Ramón Guzmán Ramos
¿Cuántas veces última?
Sábado 27 de Agosto de 2016
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La sustancia primordial con la que se crea un personaje es la imaginación. Un personaje no es sólo el vehículo del que se vale el autor para expresar su visión del mundo y el modo como organiza partes de la realidad para que tal expresión sea posible. Es también, sobre todo, una creación en sí misma. Como en el caso del Génesis, basta con nombrar las cosas para que las cosas que se nombran sean. Las criaturas que cobran vida no pueden quedar sujetas de la voluntad del demiurgo. A diferencia de los seres que fueron creados por Dios, las criaturas que brotan de la imaginación del autor deben tomar su propio camino. Aunque su suerte es algo que el autor imagina, diseña, planea, corrige, elimina, vuelve a crear, en la realidad del mundo literario el personaje, si lo es verdaderamente, debe aprender a vivir en función de sus propias decisiones o someterse a las leyes terribles de eso que alguna vez llamamos destino.

¿Qué pasa cuando el escritor decide no dejárselo todo a la imaginación y parte de acontecimientos y personajes reales para construir sus historias? No es un secreto que el historiador sólo acepta información verídica, verificable, para incorporarla a sus trabajos de investigación.

El escritor, por su parte, hace una fabulación de la realidad y se permite cualquier licencia para moldear la historia que se propone contar, siempre y cuando la historia acabada sea verosímil, creíble, aceptada por el lector como parte de un mundo donde esas cosas suceden tal como se cuentan sin que la realidad de que se trata sea cuestionada por la razón.

Los historiadores reconstruyen épocas y atmósferas de la historia, le vuelven a dar vida a los personajes históricos. Aquí la imaginación sólo alcanza para que el historiador haga su trabajo de reconstrucción de algo que no se puede inventar.

La invención no es parte de la historia. Las cosas pasaron como pasaron y no de otra manera. Pero es el elemento principal con que se hacen las historias en la literatura. ¿Cómo poner emociones y pensamientos muy íntimos en los personajes históricos si no es posible documentar tales cosas? Por eso las novelas históricas tienen serias limitaciones. El autor simplemente no puede hacer del personaje histórico alguien que no fue en los hechos ni que haga cosas que no han quedado registradas en las páginas de la historia. Si lo hace, estaría falseando la historia, a menos, claro está, que lo haga de tal manera que el lector sepa que se trata de una invención y que la acepta como parte de un mundo que parte de la realidad palpable pero que deja de ser parte de ella para convertirse en parte de esa otra realidad imaginada que crea la literatura. Pero entonces el personaje estrictamente histórico se convierte en un personaje literario.

No hace mucho leí una reseña bastante favorable de la novela más reciente de Elena Poniatowska, Dos veces única (Seix Barral, 2015), y decidí salir a buscarla a la librería. El autor de la reseña que ese fin de semana leí en el suplemento cultural de un diario nacional afirmaba que su lectura había sido una delicia y que no la había podido soltar hasta que la leyó completa. Debí suponer que exageraba, pero es lo que sucede cuando uno encuentra un libro que lo atrapa y lo seduce desde las primeras líneas, lo cual, por cierto, ya no es tan común en estos tiempos. En este caso, terminé concluyendo que el crítico debió haber hecho una reseña más equilibrada. Es la biografía novelada de un personaje que existió en la realidad, Guadalupe Marín, quien fue esposa del muralista Diego Rivera y del poeta Jorge Cuesta, miembro destacado de los Contemporáneos.

Elena Poniatowska, Premio Cervantes 2013, hizo una reconstrucción del personaje, de los acontecimientos y de la época a partir de entrevistas y de una investigación documental. Al terminar mi lectura del libro, sin embargo, me quedé con la sensación de que algo se había malogrado en la obra. Lupe Marín fue, en efecto, una mujer que poseía esa energía vital que brota naturalmente del alma y que atrae la atención y a veces somete la voluntad de los artistas y quienes se encuentran alrededor. Era una mujer que fascinaba por su belleza en estado original y que se abría a los mandatos de sus impulsos. La fama que alcanzó se debió en gran medida a las figuras enormes con las que compartió gran parte de su tiempo y de su vida. Vivió prácticamente a la sombra de ellos. Aun así es posible hacer la trasposición literaria de la vida real, convertir al personaje histórico en personaje literario. ¿Cómo se hace para evitar que la realidad dada, esa moldura que adquiere densidad de piedra y que se niega a ser remodelada, se convierta en una limitación infranqueable? Es algo que queda en manos del autor, en este caso de la novelista, la escritora que parte de una visión y un estilo periodísticos para crear el mundo literario que al final nos ofrece.

Pero el embrujo dura poco tanto en la vida real como con la lectura de la historia convertida en novela. Hay que decir que el estilo directo, sencillo, que utiliza Elena Poniatowska logra un efecto agradable, cuando alguien ve el fondo del estanque a través del agua limpia y transparente, en sosiego, y se solaza con holgura. Hay pinceladas que deslumbran y nos causan un placer estético cuya sensación se queda con nosotros y se reactiva al recordarlas. Pero creo que el personaje histórico no alcanzó a dar el salto que esperábamos para convertirse en personaje literario y darnos la oportunidad de trasportarnos a otro mundo.

Hay un cierto interés que se mantiene mientras Lupe Marín comparte con Diego Rivera y Jorge Cuesta sus amores y sus odios, sus celos y sus desprecios, su admiración y su rechazo. Pero cuando se separa de ellos, cuando ambos mueren en diferentes tiempos y circunstancias, Lupe Marín simplemente se apaga y se apaga al igual el interés del lector.

La última tercera parte de la novela se reduce a contar la historia de la familia, los hijos y los nietos de la Marín.

Me parece que Elena Poniatowska no aprovechó la oportunidad para indagar más en el alma de su protagonista, para mostrarnos un ángulo distinto de la vida y el arte de quienes fueron pareja de Lupe Marín. Me refiero, por ejemplo, a la visión encontrada, antagónica, que se produjo en la época entre los grandes muralistas, como el propio Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, por un lado, y el grupo de poetas los Contemporáneos, por el otro. Dos visiones del arte, de la función y dimensión que debe tener el arte, se encontraban y chocaban de una manera dramática. Por un lado, el arte al servicio de las causas justas y legítimas del pueblo. Por el otro, el arte como una dimensión universal. Nacionalismo contra cosmopolitismo. El arte comprometido contra el arte puro. Un debate que polarizó las posiciones y que no logró encontrar la línea de matices que pudiera haber hecho que se encontraran para intercambiar elementos y enriquecerse mutuamente. Lupe Marín se movió, por cierto, entre estas dos posturas. Las vivió no sólo de cerca, sino en carne propia.

Pero en la novela todo se reduce a la anécdota, los pasajes, el tratamiento superficial.

Me parece que a la autora le ganó su estilo periodístico no sólo por lo que se refiere a la forma, sobre todo en los géneros de reportaje y crónica, sino al contenido. No es que la literatura y el periodismo se excluyan. Pero en este caso la dimensión literaria se quedó corta.

Para quienes conocen la época y la historia de los personajes que aparecen en la novela no hay mucho problema en entender ciertos pasajes en los que no se profundiza. Pero para los que no tienen tal conocimiento la novela les dejará la sensación de que no se dijo lo suficiente de los protagonistas y su época, que no hubo esa incursión a fondo en el alma de la época ni en el alma de los protagonistas que toda buena historia debe tener.

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