Gerardo A. Herrera Pérez
Debatamos Michoacán
Bullying, disciplinar los cuerpos
Miércoles 24 de Febrero de 2016
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Las ideas vienen de hablar, de reflexionar, de compartir, de analizar y discutir, de encontrar los espacios para el debate de éstas. Al hablar de violencia escolar, de acoso escolar, de golpes, vejaciones, de sometimiento por el poder entre pares, ésta reviste la forma de una idea que puede ser atendida por varias disciplinas, se vuelve una idea que puede ser abordada de manera no sólo interdisciplinaria, sino transdisciplinaria, toda vez que vivimos en una sociedad compleja. Así podremos ver este hecho social a la luz de la psicología, sociología, antropología, del poder, de la política y construir el objeto de estudio, siendo su fundamento de que se habla, de la “violencia escolar”. Así el objeto de estudio es claro y concreto.

Me pregunto, ¿existe la violencia escolar? Preguntemos a las y los docentes de la educación básica para cerciorarnos de la existencia de este hecho social, pero habría que preguntar también a los padres de familia si saben que sus hijos la han vivido y preguntarse en todo caso producto de qué es. Incluso más allá: habría que preguntar a los mismo alumnos si es que sienten que viven violencia escolar dentro del espacio público llamado escuela pública. Lo sorprendente es que los alumnos expresan, confirman y delimitan la violencia escolar.

Las y los niños en las escuelas definen qué es violencia, atribuyéndose un hecho detestable que es causado por el entorno y no sólo en la escuela y por niños o niñas. La violencia escolar es atribuible a niños y niñas, ¿será eso así de cierto?

¿Existe la violencia escolar? Preguntemos a las y los docentes de la educación básica
¿Existe la violencia escolar? Preguntemos a las y los docentes de la educación básica
(Foto: Especial)


Durante muchos años he tenido la oportunidad de trabajar el tema de violencia escolar y de violencia de género y diversidad sexual en escuelas de preescolar de manera indistinta en diversos lugares del estado. En preescolar (Huaniqueo de Morales, Lázaro Cárdenas), primarias (Ario de Rosales, Pátzcuaro, Lázaro Cárdenas), secundarias (más de diez cabeceras municipales, entre ellas Morelia), preparatorias (en al menos 30 municipios) y universidades (UMSNH, Zamora, Uruapan, Lázaro Cárdenas, entre otras).

Pero los niños y las niñas de la educación básica habrán aprendido que existe una violencia escolar o un acoso escolar entre pares, y les quedará claro que ésta no es una violencia familiar, institucional, étnica, de género, simbólica (Bolívar Echeverría), o de otra índole. Igualmente les quedará claro y lo habrán asimilado que ellos son los responsable del acoso escolar porque ocurre dentro de la escuela o por ellos mismos fuera de la escuela o en el ciberespacio, o bien mayoritariamente por niños y no necesariamente o paritariamente por niñas. Esta visión funcionalista no nos arroja datos que nos permitan interpretar el verdadero promotor de la violencia, con ello, los adultos, esto es el padre y la madre, no son responsables, situación entonces que recae en los niños y niñas como violentos y que los reconocen cuando personas institucional asisten a los espacios escolares y preguntan si se genera violencia o acoso escolar, las y los niños dicen al unísono “sí”.

Así, el acoso escolar es fundamentalmente concebido como entre pares estudiantiles, sin considerar el entorno, una sociedad compleja que transversaliza un eje que se llama violencia.

Pero si este es el paradigma social que se vive en espacios públicos para la enseñanza, oportuno hablar de la escuela pública.

La escuela pública y la violencia escolar no puede ser analizada a la luz de un proceso exclusivo de las y los niños de la escuela y excluyente de la violencia generalizada que se vive socialmente; esa violencia que se encierra en cuatro paredes que nos hace pensar que inicia y concluye en las mismas fronteras perimetrales de la escuela pública.

