Ismael Acosta García
Noche de lluvia en Morelia
Sábado 9 de Febrero de 2019
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Dejemos de lado el comentario político que hoy estará nutrido en todos los medios luego de la visita del presidente de México el día de ayer a tierras calentanas. Y van tres pequeñas narrativas incluídas en mi libro del título de este día.

La última tarde



Bien, es hora de preparar nuestras maletas. Tú volverás a vivir con tu madre, ella se sentirá muy contenta de que estés a su lado. Ya ves, ha estado continuamente enferma y pensará, quizá, que es un regalo de Dios tenerte cerca en sus últimos días, ojalá años de su vida.

Tres pequeñas narrativas incluídas en mi libro del título de este día
Tres pequeñas narrativas incluídas en mi libro del título de este día
(Foto: Gustavo Aguado)

Estás dispuesta, me lo has dicho, a reencauzar proyectos olvidados. Aún eres joven y, capaz y diligente como siempre lo has sido, no encontrarás problemas. Las viejas amistades intentarán reverdecer laureles de cosas que quedaron inconclusas. Y tendrás suerte, porque de veras la tienes, pues al fin en tu vida yo solo fui otra experiencia.

Mis maletas están listas. No he decidido aún a dónde dirigirme. Mis padres ya no viven, mis hermanos no tienen la gracia del buen samaritano y mis amigos me olvidaron cuando dejé de frecuentarles a cambio de tu compañía.
Ya es tarde, debemos entregar las llaves de la casa y las maletas están listas.

¿Qué si me llevas?, no, gracias, tu vehículo está lleno. Por cierto, el mío, ¿recuerdas?, se quedó embargado cuando quisimos hacer la compra de la casa. Yo me quedo en la esquina, en el local del cantinero. Bueno, ¡adiós!

– ¿Su tequila es doble, don Mayo?
– Sí, don Alberto.
– ¡Salud!
– ¡Salud!
– Mañana volveré de nuevo a esa casa, porque aún queda mucho de ella … por lo menos recuerdos.
– Sírvame otra copa, don Alberto, que el hastío es atroz y comienzo a distinguir la lejanía de mi última tarde.



Nihilismo



“Me gustan los animales domésticos de la casa de fieras de tu alma”
Tristán Tzara.

He venido atisbando al interior de su alma y encuentro que me regocijan sus misterios. Los percibo veladamente en la melancolía de su mirada, porque hasta hoy, a no dudarlo, ha mantenido impenetrable una coraza mental, y sus palabras y actitudes no explican nada más allá de su imagen inmediata.

Intuyo que enfrenta una enorme soledad, que sus luchas le han llevado a catarsis frecuentes que evocan una acción reprimida. Llega sola, está y se va sola. A mí me queda –decía- la melancolía de su mirada.

He decidido entrar al laberinto de su psiquis con la reserva de mi limitación freudiana, pero me anima el recordar historias propias de fantasmas.
Finalmente, a mí también me gusta jugar con los animales domésticos de las casas de fieras de otras almas.


Solsticios



“Estoy tan sólo que cualquiera diría que estás conmigo”
Francisco Hernández.

No he vuelto a saber de ti. Estoy tan sólo desde aquella tarde de invierno en que te fuiste.

Los solsticios han forjado una honda huella en la escritura de mi vida porque fue, precisamente el de verano, en que mis circunstancias te encontraron sin buscarte.

Aquella tarde limpia, soleada y generosa, imaginé que comprendías el dolor del abandono, que mi relato era una confesión sentida que abrigabas y, amable como siempre, me escuchaste.

Ocupamos el otoño construyendo primaveras. Visitamos museos, recorrimos jardines, asistimos al teatro y, fuese la obra que fuere, adoptamos ingenuos los papeles que acomodaban a nuestras utopías.

Hoy las flores han vuelto a abrir sus pétalos, las mariposas reanudan vuelos multicolores, los árboles renuevan sus follajes, las aves ocupan nuevos nidos, los jóvenes cantan y las abuelas tejen. En tanto, yo sigo recordando el solsticio de invierno en que te fuiste.

Es cuánto.

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