Alejandro Vázquez Cárdenas
Agnosticismo y ateísmo
Miércoles 13 de Julio de 2016
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 Los “buenos cristianos”, de un momento a otro simplemente “pierden su fe”. Este cambio puede darse cuando alguien se cuestiona sus creencias y comienza a pensar lógicamente sobre el tema.
Los “buenos cristianos”, de un momento a otro simplemente “pierden su fe”. Este cambio puede darse cuando alguien se cuestiona sus creencias y comienza a pensar lógicamente sobre el tema.
(Foto: Cuartoscuro)

En la actualidad es frecuente encontrarnos con personas que después de haber llevado toda una vida como “buenos cristianos”, de un momento a otro simplemente “pierden su fe”. Este cambio puede darse cuando alguien se cuestiona sus creencias y comienza a pensar lógicamente sobre el tema. Pero también es frecuente que ocurra después de padecer alguna desgracia y no haber recibido respuesta alguna a sus plegarias y “mandas”. Reniegan entonces de haber creído que existía un Dios que otorga favores de acuerdo con el número y fervor de los rezos.

Es fácil comprender los factores que han llevado a la humanidad a inventar y mantener la creencia en un Dios y a transmitirla de generación en generación, y también para muchos no deja de ser sorprendente que esos factores sigan siendo, a estas alturas, tan fuertes como para nublar la capacidad de muchos individuos y en algunos casos llevarlos al fanatismo, como vemos con el fundamentalismo islámico. Si analizamos detenida y fríamente el asunto veremos que hay muchas contradicciones al tratar de hacer que el concepto de Dios encaje con la realidad.

Por ejemplo, si admitimos que Dios es omnibenevolente, omnipotente, omnipresente, omnisciente y creador de todo el universo, entonces ciertamente no debería haber ningún mal. Dado que el mal es evidente y nadie pone en tela de juicio su existencia, al ser Dios el creador de todo, ello implica que Dios debe ser el causante del mal, ya que, precisamente, no hay ningún otro poder creador sino Él.

A este problema se le conoce como el “problema del mal”. Se le atribuye al filósofo griego Epicuro de Samos el haber desarrollado un razonamiento (Paradoja de Epicuro) para probar que es imposible, o al menos improbable, la coexistencia del mal y de Dios.

Ante esto queda, ¿creer o no creer?, ¿nos declaramos escépticos, agnósticos o ateos? Primero repasemos qué quiere decir cada uno de esos términos.

En un apretado resumen podemos considerar que el escéptico es aquél que quiere creer pero se ve incapacitado para ello porque su observación le marca ciertas incongruencias e incoherencias que le resultan irreconciliables con la hipótesis de un Dios bondadoso, misericordioso y, al mismo tiempo, Señor del Universo.

El escéptico es como un creyente caído. Se entusiasma con los evangelios pero en su fuero interno sabe que le falta algo para adquirir el compromiso total que le plantea.

El agnóstico es aquel que revisa y reflexiona los límites del conocimiento y razonamiento del humano y comprende que la certeza absoluta en relación a la existencia o no existencia de Dios no es accesible. Un ejemplo de esto es Bertrand Russell. El agnóstico, por su compromiso con la realidad, sólo acepta las certezas; por lo tanto, decide colocarse en la indiferencia ante una u otra opción inverificable. No niega la posibilidad de que Dios exista, pero tampoco niega la posibilidad de que no exista.

El agnóstico se limita a constatar la encrucijada sin emprender uno de los caminos. En definitiva, se abstiene, se muestra indiferente ante esta disyuntiva, porque considera que en nada afecta a su trabajo en la vida, que es algo indiferente para la existencia. Y dado que el cristianismo exige un compromiso integral bajo la óptica cristiana, no hay diferencia entre un agnóstico y un ateo, pues ambos se comportan como si Dios no existiera.

El ateo, por el contrario, sí toma uno de los caminos. El ateo afirma categóricamente la no existencia de Dios. Dicho de otra forma, cree en su no existencia. Por eso se ha dicho muchas veces que el ateísmo es también una religión, negativa, sí, pero religión al fin, ya que la afirmación sobre la que se sustenta también es inverificable. Por eso existe un fundamentalismo ateo; un ejemplo de esto sería Marx. Sus esfuerzos intelectuales se concentran en una actitud agresiva ante el cristianismo o la religión en general. Su vehemencia puede ser tan intensa o más que la del fideísmo cristiano. Su voluntad aborrece la creencia porque la considera algo subjetivo, sentimental, sin advertir que su postura es igualmente subjetiva porque se basa en otra creencia.

Interesantes cuestiones para ponerse a pensar si no se tiene otra cosa que hacer.

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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