Xuchitl Vázquez Pallares
Legados ancestrales…
Jueves 15 de Agosto de 2019
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El lunes pasado se cumplieron 498 años de la caída de Tenochtitlan.
Transportémonos a 1519 año en que llegan los españoles y se dan cuenta de la riqueza enorme de esta tierra llamada México.

No eran muchos, la mayor parte de ellos eran prófugos de la justicia, que no tenían nada que perder. Todo lo que viniera era ganancia.

Aprovechándose del descontento hacia el poder central ubicado en Tenochtitlan, se hicieron de aliados, haciéndoles pensar que si les ayudaban ya no tendrían que dar tributo a los mexicas.

Esto fue determinante para el triunfo de los españoles. La división y el descontento de los gobernantes de diversos pueblos hacia el poder central.

Al llegar los españoles a Tenochtitlan quedaron admirados por su gran belleza y organización, los canales perfectamente trazados, la ciudad construida sobre el lago era algo sin duda extraordinario.

Los originarios de estas tierras, llamados despectivamente indios por los españoles, tenían totalmente otra cosmovisión que los invasores, los cuales solo veían que podían robar y como podían dominar.

Está en nosotros en hacer realidad la mezcla de la que nuestros ancestros pensaban sería algo grande.
Está en nosotros en hacer realidad la mezcla de la que nuestros ancestros pensaban sería algo grande.
(Foto: Especial)

Desde el momento en que tras el 13 de agosto de 1521 se hacen del poder los españoles, todo lo que oliera a indígena, honradez, lealtad, trabajo comunal, respeto al otro, a la naturaleza, amor a esta tierra fue anulado, perseguido y castigado.

Lo importante era tener poder para robar, para hacerse de tierras no importaba que fueran legalmente de los pueblos originarios.

La toma de Tenochtitlan en realidad duró dos años. Imagínense ustedes ver llegar a un grupo de hombres que se hacían pasar por no humanos, con perros, caballos y armas desconocidas. Quienes decían que su alimento era el oro.

Todo les sorprendía de esos hombres que tenían acero en vez de piel, que no se bañaban, que hablaban a gritos, que robaban cuanto veían y violaban a sus mujeres en vez de agradecerles la hospitalidad recibida.

Imagínense ver destruida su ciudad que era desde su cosmovisión tierra sagrada, que les había costado tanto construir sobre el agua. Es difícil imaginar lo que sintieron al ver a sus Dioses burlados y sus templos y lugares sagrados destrozados.

Verse esclavos, verse burlados y saqueados. Adquirir enfermedades que no sabían cómo curarlas. Miles murieron por causa de la viruela.

El 13 de agosto de 1521, no quedaban casi guerreros vivos, solo niños, y aun así la defensa de nuestra tierra fue a muerte contra los invasores.

El tlatoani Cuauhtémoc no se dio por vencido ni huía como cuentan algunas historias. Al ver la ciudad totalmente acabada por el sitio organizado por Cortes, quien mando tirar el acueducto y los caminos que unían a Tenochtitlan con tierra firme, dejándolos sin agua ni provisiones, ni ayuda externa. Con cientos de muertos por el hambre y enfermedades, llena de cadáveres pues los españoles no dejaban que los enterraran. Cuauhtémoc decidió salir para organizar desde fuera la defensa contra los invasores, pero fue visto por unos guardias españoles que lo tomaron preso.

Cuauhtémoc fue presentado entonces ante Cortes, quien le preguntó dónde estaba oculto el gran tesoro escondido.

Cuauhtémoc guardo silencio. Ante lo cual Cortes decide torturarlo quemándole los pies para que hablara.

Cuauhtémoc no dijo palabra.

El valiente y sabio Cuauhtémoc sabía bien donde estaba el gran tesoro escondido a los ojos de los avariciosos invasores. Estaba y está en el conocimiento ancestral, está en los corazones, que son la riqueza mayor, pues nos da vida.

Sabiendo que ese tesoro debía ser guardado y preservado, mandó su mandato a todos los puntos cardinales.

Mandó que fuese transmitido secretamente de manera oral de padres a hijos, y de estos a sus hijos.

La Consigna de Anáhuac dice:

“Nuestro sol se ha ocultado y en completa oscuridad nos ha dejado. Pero sabemos que volverá a salir; que otra vez saldrá y nuevamente nos alumbrará.

Mientras permanezca allá en la mansión del silencio, reunámonos, estrechémonos y guardemos en lo más profundo de nuestros corazones, todo lo que amamos. Nuestra sabiduría y conocimiento sean guardados como gran tesoro. Como el jade precioso.

Destruyamos u ocultemos nuestros recintos sagrados, nuestros calmécacs, nuestras escuelas de canto y de danza, nuestros juegos de pelota.

De hoy en adelante padres y madres nunca olviden guiar a sus jóvenes y niños, hacer saber a sus hijos mientras vivan, de la honradez, del respeto y amor a esta tierra. Que sepan cuan buena ha sido hasta ahora nuestra amada madre tierra Anáhuac.

Al amparo y protección de nuestro destino, y por orden de nuestras tradiciones que con tanto cariño y empeño dejaron para nosotros nuestros venerables abuelos, hemos de inculcárselo a nuestros hijos, para que ellos lo enseñen a los hijos de los hijos de sus hijos.

Y no olvidemos decirles y enseñarles: cómo será, cómo se reunirá, cómo tomará fuerza y cómo concluirá nuestra grandiosa Anáhuac, su glorioso destino”.

Nuestro destino depende de nosotros en lo individual y en conjunto. Como podemos ver, nuestros legados; el indígena y el español se contraponen.

No hemos encontrado la armonía, no hemos podido lograr el balance, tomar lo mejor de ambos legados. Está en nosotros en hacer realidad la mezcla de la que nuestros ancestros pensaban sería algo grande.

Hay que anular el agandalle, el latrocinio. La discriminación racial y social, anular la falta de respeto al otro y a la naturaleza. Respetar a todo ser y sobre todo anular el concepto de desigualdad hacia la mujer.

No más feminicidios, no más trata de blancas, no más niñas y niños robados. No más robos a la nación, no más estafas maestras, no más saqueos, no más impunidad. No más despojos a las comunidades. No más explotación de nuestro suelo y subsuelo para enriquecimiento de unos cuantos.

El verdadero desarrollo de nuestro país, será cuando logremos que la justicia impere.

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