Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
Absurdos sin corrección del campo michoacano
Viernes 26 de Febrero de 2016
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El campo michoacano presenta distintos y relevantes absurdos que son el resultado de las estrategias y políticas públicas puestas en marcha en el país y en Michoacán en los últimos 35 años. Esas estrategias y políticas han significado la ampliación de la desigualdad económica, social y cultural de las mayorías del campo y sus correlativas urbanas, implicando un enorme desperdicio de las potencialidades y disfrute de los resultados del trabajo sobre la tierra.


Los absurdos son numerosos pero bastará con anotar algunos de ellos para mostrar su naturaleza y el imperativo para corregirlos, sin más motivaciones e ideas que la lógica del desarrollo y los beneficios que para todos puede generar.

1. El absurdo del minifundio



Cuando se habla del pequeño productor, que son la mayoría, normalmente se hace referencia al productor minifundista, que es el que no se ocupa 265 días al año y tampoco obtiene lo necesario para la subsistencia de su familia, con severas limitaciones para su modernización tecnológica, que afecta sus niveles de productividad, convirtiéndolo forzosamente en un productor que apenas sobrevive.

Superar las limitaciones del minifundio siempre ha significado la necesidad de organización o, como se dice ahora en el lenguaje oficial, de la asociatividad de los esfuerzos realizados. Sin organización o asociatividad, el minifundio nunca ha podido generar desarrollo y bienestar para los productores minifundistas.

No obstante, cuando menos en los últimos 30 años, ni en México ni en Michoacán se han realizado programas importantes para organizar al pequeño productor, confiando en que su quiebra estimule la formación de unidades mayores, mediante las operaciones de compra-venta. El minifundista que vende y se hace jornalero y el comprador que acumula y se convierte en gran productor para el mercado, utilizando las innovaciones tecnológicas y el trabajo asalariado, ha sido la consecuencia esperada para que el mercado corrija las disfunciones del minifundio.
En otro aspecto, como el pequeño productor minifundista es abrumadoramente ejidatario y comunero, las tareas de organización inevitablemente se convierten en tareas de organización del ejido y la comunidad agraria de origen indígena. La organización del campo michoacano es el indicador que muestra lo que realmente el gobierno se propone y es capaz de hacer.

Las 677 organizaciones de productores existentes en Michoacán, según el Registro Agrario Nacional, demandan acciones de fortalecimiento para provocar efectos multiplicadores, pero sobre todo, hay que subrayarlo, en vez de esperar por inercia que el minifundio sea devorado, es urgente su organización, dotándolo de capacidades que permitan generar sus propios impulsos de desarrollo, terminando en definitiva con sus inherentes limitaciones.

2. El absurdo de ignorar los comisariados ejidales y comunales



Lo esencial en el ejido y la comunidad consiste en que se trata de grupos humanos, campesinos, que en un caso se formaron para solicitar la dotación de ejidos y, en el otro, todo el pueblo es el que participa en el usufructo de las tierras pertenecientes a la comunidad.

Estos grupos humanos, creados en función de la tierra, disponen de organización interna y de órganos de dirección y control. El más importante de ellos son los comisariados ejidales y comunales que, formados por un presidente, secretario y tesorero, usualmente identifican los liderazgos formales con los liderazgos reales, de modo que en la situación michoacana, a los mil 910 ejidos y comunidades existentes, corresponde igual número de liderazgos vigentes y activos.

Los comisariados han sido un factor fundamental en la cohesión y el desarrollo de sus núcleos y representan una estructura de autoridad fundamental en la relación de los ejidos y comunidades con el gobierno y la sociedad, en los procesos productivos y en la política.

Sin embargo, por parte del gobierno se ha mermado sistemáticamente la autoridad de los comisariados y se continúa reduciendo su capacidad de liderazgo, en un desperdicio enorme de su potencial de influencia, comunicación, coordinación y dirección de los grupos humanos de ejidatarios y comuneros para los fines de prosperidad y bienestar.

