas aquí y describir las emociones que nos generaron, es misión imposible. Sólo las puedo resumir con esta frase: Esa audición representa la mayor creación artística de este festival, por la calidad total del programa conjuntado, la calidad de los solistas intérpretes y la notable calidad del público que ahí, y en esa ocasión, se reunió. Inolvidable.

La noche siguiente, la del viernes 22, acudimos entusiastas y apresurados al Teatro Ocampo para participar en la velada a cargo de la Orquesta Sinfónica de Michoacán, dirigida por el maestro invitado José Guadalupe Flores. Estaba anunciada, para abrir la velada, la entrega de la presea Miguel Bernal Jiménez de este año al maestro Mario Lavista, siguiendo con obras del propio Lavista, Mozart y Dvorák. Por problemas internos cambió el programa, que abrió con la Obertura a La Clemencia de Tito, de Wolfgang Amadeus Mozart, que se dio con más pena que gloria. Siguió con el Concierto para piano y orquesta No. 9 del mismo Mozart. Es una obra temprana de su autor que tiene por sobrenombre Jeunehomme (Hombre joven), sin que se sepa con certeza por qué. A pesar de lo temprana, es muy novedosa en recursos armónicos y melódicos que anticipan en años a la música que vendría. Es bellísimo. Pero lo notable de la versión que escuchamos fue el solista, Sergio Vargas, mexicano de Torreón de tan sólo catorce años, que nos brindó una versión primorosa y muy emotiva, difícil de imaginar en intérprete tan joven; entendía a cabalidad y disfrutaba enormemente cada pasaje que leía en su partitura para transformarlo en música de gloria. Enorme aplauso y bello encore cerraron su actuación.

Se dio entonces el emotivo homenaje y entrega de la presea del festival al maestro Mario Lavista, para cerrar la velada musical con su Cuarteto de cuerdas “Reflejos de la noche”, también un culmen de la literatura cuartetística universal y de todos los tiempos. No es música de aquí; viene o va del más allá, sin que sepamos de donde, y nos mantiene por doce o trece minutos en un espacio infinito donde todo es vacío y silencio, excepto los sublimes sonidos, simples y complejos, predominantemente agudos, de cuatro instrumentos de cuerda que recrean el hermoso universo para toda la humanidad. Hay que vivirlo para creerlo. Esto nos lo entregó el Cuarteto Brodsky en otra velada que recordaremos por siempre. Gracias.
El concierto de clausura se dio la noche del sábado 23 en el Teatro Morelos. Era la presentación estelar de la Sinfonieta del FMM, ese lindo proyecto de formación de nuevos músicos y conjuntos musicales. Son treinta ocho jóvenes de América dirigidos por el joven maestro colombiano Juan Felipe Molano, que han sido convocados por el FMM para constituirse en su orquesta permanente, por ahora de cámara, que pudiera proyectarse a toda América. Ese es el pensamiento.

Y bueno, para un compromiso tan importante como el concierto de clausura, se le escogió un programa complicado, difícil y extraño, clásico y moderno, alternativo y conservador: de Ludwig van Beethoven, la Obertura Coriolano y la Séptima Sinfonía para abrir y cerrar el programa. Entre ellas, Geometría foliada, que es un concierto para cuarteto de cuerdas y orquesta de Javier Álvarez, compositor mexicano contemporáneo. La obra es claramente programática de ideas, dados los nombres de sus cinco movimientos. La parte solista corrió a cargo del Cuarteto Brodsky. Después del intermedio y antes de la Séptima de Beethoven, escuchamos el tercer movimiento de la Chamber Symphony (Sinfonía de Cámara) de John Adams; se titula Roadrunner (Correcaminos).

El concierto se dio con imperfecciones en la ejecución de las obras, pero no graves y totalmente explicables en una orquesta compleja apenas en proceso de formación, constituida por jóvenes que no han terminado su educación profesional, que han llegado de diferentes ambientes musicales y que se encontraron para trabajar juntos apenas quince días antes de que iniciara el festival. El concierto, como un todo, gustó al público, que despidió a la orquesta y al festival con un aplauso prolongado y muy sentido. Nos reencontraremos con ellos en un año.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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