Ramón Guzmán Ramos
Reminiscencias
Sábado 27 de Febrero de 2016
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Apenas veo el momento en que mi madre me llevaba por la calle al encuentro con mi padre. Imagino que era una tarde fresca y transparente, podría decir que de una discreta y tranquila alegría. La casa donde vivíamos se encontraba cerca del parque, a unos quince minutos caminando en línea recta. Ella debió llevarme tomado de la mano. Aún siento los tirones cuando me quedaba rezagado y tenía que alcanzar sus pasos apresurados, nerviosos, encorajinados. Veía desde mi estatura pequeña, de niño de ocho años, su espalda de mujer trabajadora, su cuerpo enorme cubierto por un vestido largo, de colores opacos, esos que absorben la luz e impiden que salgan las voces por la piel a encontrarse con el aire. Aunque no volteara hacia arriba para mirar su rostro de montaña vigilante y quedar otra vez admirado, podía imaginar su gesto firme, su sonrisa agazapada entre las comisuras de los labios para ofrecerla como regalo de primavera a quien tuviera la fortuna de estar frente a ella y se lo mereciera.

La siguiente imagen es la de mi madre hablando de frente con mi padre. Los veo a unos tres metros de distancia de donde yo me encuentro, sentado en esta banca apartada y solitaria. Ellos están parados junto a un árbol gigante, cuyo tronco es tan ancho que les sirve de escenario. Mi madre, nuevamente de espaldas, mirando fijamente y con severidad a mi padre. No escucho lo que le dice, aunque lo adivino. Hay en esa actitud de desafío un reclamo que mi padre no puede eludir. Él está con su rostro borrado frente a mí. Por más que intento forzar la memoria no logro recomponer sus facciones. Imagino que observa a mi madre con algo de sorpresa, con ganas de decirle que a pesar de todo él la extraña, pero que fue ella quien lo corrió de casa. No era, sin embargo, el motivo de la cita. Ella le reclama que me trate como me trata cuando voy a su panadería por pan y dinero, como habían quedado cuando se separaron y él asumió el compromiso de aportar una parte de la manutención.

Tavo
Tavo
(Foto: Cambio de Michoacán)

Yo se lo había dicho a mi madre días atrás: que no volvería a ir por el pan y dinero al negocio de mi padre porque me dejaba olvidado en un rincón hasta que atendía a los clientes que había en esos momentos y a los que llegaban de improviso. Pero eso no era todo: ni siquiera volteaba a verme para registrar que allí estaba, para hacerme saber que se había percatado de mi presencia; no había para el que era su hijo un gesto de reconocimiento y de afecto. El trato que me daba cuando se le antojaba atenderme me hacía sentir como un niño mendigo. Metía con desgano algunas piezas de pan en la bolsa de papel y me daba en la mano algunas monedas. Yo tampoco hablaba. Aceptaba en silencio aquella dádiva vergonzante y era hasta que me encontraba en la calle que sentía la pesadumbre, la tristeza súbita por el desprecio.

Mi madre me había escuchado sin alterarse. Esperó a que yo terminara de explicarle mis razones y se sentó a la mesa, frente a mí. Estaba friendo los frijoles en la cazuela cuando yo le dije que tenía que decirle algo y entonces ella me puso toda su atención. La vi sentarse en la silla de madera y colocar sobre la mesa de tablas sus brazos desnudos, oscuros como aquella noche nublada. Me gustaba cuando se ponía así, con toda la seriedad de la vida reflejándose en su rostro, aunque con un dejo de tristeza que enturbiaba ligeramente el brillo intenso de sus ojos. “¿Así es como te sientes?”, me preguntó, “¿Así es como te hace sentir?”, volvió a preguntar. Yo sólo asentí con la cabeza, con algo de temor porque fuera a sobrevenir el regaño, la reiteración de la orden de que debía aguantarme para poder volver con el pan y el dinero que mi padre nos daba cada tarde. Pero mi madre hizo lo que en el fondo yo deseaba: endureció sus facciones y miró a distancia a mi padre para hacerle llegar la advertencia. “Está bien, hijo”, me tranquilizó; “yo hablaré con él; ya no vayas a verlo”.

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