El absurdo de marginar a los comisionados debe terminar. Por su propia naturaleza son aliados vigorosos para el cambio y no adversarios a los que se debe eliminar. Un movimiento de comisariados para la innovación, la productividad, la agregación de valor, la mediación en los conflictos y aún como factores de paz social y no violencia es conveniente promover.

Hay muestras de que en varias regiones de Michoacán ha comenzado a gestarse la acción independiente y organizada de los comisariados ejidales y comunales, teniendo como seguidores a sus propios grupos de ejidatarios y comuneros. La originalidad de este intento provoca muchas expectativas por su lógica y su potencial.

3. La absurda condición de la mujer y los jóvenes



La importancia de las mujeres en las actividades del campo es creciente, de hecho los vacíos que generan los hombres por razones migratorias o abandono de las parcelas son cubiertos por las mujeres. El último Censo Ejidal registró 50 mil 112 mujeres ejidatarias, que representan cerca de la cuarta parte del total de ejidatarios y la cifra crece cada año. Las mujeres se hacen cargo de las parcelas y de la conducción de sus ejidos completos, registrándose cuando menos cerca de 100 casos donde las mujeres ocupan el cargo de presidentas de comisariados ejidales. A la vez, la quinta parte de los grupos de trabajo en los ejidos está constituida por mujeres ejidatarias.

Por su parte, la anterior Ley Federal de Reforma Agraria establecía la posibilidad de que en los ejidos y comunidades fueran constituidas las unidades agrícolas industriales de la Mujer Campesina; así, disponiendo de una parcela, tenían la oportunidad para capacitarse y emprender la realización de sus propios proyectos productivos. En Michoacán lograron formarse un total de 363 de estas unidades en 73 municipios sin que se conozca lo que ha ocurrido con ellas. En todo caso, debe de destacarse que no hay ningún programa específicamente destinado a proporcionar apoyo a las mujeres productoras del campo, a pesar de su importancia y trascendencia.

En cuanto a los jóvenes, resulta dramático que en el 61.7 por ciento de los ejidos michoacanos la mayoría de sus jóvenes se han marchado con destino a los Estados Unidos en un 56.6 por ciento de los casos, dejando sin futuro a los núcleos de pertenencia, por la ausencia de las generaciones de relevo. Sin duda alguna está consumándose una tragedia.

En los orígenes del reparto había la preocupación por vincular a las nuevas generaciones con las actividades del campo y, para ello, en cada ejido constituido era reservada una parcela tipo para la enseñanza, llamada “parcela escolar”, manejada con la intervención de las escuelas del lugar. En Michoacán fueron y están establecidas en los mil 910 ejidos y comunidades, un total de dos mil 526 parcelas según el RAN, con una superficie estimada de quince mil hectáreas de buenas tierras. ¿Qué ha pasado con estas parcelas?, ¿quién las tiene y con qué usos? Nadie tiene una respuesta satisfactoria.

Estas parcelas estaban dedicadas a la enseñanza de las prácticas agropecuarias, la experimentación y la demostración, incluyendo a maestros, niños y jóvenes del lugar. A partir de su experiencia, llegó a plantearse la conveniencia de organizar “ejidos escuela para para la juventud”. Ahora nada se hace con excepción de acciones aisladas e intrascendentes.

Hasta aquí sólo son tres de los grandes absurdos del campo michoacano que muestran la necesidad de los grandes cambios, en la estructura del campo, en el fondo de los problemas, abandonando las medidas que sólo aplazan para mañana las decisiones de hoy.

Rescatar al ejido y la comunidad agraria de origen indígena, regionalizar las políticas y los programas públicos, obtener la participación corresponsable de los ayuntamientos, fomentar la organización de los productores en gran escala, fundar el Instituto Michoacano para el Fomento de la Empresa Ejidal y Comunal y desarrollar un programa agresivo para la atracción de inversiones, sobre todo en los núcleos agrarios, son algunos de los temas que siguen pendientes antes de que en el campo de Michoacán sólo queden los viejos, los jornaleros agrícolas y los intereses extranjeros.

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