Samuel Maldonado B.
Repercusiones
Vino, vio y ¿convenció?
Martes 23 de Febrero de 2016
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La reciente visita a México de Jorge Mario Bergoglio y la situación económica, política de gran corrupción y social que prevalece en nuestro país, me hace retroceder en el tiempo y ubicarme en esa ilustre etapa juarista tan difícil para México, pero muy seria y nacionalista.

En aquellos tiempos prejuaristas la dominación que el clero ejercía era absoluta, dedicada prácticamente a recolectar fondos económicos sin importar estrato social alguno, así fuesen miserables o muy ricos. A los oriundos de esta tierra se les mantenía prácticamene en la ignorancia y la miseria y aun así eran despojados por la clase eclesiástica de sus míseros jornales a través del diezmo. La Iglesia del siglo XVIII, dominaba en todas las esferas, legitimaba el poder político antes y después de la Independencia nacional. Por fortuna, las reformas impulsadas por Lerdo y el ilustre Benemérito de las Américas cambiaron en mucho la situación prevaleciente.

Tavo
Tavo
(Foto: Cambio de Michoacán)

Antes de la etapa juarista, los cobros tanto del alto como el bajo clero iban más allá de ese famoso diezmo, de tal manera que de no pagarlos, por ejemplo, los muertos no podían ser enterrados en ningún panteón ya que se encontraban bajo el dominio eclesiástico.

Desafortunadamente, antes y después de la etapa juarista los gobiernos fueron prácticamente irresponsables de tal manera que el país vivía en un caos económico con una Iglesia inmensamente rica apoyada por gobiernos como el de Porfirio Díaz, quien finalmente tuvo que salir exiliado de México para nunca volver.

Pocas veces en México hemos tenido un clero que sea solidario realmente con las clases más necesitadas y por el contrario, hemos observado arzobispos como el de la Ciudad de México o el de Ecatepec, que no tienen identificación alguna con los más desheredados y sí toda identidad con la clase económica y política pudiente y deshonesta. Más les interesado a estos interesado la vida social y de riqueza que seguir los pasos que Jorge Mario Bergoglio les ha marcado.

Contrario al alto clero señalado y afortunadamente un pequeño sector de la Iglesia católica en México ha tenido una participación activa muy importante sirviendo de enlace entre el poder político y los ciudadanos, sobresaliendo los sacerdotes Méndez Arceo (de Cuernavaca), Samuel Ruiz (en Chiapas), Solalinde y otros que han buscado y provocado participar en un proceso de secularización entre campesinos, estudiantes, indígenas, siempre en apoyo y solución a la problemática que se vivía y que se tiene todavía en bastas regiones de nuestro país.

La vida en los pueblos indígenas sigue siendo muy difícil y poco ha variado de aquella etapa de explotación y de robo que de sus tierras y de sus riquezas se ha hecho y un ejemplo no solamente lo tenemos en Chiapas, sino en Chihuahua, Nayarit, Hidalgo y otros estados.

Seguramente que el Papa Francisco dista mucho (no solamente en siglos) de parecerse a León XII o al Papa Pío IX, mismo que excomulgara, “por la vía rápida y desde Roma”, “a todos aquellos que acataron la Constitución Política de 1857 y a los gobiernos liberales que representaron a la sociedad civil en esos años”.

Fue una etapa nacionalista, de recuperación de los bienes que le fueron desamortizados a la Iglesia, además de los servicios religiosos que quedaron limitados a realizarse dentro de las iglesias. Muy importante fue, desde luego, el predominio de la impartición de la educación en escuelas, universidades, el control de los cementerios, la realización de los matrimonios y el registro civil, etcétera, a cargo del Estado mexicano.

¡El Papa Francisco vino, vio y venció!

Sobre el autor
Samuel Maldonado Bautista Editorialista en La Voz de Michoacán, Buen Día y Cambio de Michoacán. Diputado Federal (1997-2000); Coordinador de Política Interior de la fracción del PRD en la Cámara de Diputados; Vocal Ejecutivo de la Comisión Ejecutiva para el Desarrollo de la Costa Michocana en el gobierno del Estado (2000); Director General del Conalep, Mich. Gob. de Lazaro Cárdenas Batel.
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