Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
En estos tiempos: ¿desarrollo o decadencia democrática?
Viernes 1 de Julio de 2016
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En la perspectiva de la sociología política, los acontecimientos cotidianos obligan al replanteamiento de hipótesis contradictorias sobre la democracia mexicana, suponiendo, por una parte, que se es testigo de un proceso de desarrollo democrático, definido conforme a distintos indicadores, y por otra, que se es testigo de la decadencia de la democracia, en los términos de su reducción a las contiendas electorales, contaminadas por el gran “alcahuete” del mercado, como es el dinero.

Lo cierto es, ateniéndose estrictamente a los hechos, que la política y la democracia mexicanas se presentan en los días que transcurren con distintas características, de las cuales podrían destacarse tres fundamentales, independientemente de la valoración que cada quien haga de ellas:

En primer lugar, la política dejo de ser y hacerse como una actividad permanente de los grandes grupos sociales, organizados de distinta manera, en función de conseguir y usar el poder de toda la sociedad bajo la forma de Estado. Ahora la política es ocupación de élites que deciden el quién, el cuándo, el dónde y el para qué de la política y sus protagonistas. Los contrapesos para las ambiciones individuales carecen de fuerza suficiente para evitar el surgimiento de falsos liderazgos, sustentados en la incongruencia, la mentira, el engaño, la manipulación y la demagogia.

La política de élites es contraria al establecimiento de organizaciones libres, al fomento del debate, al florecimiento de una conciencia crítica, facilitadora de la corrección y la elevación de la calidad de la sociedad. A modo de ilustración, podría señalarse que cuando se observa al PRI, sus sectores y organizaciones, destaca la dispersión campesina, la debilidad del movimiento obrero y los vacíos de la clase media, o bien cuando se mira al PRD, con “tribus” cuyos liderazgos se disputan el control de las negociaciones y sus ventajas para acentuar la debilidad en su estructura y conciencia de izquierda. En cuanto al PAN, ha dicho siempre que es un “partido de cuadros” y no un “partido de masas”. Una cosa son los “cuadros” y otra los masificados ciudadanos, mostrando al menos sinceridad en su concepción de que unos, los pocos, nacieron para mandar y otros, los muchos, nacieron para obedecer.

En segundo lugar, la política quedó vacía de ideas, de valores y principios derivados del conocimiento de la realidad social, de las regularidades con las que se mueve y que impiden referirse a la sociedad como un “gran caos”, como “el reino impredecible donde todo puede ocurrir”. Hoy importa “lo pragmático”, lo concreto, lo específico, lo que no exige la comprensión de las causas y de los probables efectos. Queda fuera de lo “pragmático” el cuestionarse sobre las formas de la democracia y de si los instrumentos para elegir son los únicos posibles.

Los ejemplos abundan, como en el caso del gobernador Aureoles, quien se expresa de la ideología como “rollo ideológico”, sin concederle ninguna importancia como un sistema de ideas que busca explicar e influir sobre los cambios de la realidad. Se olvida que la izquierda, a la que pertenece, ha estado siempre al lado de los trabajadores, pero ahora defender sus derechos y su visión de la sociedad es “puro rollo ideológico”. En el mismo sentido, Vicente Fox ha dicho que la ideología “quedó enterrada en el siglo pasado”, seguramente pensando en la victoria de la “derecha” sobre la Revolución Mexicana. Para Fox importarían los intereses “concretos”, “pragmáticos” de las empresas y los empresarios y, si son transnacionales, mucho mejor.

Sin ideas definitorias, sin pensamiento propio, la política se deforma, pierde sentido la democracia porque todo se iguala y da lo mismo la “izquierda” que la “derecha” o el “centro”. Pereciera que lo único significativo consiste en que los ciudadanos crean que son el factor esencial de la democracia y que ellos eligen realmente a sus representantes para que dirijan la construcción de su porvenir. Alianzas entre partidos contradictorios, no para impulsar proyectos históricos, sino para oponerse a otros partidos en una competencia por los cargos y el dinero. Tratándose de candidatos, ahora son postulados por un partido y mañana por otro. Lo fundamental consiste en figurar. En estas circunstancias, nada tiene de extraño que en días pasados, el aún dirigente de PRD, Agustín Basave, señalara que Silvano Aureoles sería el candidato del PRI a la Presidencia en el 2018, como resultado de su cercanía con el ex dirigente Beltrones y el presidente Peña Nieto, que “está más allá de una cuestión institucional”.

En tercer lugar, la política se despojó de toda ética, tornándose en una actividad sin principios relacionados con los grandes objetivos de lucha, con la organización, con la lealtad a los compañeros y amigos que comparten convicciones y sentido de la vida. Por el contrario, prevalece la afirmación de que “en política lo único cierto son los enemigos”, en un esquema donde el interés de un individuo, deja de coincidir y se contrapone al interés y las ambiciones de los demás individuos, convirtiendo a la política en un campo de luchas individuales alimentada por las envidias, los odios y las traiciones.

Aparte están el desprecio por la verdad, la cual inclusive se niega, haciendo prevalecer en todo caso, que la única verdad son las afirmaciones y las creencias de los políticos. Mentir, engañar, simular, el hacer creer, se convierten en recursos “naturales” del discurso y la dinámica política. Igualmente, las motivaciones que se supone mueven a todos, como la ambición por el dinero y las posiciones de autoridad y mando, son utilizadas como “armas” cotidianas del “buen político”.

Todo esto hace de la política una actividad despojada de futuros humanos. Cuando mucho los partidos políticos hablan de fortalezas organizativas sin vínculo alguno con sus grandes finalidades. Sus límites son las elecciones y nada más. Las agendas de la República que necesita reconstruirse, carecen de importancia y se las desecha. En definitiva, hoy por hoy, no hay rumbos. Síntoma de decadencia es carecer de por propósitos.

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