Rafael Mendoza Castillo
Razón ficticia y democracia representativa
Lunes 13 de Junio de 2016
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Inicio estas reflexiones con un pensamiento de Emile Durkheim: “El tótem, por tanto, no es un objeto material, es un sueño con el que los hombres han entretenido sus miserias pero que nunca han vivido en realidad”. Así, los procesos electorales son simulaciones para ocultar las contradicciones reales del mundo humano. La “fiesta de la democracia” pasada coloca la contradicción real en el sueño, lo imaginario. No separemos lo real, la conciencia y la acción constituyente. Esta es la dialéctica del mundo histórico.

Los medios de comunicación, o más bien de desinformación (prensa, radio, televisión y otros), en su mayoría con honrosas excepciones, se orientan hacia la información de mensajes pensados como meras mercancías, que no de conocimientos o de verdades acerca del mundo histórico-social, los cuales producen y reproducen confusión y ocultamiento de la realidad en los ciudadanos.

La televisión y la radio comerciales están en manos de poderes fácticos. Cuando conviene a su interés privado les otorgan un uso político, ya sea para apoyar a un candidato de su preferencia o para denostar, descalificar a otro. Así, en general, ese tipo de medios de información tienen como tarea destruir o bloquear el pensamiento crítico, disruptivo, e inscribir a las personas en la sujeción a la imagen virtual, misma que aliena y enajena a los ciudadanos. Por ello desean formar individuos consumidores y no sujetos políticos desafiantes de lo mismo.

Desde los medios de información se observa a la política como un espectáculo, y todo porque en lo real, los escenarios políticos, donde actúan la clase política y los poderes fácticos, reinan la mentira y la simulación, que son también, al final de cuentas, un espectáculo. Ambos elementos han venido desnaturalizando a la política. Lo anterior como resultado de la cohabitación de intereses particulares entre medios de información y el poder de dominación y su modelo económico concentrador de la riqueza en pocas familias. A este tipo de medios autoritarios no les ha llegado la democracia, ni la ley. Siguen actuando en el marco del libre mercado.

Es en estos medios de información donde los gobernantes informan a la gente, a los ciudadanos, de sus tareas, de los resultados de gobierno, de sus acuerdos. El pueblo acepta lo anterior como si fuera la verdad, como si fuera la realidad misma; sin embargo, lo real camina por otro lado y lo que dicen el medio y el gobierno circula por otro rumbo. Por ejemplo, hoy dicen que la crisis financiera de Estados Unidos no impactará en la economía del país, y mañana señalan que ya dio inicio la recesión económica.

Estas acciones y actitudes de los gobernantes, ya sean de la izquierda institucionalizada o de la derecha, quedan perfectamente enmarcadas en la línea de la mentira y la simulación (pensar que no representa directamente al objeto). Todo lo anterior desnaturaliza a la política como acción humana transformadora del mundo. También, hay que decirlo, existen medios de comunicación comprometidos con el pensamiento reflexivo, con la verdad y con la posibilidad de cambiar el orden constituido, pero son pocos.

En esta democracia ficticia (el objeto se vuelve evanescente) la representación política se le escapa a la gente (fetichismo), a los ciudadanos, al pueblo, y actúa para satisfacer sus intereses privados. Para muestra un botón: las cúpulas partidarias de derecha o de izquierda moderna se orientan a la administración del orden del mercado, del capital, y exilian la voluntad de decisión del ciudadano en la elección de los gobernantes. Recordemos a las burocracias partidarias cuando eligen a los candidatos a puestos de elección popular y partidaria (pluris, simulacro electoral).

Lo anterior es simulación democrática que convierte al acto de votar en un medio para mantener el mismo rumbo, es decir, un tipo de economía que produce y reproduce pobreza, injusticia social, esclavitud mental y física y desigualdad en todos los aspectos. De ahí la importancia histórica, ética, política y moral de continuar fortaleciendo el crecimiento del movimiento social (Morena) de López Obrador, de los zapatistas, de la CNTE y de otros como posibilidad de construir un contrapoder impulsado por una nueva correlación de fuerzas sociales, progresistas, democráticas y socialistas, necesario para transformar el actual modelo capitalista de explotación y dominación.

En este país la clase gobernante considera que firmar convenios, decretos, aprobar leyes, hacer comisiones, fundar secretarías de jóvenes, de migrantes, hacer planes de desarrollo, planes anticrisis, automáticamente lo anterior, se convierte en un demiurgo (divinidad) que va a cambiar la realidad. Se demuestra y se muestra a diario que esos discursos no tienen que ver nada con lo real. Existe una separación entre lo que se dice y lo que se hace. Se simula y se miente. Por otro lado, tienen que pagar los que menos ingresos tienen, los de abajo, los excluidos, cuando ellos mismos, los poderosos, por su ambición desmedida, provocan las crisis actuales, y en este momento los marginados son incluidos pero para pagar las deudas públicas y privadas de la oligarquía financiera.

El discurso de los políticos no se ha separado del discurso religioso ya que siguen pensando que las palabras, por el sólo hecho de decirlas, ellas mismas, por sí solas, producen la realidad y hasta la cambian (el símbolo sustituye lo real o lo oculta). Estos señores se sienten dioses o herederos de ellos al creer que con decir “hágase la luz”, ésta se hace. Hacen un plan anticrisis, reformas estruturales y desde ese momento, consecuentemente, la realidad se transforma, deja de ser la misma.
Pero la realidad es muy terca y sigue acumulando sus propias contradicciones. Lo ficticio simula un mundo real suplantado por un fetiche electoral. Este último sustituye las contradicciones reales.

Recordemos que el mundo que los hombres han creado es triádico, implica lo real como objetividad, como historia, tiempo acumulado, e incluye a la subjetividad, a la conciencia, como momento que no se puede reducir al primero, ni a la inversa, con la posibilidad de intervenir en lo real gracias a la praxis política e histórica, misma que articula los dos momentos previos a fin de modificar el mundo que el hombre mismo construye. La historia siempre se echa a andar de nuevo.

Ya vimos que el sólo hecho de reformar los artículos tercero y 73 de la Constitución no es suficiente para salvar la educación en el país. El conflicto político continúa, se incrementó; el rezago educativo se acelera y la calidad educativa sigue siendo un ideal en el horizonte. Lo anterior porque es una Reforma Educativa que privatiza la educación, es punitiva y cancela derechos y conquistas de los trabajadores de la educación.

La clase política gobernante actual separa la política de la economía para que ésta marche solamente por el libre mercado, los monopolios, en favor de los poderosos. Sin la política, es decir, sin la acción constituyente, la economía enriquece a pocos.
Con la primera podemos distribuir la riqueza y crear un proyecto alternativo de nación, de país y de educación y cultura. Si a la educación le quitas la política, entonces la primera se orientará a los fines privados. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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