Miércoles 3 de Agosto de 2016
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En México se conoce como sistema de usos y costumbres al autogobierno practicada por muchos municipios de población indígena para normar la vida de la comunidad
En México se conoce como sistema de usos y costumbres al autogobierno practicada por muchos municipios de población indígena para normar la vida de la comunidad
(Foto: Cuartoscuro)

Desde hace sexenios es frecuente escuchar hablar de “usos y costumbres” refriéndose a diversas prácticas de grupos indígenas. Algunas de las mismas pueden calificarse como curiosidades, otras son intrascendentes, pero otras resultan reprobables si no es que francamente criminales.

Para iniciar, revisemos qué son o qué se quiere decir con “usos y costumbres”. Primero una descripción: una costumbre es un modo habitual de obrar que se establece por la repetición de los mismos actos o por tradición. Se trata, por lo tanto, de un hábito.

Lo común es que las leyes concuerden con las costumbres de la sociedad. Las costumbres, de hecho, pueden constituir una fuente del derecho, ya sea de aplicación previa o simultánea a la ley.

Desde el punto de vista de la sociología, las costumbres son componentes de la cultura que se transmiten de generación en generación y que, por lo tanto, están relacionadas con la adaptación del individuo al grupo social. Eso está bien, pero este concepto, así como el de tradición, se debe tomar con cuidado. En muchas ocasiones se le ha utilizado para justificar actitudes criminales e impedir que diferentes organismos puedan hacer algo para evitar tales actos, argumentando que no debemos interferir con sus costumbres.

Recordemos el asesinato de dos policías en Tlahuac, golpeados y torturados hasta la muerte por un grupo de habitantes de San Juan Ixtayopan ante la total indolencia del secretario de Seguridad Pública, Marcelo Ebrard. Queda para la posteridad la cínica respuesta del entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal, López Obrador, cuyos sesos no le dieron más que para eructar: “Con las tradiciones del pueblo, con sus creencias, vale más no meterse”.

En México se conoce como sistema de usos y costumbres a la forma de autogobierno practicada por muchos municipios de población indígena para normar la vida de la comunidad. Si esto lo avala o no el artículo segundo de la Constitución no es el tema.

Se puede decir, en palabras sencillas, que son normas que no están escritas pero se cumplen porque en el tiempo se han hecho costumbre cumplirlas; si son buenas, malas o pésimas es otro asunto.

Va un caso. Eufrosina Cruz Mendoza es una mujer indígena de Oaxaca, activista política que cobró notoriedad al triunfar en la elección a presidenta municipal de Santa María Quiegolani en 2007. Su notoriedad llegó a niveles internacionales cuando, contrariando los denominados “usos y costumbres” que restringían el derecho a votar y ser votado exclusivamente a los varones, se postuló como candidata a la Presidencia Municipal y resultó triunfadora, pero la Asamblea Municipal, integrada únicamente por hombres, declaró nulos sus votos… por ser mujer, otorgando el triunfo a un varón.

Pocas cosas se oponen tan radicalmente a los avances de la civilización como la justicia colectiva por propia mano. Sin juicio formal, pues no hace falta ni se requiere que el acusado tenga un defensor o que cuente con oportunidad de ofrecer pruebas o ser escuchado. La turba, manipulable e idiota como todas las masas, decide si un individuo es culpable, no es requisito que se pruebe irrefutablemente la culpabilidad. Si es declarado culpable en el acto se castiga, en ocasiones brutalmente.

Se van al diablo , con este sistema, principios tan básicos como el principio de legalidad, la presunción de inocencia, el derecho a defenderse de una acusación, la proporcionalidad entre el delito y la pena, la prohibición de aplicar penas crueles o degradantes, etcétera, que para ciertos demagogos populistas son principios burgueses y constituyen un estorbo para la justicia popular. Es irrelevante que la masa erigida como “jueces y jurados” esté integrada sólo por un puñado de ignorantes. En su distorsionada visión, ellos son el pueblo justiciero.

Queda una reflexión: ¿hay culturas mejores que otras? Los científicos sociales dicen que no, pero la gente dice que sí; lo prueba la imparable emigración, de una sociedad pobre, disfuncional y corrupta a una mejor. Las culturas, como las especies, se confrontan entre sí y sin remedio sobrevive la mejor. Defender a las perdedoras es una tarea destinada al fracaso.
Es cuánto.

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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