Ramón Guzmán Ramos
Las trampas del diálogo
Sábado 2 de Julio de 2016
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Había señales en el ambiente como para pensar que el diálogo, aunque tardío, con un saldo trágico y una estela de dolor y crispación en el camino, podía convertirse por fin en el medio más adecuado para darle al conflicto que el gobierno federal mantiene con el magisterio una salida negociada. De pronto, sin embargo, esas señales se invirtieron y la postura oficial se volvió a cerrar. Miguel Ángel Osorio Chong concluyó la segunda reunión con la Comisión Negociadora de la CNTE sin llegar a acuerdos sustanciales. Fue la orden que recibió del presidente Enrique Peña Nieto: la Reforma Educativa no está a discusión y sólo se toca en la mesa para decidir de qué manera se aplica. Ahora dice, le advierte a la CNTE, que el tiempo se ha agotado y que el gobierno procederá a desactivar, se entiende que por la fuerza, los bloqueos que los maestros sostienen en Oaxaca y Chiapas. Es la vuelta al punto de partida.

Lo que tenemos en este momento es que la mesa de diálogo ha quedado suspendida y el conflicto escala a otros niveles de confrontación y, en consecuencia, de exacerbación social.

El gobierno ha sabido desde el principio que el objetivo central del movimiento de maestros, que se convierte ya en un movimiento acompañado por amplios sectores de la sociedad, ha sido la abrogación de la reforma llamada Educativa. No podía simplemente abrir una mesa de diálogo e ignorar esta demanda pero lo ha hecho. Es otra muestra de que el gobierno no ha dejado de concebir el diálogo como una condición para el sometimiento del otro, el que debiera ser un interlocutor reconocido y con el que tendría que construir una solución compartida. En el centro de la cuestión está la reforma que el gobierno le ha impuesto al sector educativo y la resistencia organizada, cada vez más extendida a otras latitudes del país, que los docentes mantienen. Lo que uno se pregunta es por qué el gobierno rechaza tan obcecadamente que se pueda revisar la reforma y se le hagan las modificaciones que se consideren pertinentes, sobre todo en las partes que afectan directamente los derechos laborales de los docentes y el carácter público y gratuito de la educación. La perspectiva que ofrecen los mentores no sólo destrabaría el conflicto y haría que la situación volviera a la normalidad, sino que sería una oportunidad inmejorable para abrir un proceso de construcción conjunta del modelo educativo que se está necesitando.

Lo que pasa es que el conflicto se encuentra ya en esa dimensión política donde entra en juego la cuestión del poder. No han sido, por cierto, los maestros los que han llevado su movimiento a esta situación. El gobierno se ha visto obligado a probar una y otra vez que su presencia en el escenario nacional se mantiene fuerte y vigente. Lo que sucede en el terreno de la realidad, sin embargo, allí donde el ciudadano común tiene que enfrentarse al reto diario de la sobrevivencia, dice otra cosa. El conflicto magisterial es apenas una expresión del descontento y hartazgo que prevalece desde hace tiempo en el ánimo de amplias franjas de la sociedad, eso que de manera eufemística Peña Nieto llamó “humor social”. Y es que la sociedad ha sido desde hace tiempo la víctima recurrente de los excesos y omisiones sistemáticos del Estado. Esto ha dejado al Estado mexicano en una situación de absoluta soledad, en una isla fortificada, con la pérdida casi total de la legitimidad que se necesita para crear y mantener condiciones sólidas de gobernabilidad; me refiero, por supuesto, a ese tipo de gobernabilidad que en la democracia se sustenta en el respaldo mayoritario y la aprobación de las mayorías.

Hay algo más sintomático que el gobierno se empeña en ocultar: su posición de debilidad extrema en la posesión y el ejercicio del poder. Es obvio que ha perdido los controles políticos y de otra índole sobre lo que pasa en el país. La derrota electoral del pasado 5 de junio se le muestra como una anticipación de lo que podría ocurrirle en la presidencial de 2018. Es algo que no sólo le preocupa, sino que le aterra sobremanera. Más allá de la influencia que la Iglesia católica haya podido tener sobre su feligresía para orientar el voto a favor de otra opción, lo cierto es que la sociedad ha roto desde hace rato los límites de su tolerancia. No se puede vivir siendo víctima recurrente de los excesos que comete el gobierno contra sus gobernados, ni de sus omisiones. La sobrevivencia en este país es un verdadero milagro de todos los días. Nadie sabe si se va a despertar con bien al día siguiente, tampoco si tendrá lo que hace falta para atravesar el día y salir indemne. El descontento y el hartazgo no hacen sino acumularse en el alma y en la conciencia de la gente.

El gobierno no ha sido capaz de abrirle al menos una salida a este atolladero. De manera que hoy más que nunca, más que ninguno otro, el gobierno actual se encuentra en una situación de riesgo. Y lo sabe.

Es por ello que necesita mostrar lo que desearía que fuera: la fortaleza de un gobierno que es capaz de meter al orden a quien amenace con alterar los equilibrios que de cualquier manera se rompen solos. La orden que desde Ottawa dio el presidente Peña Nieto para que Osorio Chong tronara la segunda mesa tiene esta explicación, sobre todo porque un día antes, el domingo 26 de junio, Andrés Manuel López Obrador logró una concentración enorme en la Ciudad de México en apoyo a los maestros. En ese evento, además, convocó al presidente a formar algo que llamó gobierno de transición para la entrega ordenada del poder. Hay que mencionar aquí que la CNTE ha recibido el respaldo de una gran variedad de organizaciones sociales y personalidades distinguidas. Pero siempre ha dejado claro que, en el caso de organizaciones políticas, como lo es Morena, la CNTE mantiene en todo momento su autonomía. Sin rechazar el apoyo de la organización de AMLO, la CNTE hizo un deslinde en el ámbito político. El caso es que el gobierno federal entendió esto como un desafío de naturaleza política, donde la disputa por el poder entra en juego. No sería raro que el gobierno de Peña Nieto haya decidido reventar el diálogo con la CNTE, antes incluso de iniciarlo formalmente, porque vio en ello un peligro para la sucesión.

Pero es el gobierno el que coloca el conflicto en la dimensión política, en esta sórdida disputa por el poder que ha comenzado ya. El objetivo primordial de la CNTE tiene que ver estrictamente con la reforma llamada Educativa. No hay más, aunque el gobierno se empeñe en manchar la imagen y la causa de los mentores. El gobierno ha decidido suspender el diálogo indefinidamente. Ahora amenaza con volver a usar el argumento de la fuerza pública.

Después de la tragedia de Nochixtlán podría resultarle incontrolablemente catastrófico. Lo mejor sería volver a la mesa de diálogo, pero ahora con auténtica voluntad resolutiva.

 El objetivo primordial de la CNTE tiene que ver estrictamente con la reforma llamada Educativa
El objetivo primordial de la CNTE tiene que ver estrictamente con la reforma llamada Educativa
(Foto: Especial)

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