Julio César Osoyo Bucio
Balas en la escuela
Martes 14 de Enero de 2020
A- A A+

Freud decía que la cultura comenzó cuando empezamos a lanzar insultos en lugar de piedras. Luego de superado aquel estado antropoide en donde un gran macho dominaba a la horda en su conjunto ejerciendo un poder ilimitado; la agresividad sigue inevitablemente presente en nosotros, atenuada ahora por la existencia de un medio que procura un sustituto acaso menos violento que la experiencia: la palabra. Somos bestias salvajes domesticadas por el lenguaje. La palabra en el lugar de la cosa produce un mundo simbólico que introduce al ser hablante en la posibilidad de ser más allá de la destrucción; tendencia que no deja de retornar, por cierto, cuando no encuentra su lugar como expresión de la fuerza que nos hace vivir.

Hace falta la fuerza agresiva que rompa la encía del bebé para que broten los dientes y éste pueda comer y sobrevivir. Somos así. Necesitamos fuerza para poder vivir. Pero se trata de poder hacer algo otro con esa fuerza que no sea convertirla en violencia y destruirnos unos a otros; pues de ser así, tan sólo volvemos a la horda primitiva, como vemos que pasa en nuestros días tristes y sombríos en donde aparecen supuestos padres todopoderosos cuya palabra es ley. Cabizbajos y silenciosos caminamos hacia nuestra propia destrucción inundados por la muerte de la pulsión que empujaba la vida.

Colegio Cervantes en Torreón
Colegio Cervantes en Torreón
(Foto: Especial)

El problema, por tanto, es cuando la palabra deja de ser usada como mediación simbólica, como instrumento de encuentro y de instauración de pactos que nos permitan no matarnos unos a otros, sino hablarnos unos a otros; dialogar para dejarnos de agredir. Cuando la palabra se ve degradada a medio cuantificador de ganancias o de mentiras, como en nuestro tiempo, no hay residuo simbólico de aquella agresividad constitutiva que nos sujeta a la vida. Como en nuestra cultura se trata de ganar...y luego ganar más... y siempre un poquito más, la pérdida de la tendencia humana a destruir no puede atemperarse simbólicamente, sino que se desborda en pasajes al acto como el que recientemente hemos vivido en el colegio de Torreón los pasados días.

No debemos ya conformarnos con mentiras tranquilizadoras que nos impiden enfrentarnos con la verdad que es revelada de modo sintomático a través de aquel acto trágico. ¿Por qué ha pasado eso? ¿Por qué precisamente ahora, en este tiempo, justo ahora? ¿Qué dice de nosotros, de nuestro sistema educativo, de nuestras escuelas, de nuestro país, de nuestros niños y maestros, de nuestro mundo digitalizado eso tan terrible que pasó apenas antier? ¿Qué dice de mí lo que pasa en mi país? ¿A quién le disparó ese niño cuando se sabe que disparó hacia todos? ¿Le disparó al mundo, a la cultura, a la comunidad que lo hizo ser quien fue?

O prefiero contarme otra vez con cualquier estupidez que me lo explique de forma boba y simplona como la mayoría de cosas que dicen los que nos quieren adormecidos: que los videojuegos tienen la culpa... que el niño padecía de algún trastorno mental...que el diablo es malo...

Es que la verdad es insoportable, por eso preferimos la mentira. Pero es más insoportable vivir así como vivimos, en este mundo que nos enferma mientras es enfermado por nuestros actos en un ciclo interminable de muerte y destrucción.

Ni siquiera piedras, balas en la escuela.

Haríamos bien en estar terriblemente angustiados. Deberíamos no poder dormir de la preocupación. Deberíamos tener pesadillas que nos despierten de esta cruda realidad. Deberíamos renunciar a cualquier cosa que nos tranquilice para de este modo poder mirar la verdad que nos constituye...