Ramón Guzmán Ramos
Educación para la vida
Sábado 16 de Julio de 2016
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Uno debiera partir de una cuestión elemental: ¿educación para qué? Las lecciones que nos ha dejado la experiencia pedagógica a lo largo de la historia es que no se trata ya de concebir la educación de los niños y los jóvenes como un proceso de acumulación de conocimientos en la memoria, tampoco de desarrollar habilidades para que los discentes sean capaces de resolver problemas concretos, focalizados en situaciones particulares de su entorno. Desde luego que lo anterior forma parte de todo proceso educativo, pero no puede ser el objetivo estratégico que se debe cumplir. La educación tendría que ser vista como un proceso permanente de interacción dinámica entre el sujeto cognoscente y el objeto de conocimiento, una relación en la que se aprehende la realidad existente y se construyen realidades nuevas. Pero aún aquí prevalece la pregunta inicial: ¿para qué?

Es cuando la educación entra necesariamente al terreno de la filosofía, esto es, de la pedagogía como concepción general del tipo de sujeto que se debe formar, la visión de hombre y de mundo que se vislumbra en el futuro y que es necesario empezar a construir ahora.

En cada época de la historia y en cada sociedad en particular la educación ha tenido una función específica: preparar al hombre para que sea capaz de adaptarse, tanto en lo individual como en lo colectivo, al régimen imperante. El tipo de educación que se implementa se ve determinado, por lo tanto, con base en los conocimientos y los valores que prevalecen en la época, ahora diríamos que en base también a los grandes intereses que dominan. En circunstancias así, uno de sus propósitos principales es justificar el estado de cosas existente, lograr que todos lo acepten como si fuera el destino que nos ha tocado cumplir.

A partir del conflicto magisterial la cuestión educativa ha vuelto a ponerse en la mesa de debate. Los maestros han rechazado la evaluación que viene con la reforma porque se propone, por un lado, convertirlos en los únicos culpables del fracaso educativo y, por el otro, hacerlos pagar caro por esta presunción. Ellos han manifestado que tienen su propia propuesta para dar inicio al diseño del nuevo modelo educativo que necesita el país. El modelo que el Estado mexicano se ha empeñado en imponernos, por su parte, no responde a las necesidades de formación y desarrollo que presenta nuestra realidad, sino a los dictados de las grandes corporaciones que dominan el mundo, como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Estas corporaciones, que están controladas por las grandes potencias económicas y guerreristas del planeta, han impuesto desde hace décadas sus lineamientos en materia de políticas públicas. La privatización generalizada es una de ellas, incluyendo, por supuesto, los recursos naturales y los servicios que el Estado está obligado a proporcionarle a la población, como la educación y la salud.

Un minuto de silencio
Un minuto de silencio
(Foto: Disse)

La educación no tendría por qué estar al servicio de una élite global y el Estado no tendría por qué responder a intereses que no son los de la sociedad mexicana. Es verdad que la ciencia, como el arte, tiene una dimensión universal, pero en el caso de la educación ha de servir para ubicar al hombre desde sus realidades locales. Somos parte de una realidad que nos trasciende, es verdad, pero no dejamos de ser nosotros mismos. Somos uno con la totalidad, pero la totalidad cabe en cada uno de nosotros. El conocimiento del Universo pasa necesariamente por el conocimiento y comprensión de nuestro universo interior. De manera que lo que se enseña y se construye en el aula no puede estar separado de esta condición. Conocer el mundo para pensarlo de otra manera. Conocerlo para concebir la posibilidad de transformarlo. Pero toda transformación ha de concebirse y realizarse en un sentido que sea posible armonizar con el sentido que tiene el hombre en la vida y en el Universo. ¿Qué sentido es éste? Es el primer descubrimiento que se requiere hacer.

Todo modelo educativo ha de partir, entonces, de un diagnóstico a fondo, integral, sin concesiones ni ocultamientos; un diagnóstico despiadado de la realidad que todos habitamos, que nos ha invadido y nos ha hecho formar parte indisoluble de ella. Vivimos una época en que la violencia en todas sus formas y escalas amenaza con destruir las bases mismas en que se sostiene la civilización. Los fanatismos religiosos e ideológicos mantienen en vilo la precaria paz mundial. Los nacionalismos extremos vuelven a imponerse y generan rechazo, exclusión, un sentimiento agudo de xenofobia que también se traduce en violencia. De la misma manera, el racismo y toda clase de discriminaciones brotan nuevamente en nuestras sociedades para tensar las relaciones entre los grupos humanos, entre las personas.

La democracia es una condición ausente o extremadamente limitada en nuestros países, en nuestras agrupaciones sociales. Las decisiones que afectan a las mayorías son tomadas por minorías privilegiadas, tanto desde el ámbito económico como político. México se encuentra atrapado en una situación de guerra no declarada, lo que ha generado decenas de miles de muertes y desapariciones. El temor, la zozobra, la incertidumbre, la frustración, la impotencia, son parte de la atmósfera que todos respiramos a diario.

En este país vivimos, padecemos, una crisis severa, sistemática, de los derechos humanos. La vida ha perdido su valor sustancial y queda sujeta a la voluntad y el zarpazo de quienes tienen poder para pisotearla, eliminarla. Lo anterior sólo se concibe en un régimen donde reina la impunidad. Cualquiera puede hacer cualquier cosa siempre y cuando tenga cierto poder para inhibir o de plano manipular a su antojo los mecanismos de justicia. La globalización neoliberal, que dirigen y controlan las grandes potencias, ha debilitado a los Estados nacionales al grado de que nadie habla ya desde los medios oficiales de soberanía y defensa de nuestro patrimonio nacional. El Estado ha incrementado de manera permanente la distancia con la sociedad y en ocasiones se vuelve su enemigo. Quienes desde la sociedad civil se atreven a luchar por la defensa de los derechos humanos, de la vida misma, son criminalizados. En este país el sistema de valores ha dado un vuelco completo. Son admirados quienes burlan a la justicia y despreciados quienes hacen algo por defenderla.

Ante una situación así la educación ha de proponerse preparar a nuestras nuevas generaciones en la recuperación de la dignidad humana, en el respeto a la vida, a nuestras identidades culturales, nuestras raíces históricas. Una educación para la paz, para la convivencia civilizada, es lo que necesitamos. Sobre todo una educación que nos permita formar a nuestros niños y jóvenes en un espíritu libre, con una conciencia crítica, que sean capaces de comprender al mundo y desarrollar la capacidad para transformarlo. Una educación para la vida, entendiendo que la vida ha de estar libre de toda sujeción, de todo sometimiento, de cualquier peligro que la amenace. La vida para ser vivida en paz, en condiciones propicias para la realización del individuo y de la sociedad. Una educación para entender el sufrimiento y superarlo, para el reconocimiento del ser humano como parte sustancial de una realidad mayor, histórica, universal. No sólo para el trabajo, que es importante, desde luego, sino para la vida, donde todo lo demás queda incluido.

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