Alma Gloria Chávez
Educar para la paz
Jueves 13 de Febrero de 2020
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Según estudios de la UNESCO, para que exista la paz hace falta: Un Espacio Social, que entre otras cosas, garantice el mismo trato humano a hombres y mujeres; niñas, niños y jóvenes, adultos y ancianos, y les ofrezca condiciones para el desarrollo sin importar su origen ni su condición. Un espacio social que ofrezca a todas y a todos, oportunidades para iniciar y sostener procesos de educación contínua a lo largo de todo el curso de vida y oportunidades para realizar los proyectos que cada quien elija.

Un Espacio Ecológico que, entre otras cosas, permita tanto a gobiernos como a empresas y sociedades (y dentro de las sociedades a las comunidades escolares) conocer la realidad que vive la biósfera para actuar con compromiso informado y de manera colaborativa en defensa de la vida.

Un Espacio Económico, que garantice la salud y, por lo tanto, la nutrición, así como el acceso universal a servicios médicos de calidad. Que asegure a todas y a todos, el derecho al trabajo bien remunerado, a un techo y un hogar, al tiempo libre y al desarrollo de empresas personales, sociales y comunitarias.

Convencidas de estas premisas, maestras y promotoras conocidas mías, opinan que para educar en los derechos humanos (y por consecuencia, para la paz), es necesario que todo docente (maestro/a y educador) asuma el compromiso de buscar un cambio ético y cultural de respeto hacia los/as educandos, aprovechando la sensibilidad y la gran percepción que ellos/as poseen, para formar hombres y mujeres libres que luchen por la libertad, que se desarrollen íntegramente dentro de un concepto de igualdad y dignidad humanas y que crean y actúen por un mundo de paz y respeto a la vida. Que se opongan por principio a la violencia en la propia escuela, en los medios de comunicación y en la sociedad.

Actualmente, muchas/os entendemos la situación de vulnerabilidad que enfrentan los infantes desde su ingreso a la escuela primaria, enfrentando un cambio tan drástico en su vida, luego de su paso por el jardín de niños o el preescolar: salones nada acogedores, pupitres que pocas veces corresponden a su tamaño físico; recibiendo información que no siempre están preparados para recibir… y, por si fuera poco, las presiones desde el hogar, donde tanto se espera de ellos/as.

Por eso deseamos contribuir a crear los nuevos ámbitos escolares, donde se justifique una buena educación para la paz y los derechos humanos; que rompa o vaya más allá de la estructura represiva de la escuela antigua basada en la autoridad, que resulta más bien autoritarismo, y que en cambio se sustente en el respeto a niños y niñas, a sus derechos; que se les escuche y se les tome en cuenta dentro de sus propios procesos educativos y como creadores de sus propios destinos, dejando de verlos como recipientes para ser llenados de datos, informaciones, fechas, cifras, etcétera.

Un espacio social que ofrezca a todas y todos, oportunidades para iniciar y sostener procesos educativo
Un espacio social que ofrezca a todas y todos, oportunidades para iniciar y sostener procesos educativo
(Foto: Especial)

Y aunque sabemos que no es el tránsito de un nivel a otro el responsable único de los actos violentos en la primera etapa de la escolaridad, sí es algo que influye de manera significativa y que al tenerlo en cuenta se pueden prevenir algunas situaciones más graves. “Es en la primaria -me han dicho algunas amigas maestras y madres de familia- donde se hacen presentes los apodos por características físicas, como “el enano”, el “cuatro ojos”, “la bodo”, etcétera, siendo manifestaciones de agresión que el maestro o maestra deben evitar. Se hacen grupos y se sienten más fuertes cuando hay en ellos uno o varios que son más débiles. A ellos/as se les descalifica o discrimina, porque les cuesta aceptar lo diferente, sintiéndolo como peligroso”.

Además, en esa edad en que niños y niñas ingresan a primaria, la televisión tiene mucho qué ver en las actitudes que van adoptando, pues la cotidiana exposición de violencia en la pantalla chica aumenta la probabilidad de comportamientos agresivos y antisociales. Según especialistas, un niño o niña de entre cuatro y diez años de edad, observa un aproximado de 85 mil escenas violentas por televisión o videojuegos (incluídos los de la computadora) en esa corta etapa de vida.

Entendemos que la agresividad y la violencia son, actualmente, parte de la vida de todo docente. Por ello resulta necesario contribuir proponiendo nuevas y diferentes formas para que los distintos actores del ámbito escolar se relacionen entre sí, tendientes a desarrollar la cultura de los derechos humanos y de la paz. De esta manera, lograremos dar cumplimiento al artículo 26.2 de la Carta de las Naciones Unidas que explica: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales”.

Educar para la paz, compromete al maestro o maestra a reconocer que el o la alumna tienen necesidades e intereses propios, individuales; que necesitan ser expresados y comunicados. Obliga a desafiar la educación con creatividad, resignificando su contenido y forma; aceptando el saber propio, que, combinado con otros saberes, posibilita formas de aprendizaje compartido. La escuela no puede ser sólo el ámbito propicio para acercarse a la realidad en forma intelectual. Debe y puede transformar esos contenidos en vivencias y prácticas cotidianas que demuestren que el auténtico cambio es posible y que cada uno/a es partícipe y protagonista del mismo.

Al incorporar a los programas escolares principios y valores como la libertad, la verdad, la honestidad, la igualdad, la justicia y el respeto, hablaremos de una educación que contempla al ser humano en todo su despliegue existencial y en un ámbito de paz. “Hoy más que nunca, la escuela se presenta como la instancia promotora de paz entre sus educandos”, mencionan los expertos de la UNESCO. Y como sociedad, resulta imperante contribuir a la pacificación desde las aulas.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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