Si como escuela pública sólo hablamos de la violencia escolar y así la denominamos, es por no hablar de la violencia institucional, étnica, de género, de diversidad sexual, de credo, política, de clase, simbólica, y es que resulta complicado y difícil traducir a un lenguaje que permita la comprensión de la diversidad social como un valor, reconociéndonos como diferentes pero aceptando que somos iguales y que ahí se aloja una gran riqueza social (tolerancia, ONU), minimizar no ayuda en mucho a la comprensión de la dimensión de la violencia.

En el fondo pienso que la falta de una formación y capacitación a todos los que nos encontramos inmersos en el acto educativo, pero sobre todo para aquellos que deben promover una cultura de los derechos humanos, no debemos limitarnos a reflexionar sobre el acoso escolar pensando en sus sujetos activos de violencia (niños y niñas), el espacio público escolar (bardas perimetrales de la escuela pública), sino más bien en abundar en todo aquello que permita comprender cómo la violencia entra a la escuela y no necesariamente se desarrolla dentro de la escuela, porque ya vimos que hoy, fuera de la escuela y en el ciberespacio, tenemos también violencia.

Por ello es importante replantearnos que la escuela pública es un espacio ocupado y atravesado por la misma violencia; la violencia sucede dentro de la escuela pública, sí, pero la violencia está globalizada, y no es sólo la cuestión física de la violencia en sí misma, son todos estos actos de discriminación, de exclusión que se realizan contra quienes no cumplen con los estereotipos por que han sido estigmatizados y prejuiciados.

En materia de violencia no podemos hablar de un adentro escolar diferente al afuera social; el adentro escolar nos parece que es tan igual como el afuera social, y en ese sentido la violencia es social como el afuera.

La escuela pública debería reflexionar sobre cómo estamos formando a los sujetos en y para las estructuras sociales; formar un sujeto no es sólo para hacerlo funcional a una forma de interpretación del estado de cosas (Althusser) y adquirir una ideología, como tampoco me parece –y ahí habría que revisar ampliamente los contenidos y mallas curriculares– someterlo a una disciplina para normalizar la violencia (Michel Foucault). La escuela debe, en todo caso, generar acciones estratégicas para hacer del espacio escolar un aprendizaje coadyuvante con los padres de familia de valores de igualdad, de libertad y de respeto a la dignidad humana, de sentar las virtudes sociales, entre ellas la templanza del cuerpo y no caer en disciplinar, sino en crear una conciencia crítica y de creación y desarrollo de la conciencia social.

Hace un par de años tuve la oportunidad de trabajar en secundarias de un municipio de Tierra Caliente y preguntaba al director si había violencia en la comuna estudiantil, pronto me respondió que no; minutos antes había entrado al baño de los alumnos y me encontré con distintos mensajes en la paredes de los sanitarios donde explícitamente se ejercía la violencia contra diversos sujetos del espacio escolar, dibujos y expresiones lascivas, hirientes a la dignidad humana de las personas, dibujos que generan y reproducen prácticas no sólo dentro del espacio de la escuela, sino que están presentes fuera de la escuela.

En otro orden de ideas, expreso mi reconocimiento al activista Hermilo Márquez Pintado. Tuve la oportunidad de conocerlo hace más de una década. Hermilo ha sido un importante activista del estado de Nayarit, desde ahí trabajó de manera permanente en dos temas: disidencia sexual y los derechos humanos, lo que le permitió ver que el matrimonio igualitario fuera una realidad en su estado natal, así como en cuestiones de VIH/Sida.

Hermilo falleció pero su sonrisa, su canto, su generosidad, su apoyo y cercanía con niños Down permanecerá como un legado a las clases sociales y sobre todo al fortalecimiento de este nuevo movimiento social que tiene ya cinco décadas de estarse construyendo por la paz, por la diversidad sexual, por el impacto al medio ambiente, por los derechos humanos, Descansa en Paz Hermilo, cumpliste en esta tierra, siempre mi respeto.

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