Rafael Mendoza Castillo
Opinión
La ética disruptiva y la educación
Lunes 25 de Julio de 2016
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El modelo educativo que en estos momentos impone la alianza “prianista”, a través del sargento Aurelio Nuño Mayer, a la sociedad mexicana, se funda en el autoritarismo
El modelo educativo que en estos momentos impone la alianza “prianista”, a través del sargento Aurelio Nuño Mayer, a la sociedad mexicana, se funda en el autoritarismo
(Foto: TAVO)

El modelo educativo que en estos momentos impone la alianza “prianista”, a través del sargento Aurelio Nuño Mayer, a la sociedad mexicana, se funda en el autoritarismo, en la moral reiterativa de lo existente, es decir, responde a las reglas y normas del capital para cumplir los procesos de acumulación infinita, de este último. Como se observa, el otro no existe, es invisible, no piensa, no siente, y desde el poder de dominación y de explotación es visto como súbdito, sólo para obedecer.

Las reformas estructurales del gobierno, en donde se incluye la actual Reforma Educatica punitiva, son muestra clara de la fetichización de las instituciones, esto es, aquellas se separan de la soberanía política, comunidad política o voluntad popular y se orientan en la defensa del interés particular y privado de la oligarquía financiera, mediática y empresarial. Como bien dice Roland Barthes: “ El lenguajes sigue siendo un poder : en el terreno de la palabra no hay lugar para ninguna inocencia, para ninguna seguridad”.

Es importante distinguir tres conceptos, lo moral, lo ético y lo cívico. El primero corresponde a la persona, cuyo atributo es la dignidad y su campo es la familia. El segundo corresponde al individuo, y su rasgo es la responsabilidad y su campo es la sociedad civil. El último tiene como rasgo los valores cívicos, esto es la acción política, y su campo es lo público. Articular los tres componentes constituye un sujeto desafiante de lo que está dado, de lo existente. El neoliberalismo los separa, los aísla, y solamente trabaja la moral reiterativa, la responsabilidad en el individuo sometido al trabajo, al capital y nadie accede a lo público, al campo de la política, a la acción constituyente.

No es correcto hablar de una identidad ética y moral en la práctica educativa, ya que esto último se inscribe en el orden de los decires del deber ser. Si tomamos distancia de esa creencia podemos construir una diversidad de escrituras en la transmisión de los saberes que circulan en las instituciones escolares.

¿Cuál sería entonces, desde el punto de vista de la ética y la moral, la actitud valiosa para seleccionar metodologías, técnicas, racionalidades, saberes, creencias, teorías educativas y, sobre todo, la condición para su argumentación y justificación racional en la práctica educativa?

Para algunos autores la ética sólo puede referirse a comportamientos y disposiciones conscientes e intencionales. Incluiría por lo tanto: 1.- una ética de las creencias que habría de referirse a las maneras como la voluntad debe incidir en la justificación, la adopción y el rechazo de las creencias y verdades que el discurso pedagógico institucionalizado soporta desde un saber logrado e indubitable; 2.- una ética de las actitudes que se preguntaría por los valores a los que debería dar preferencia en la cultura.

De acuerdo a los sustentos anteriores tendríamos que cuestionar el registro de lo imaginario con el que se configura la identidad de ciudadanos, personas, individuos, sujetos, para poder transitar hacia el campo de la palabra, la simbolización, para que advenga el sujeto de la pregunta, del deseo, en lo real educativo. Además estaríamos rescatando una ética de las intenciones, de los fines que deben fijarse para una cultura. Con esta última actitud, al menos tendríamos la posibilidad de decidir sobre los fines deseados y queridos, tal que quedara atrás el sentido de subordinación y de meros espectadores de los procesos culturales y educativos.

No cabe la menor duda, que el campo educativo debe abordarse con conceptos nuevos que no clausuren sus bordes, sino que permanezcan fragmentados, abiertos a nuevos componentes y en donde sólo permanezca la velocidad del pensamiento crítico, ante la lentitud del proceso y sus actores. Como bien dice Luis Villoro: “Los juicios de la ética tratan de justificar una acción o un programa colectivo porque realizan valores deseables. Utilizan expresiones valorativas o perceptivas, recurren a una racionalidad práctica”.

Estos nuevos planos permitirían un mejor juego de las subjetividades y menos frenos, suturas, en los deseos de los actores de la práctica educativa. Aparecería entonces el sujeto con mayor jerarquía en la pregunta y preferencia por aquellos valores que orientan mejor su acción frente al malestar del mundo de vida propuesto e impuesto. En el neoliberalismo predomina la pulsión de muerte y la vida humana desaparece o se aliena. El planeta y la humanidad corren peligro. Paremos el modelo neoliberal.

La constitución de dicho sujeto erguido (desafiante) de la educación (hasta hoy vemos el yo y su imagen en plena armonía), no sólo se ocuparía de descifrar lo que acontece como dado en los procesos de enseñanza-aprendizaje, sino que articularía en una ética de la igualdad y libertad, tal que no se pudiera dar la actitud complementaria entre maestro, alumno e institución, dado que es imposible tal pretensión. Martha Bicceci tiene razón cuando afirma: “Renunciar a la idea de que todos los sujetos se conjugarían en una misma lengua (discurso pedagógico y científico) para tratar de producir la escritura de la disyunción y las diferencias siempre presentes en el encuentro de dos seres parlantes”.

Esta perspectiva, con sus conceptos, enriquece el plano de lo educativo al permitir el advenimiento del sujeto ético, moral, cívico, diferente, no saturado y feliz, en la posesión de un saber y una verdad conclusa. Así, pasamos de lo imaginario a la verbalización en el terreno de los derechos y deberes de alumnos y maestros. Ni aquellos son objetos ni éstos apóstoles abnegados y sufrientes, sino sujetos desafiantes del orden constituido.

Si bien es cierto que no podemos plantear una autonomía absoluta de lo educativo, sí podemos hablar de una autonomía relativa que incluya la posibilidad de fijar ciertas metas, elegir valores como sustento de lo social-humano, distintos a los que hoy el neoliberalismo propone y establece. En este sentido, estaríamos en posibilidad de ejercer cierto control sobre los medios elegidos para cumplir esas metas.

Con la autodeterminación como fundamento, la institución de lo educativo podría tomar sus propias decisiones ante fines, valores, saberes valiosos, posibles y distintos a los asignados por el sistema de dominación y explotación, realmente existente.

De esa forma el sujeto de lo educativo estaría en condiciones de luchar, de apropiarse de la acción constituyente (política) con base en un discurso ético disruptivo y con una postura moral que le permitiera enfrentar a aquellos sentidos presentes en creencias, representaciones y significados, que afecten la condición humana y la vida buena.

Sin desconocer que en ese imaginario cultural y social pueden existir creencias y saberes aceptados libremente, no sin antes haberlos justificado conforme a la razón crítica. Esta actitud evita la sumisión a dictados heterónomos y a la imitación ciega. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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