Ramón Guzmán Ramos
El enfoque crítico en educación
Sábado 13 de Agosto de 2016
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No se trata sólo de transmitir de un recipiente a otro la información y los conocimientos ya elaborados que vienen en los contenidos del Programa de Estudios vigente.
No se trata sólo de transmitir de un recipiente a otro la información y los conocimientos ya elaborados que vienen en los contenidos del Programa de Estudios vigente.
(Foto: Cambio de Michoacán)

Vivimos en un mundo extremadamente hostil. Es un mundo que no se ha creado así por arte de magia. Somos nosotros, sus habitantes erráticos, quienes lo hemos modelado del modo como ha llegado a ser. Y somos nosotros, depositarios de lo bueno y lo malo que nos han legado las generaciones que nos precedieron, los que podemos intentar lo necesario para hacerlo humanamente habitable. Lo primero que tendríamos que hacer, por lo tanto, es pensarlo de una manera distinta. ¿Distinta cómo?, se preguntarán algunos.

No podemos ser parte cautiva de una realidad como la que se nos echa encima, adaptarnos a las condiciones de vida que se nos imponen sin reaccionar. Y no podemos sino reaccionar en función del modo como reflexionamos sobre las cosas que nos ocurren y les ocurren a los demás. ¿Cómo desarrollar un pensamiento que nos permita ver con otros ojos el mundo al que hemos sido arrojados desde nuestro nacimiento? Me parece que es, precisamente, una de las funciones primordiales que debe considerar cualquier diseño de nuevo modelo educativo.

Es lo que distingue, por cierto, a un modelo de otro: el enfoque con que se concibe el mundo que tenemos y el papel que ha de jugar la educación en el desarrollo de los individuos y las sociedades. ¿Educación para qué? La cuestión va hasta el fondo de los procesos mismos de enseñanza-aprendizaje. No se trata sólo de transmitir de un recipiente a otro la información y los conocimientos ya elaborados que vienen en los contenidos del Programa de Estudios vigente. Es necesario desarrollar en los estudiantes la capacidad para someter las cosas a un escrutinio de la razón.

La adquisición de conocimientos no puede ser el fin del proceso educativo. El conocimiento es el medio del que se vale el ser humano para percatarse de la realidad en que vive. Pero esta es apenas la primera fase en la construcción del pensamiento crítico. Es necesario someter las cosas a un proceso adicional de reflexión. No basta con saber lo que ocurre en el mundo, es necesario establecer sus causas y su impacto en el contexto del que soy parte. Concebir la realidad como un todo en constante movimiento sujeta a procesos diversos de transformación. Y concebir al ser humano que la piensa, que reflexiona sobre ella, como el sujeto de cambio.

El primer deber de todo buen estudiante es poner en duda lo que ve, lo que le dan, lo que se le transmite como conocimiento elaborado. Y el primer deber del maestro es motivar en sus pupilos la disposición al cuestionamiento, a la indagación, al análisis, a la construcción de nuevas formas de ver lo que se toca, lo que se tiene como objeto de conocimiento. ¿Las cosas son como son porque así deben ser o tendrían que ser algo distinto? He aquí el meollo de la cuestión.

El conocimiento y reflexión de la realidad externa ha de pasar necesariamente por el conocimiento y reflexión de la realidad que habita a cada uno de los alumnos: lo que es cada quien en función del desarrollo que ha tenido en su familia y en la comunidad. Conocemos el mundo a través del conocimiento de nuestro propio ser. Lo conocemos y nos conocemos como un todo del que no debemos separarnos. Lo que les ocurre a otras personas en otras partes del mundo me afecta como si fuera yo el protagonista de tal experiencia. Es la conciencia de mi presencia en el mundo y la presencia del mundo en mí.

De esta manera, el conocimiento que se recibe y se construye en el aula se convierte en una herramienta del pensamiento, en un medio también del alma para entrar en contacto con la realidad de una manera más profunda, dotarla de nuevos significados y abrirle perspectivas viables de transformación. Es en el aula, en la escuela, en los demás espacios de la sociedad, donde el ser humano ha de volver a plantearse las grandes cuestiones de la humanidad: ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿cuál es nuestra función en la vida, nuestro papel en el Cosmos?, ¿hacia dónde va todo?

Tampoco se trata de quedarnos en el plano de la comprensión, por muy lúcida y certera que pudiera llegar a ser. Es necesario resolver, asimismo, la cuestión de la práctica. Estudiamos no sólo para entender la vida, sino para aprender a vivirla mejor, a relacionarnos con los demás y con nuestro entorno de una manera positiva. La escuela debe dotar a los alumnos de los elementos que le permitan desarrollar también un enfoque ético de su práctica de vida. No sólo es cuestión de cambiar por cambiar, o de emprender acciones que tengan efectos negativos para otros. Partir del principio de que yo soy parte de la totalidad y que la totalidad está en mí.
Más allá de programas cuya vigencia suele durar muy poco en el sistema educativo que tenemos, lo que importa es el tratamiento que el maestro pueda y deba darle a los temas, a los asuntos, a los problemas, a los contenidos que se convierten en conocimientos. Desde luego que algunos programas suelen privilegiar ciertos contenidos y áreas sobre otros, pero de lo que se trata es que el maestro cuente con autonomía pedagógica. Lo primero es que cuente con espacios para participar en la elaboración de las políticas públicas relacionadas con su materia de trabajo: planes y programas de estudio, legislación, financiamiento, etcétera, y que tenga la libertad de adecuar los procesos educativos a las situaciones contextuales que se viven.

Quizá en lo que se tendría que llegar a un consenso en esto de los diseños de nuevos modelos educativos es en el enfoque. ¿Qué es el conocimiento?, ¿cómo lo adquirimos o lo construimos?, ¿para qué el conocimiento?, ¿de qué manera le damos seguimiento a nuestros procesos de formación?, ¿cómo construimos campos de aplicación práctica de los conocimientos, capacidades, habilidades, valores, actitudes, que se van desarrollando en los estudiantes?, ¿cómo hacer de la escuela una comunidad democrática del conocimiento y de la sociedad una comunidad educativa en constante movimiento?
He aquí la cuestión.

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