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Impuestos, adicciones e hipocresía |
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Nohemí Vargas Anaya |
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Se supone que en aras de una mayor recaudación (sin pasar por alto que el Premio Nobel de Economía 2003, Robert Engle, afirmó que el gobierno de México se equivoca al subir los impuestos cuando el país aún se encuentra en recesión), las y los diputados evitan aumentar los precios de productos básicos, y en cambio proponen gravar aquellos superfluos, como el caso del alcohol o el tabaco, que es por todas y todos sabido el daño que producen en el cuerpo humano.
Hasta aquí todo iría más o menos bien, si no fuera porque con esta cíclica medida vuelven a esquivar el tratamiento que debe darse al problema de las adicciones. Por conveniencia evitamos pensar acerca de la amplísima gama de pseudo alimentos que generan adicciones poderosas. Ahí tiene usted al pan procesado industrialmente, refrescos, papitas, churritos, pastelitos, galletas, chocolates, chilitos, tamarindos, jugos y demás.
Las personas somos adictas por naturaleza. Algunas lo somos a determinado alimento o bebida, y todas a ciertas emociones y comportamientos. El punto aquí es preguntarnos si las medidas pretenden tomarse únicamente para aumentar la recaudación de impuestos (sin tocar a las grandes trasnacionales), o si aprovechamos el viaje y tratamos se educar, ser congruentes y reencauzar la economía hacia el fortalecimiento de lo producido localmente, otorgándonos un valor extra de identidad.
Es así que desde este espacio proponemos un alto impuesto a la comida rápida y chatarra, ya que México encabeza los índices mundiales de obesidad infantil y de publicidad de estos productos en televisión abierta.
Un estudio elaborado por Consumers International en 14 países arrojó como resultado que las grandes cadenas de comida rápida (KFC, Burger King, Mc Donalds, entre otras) siguen jugando un papel central en la propagación de la obesidad infantil, al promover que los niños y las niñas se vuelvan adictos a alimentos con altos contenidos de grasas, azúcares y sales. ¿Algún partido político ha mencionado este factor determinante en el desarrollo de la infancia mexicana para proponer alza en los impuestos?
Otra gran área en donde bien se podría obtener una gran cantidad de recursos por concepto de contribuciones fiscales, es el de la publicidad dirigida a niñas y niños. El estudio Fast-Food restaurant advertising on television and its influence on childhood obesity (Publicidad televisiva de restaurantes de comida rápida y su influencia en la obesidad infantil) fue publicado en Journal of Law and Economics (nov 2008). Midió la cantidad de anuncios de publicidad de cadenas de comida rápida que cada niño o niña ve a la semana.
Concluyó que una prohibición de esos anuncios durante los horarios infantiles podría reducir los casos de sobrepeso en un 18 por ciento en niños y niñas entre 3 y 11 años, y en 14 por ciento en adolescentes de 12 a 18 años. “En México, los beneficios podrían ser mucho mayores”, dijo en su momento Alejandro Calvillo, director de El Poder del Consumidor AC, “pues las mediciones que hemos realizado revelan que la televisión mexicana transmite más anuncios de comida chatarra por hora en la barra infantil que la TV estadounidense”. Ahí tienen, señoras y señores legisladores.
Y para quienes insisten en que no podemos medir igual la adicción por el cigarro con la comida chatarra, les tenemos noticias.
A partir de una observación personal hacia su propia forma de comer galletas, el ex jefe de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de los EUA, David A. Kessler (famoso funcionario que pasó a la historia por haber entablado sendas batallas contra la industria tabacalera) escribió el libro The end of overeating: taking control of the insatiable american appetite (El fin de la sobrealimentación: Tomando control del insaciable apetito americano).
En esta publicación, Kessler encontró similitudes entre la industria tabacalera y la alimentaria, ya que esta última ha combinado componentes en los alimentos para activar los circuitos cerebrales y estimular nuestro deseo de comer más. “Cuando se trata de estimular nuestro cerebro, los ingredientes no son especialmente potentes. Sin embargo, mediante múltiples combinaciones de grasas, azúcar y sal, los alimentos han aprovechado fundamentalmente el sistema de recompensas en el cerebro, la creación de un circuito de retroalimentación que estimula nuestro deseo de comer y nos deja queriendo más y más, aún cuando ya estemos llenos”.
Y para adicciones, nadie mejor que el azúcar. ¿Sabía usted que los jugos o néctares que nos venden como naturales contienen la misma cantidad de azúcar que cualquier refresco? En un vaso de jugo Del Valle (250ml) hay 30 gramos de azúcar (27.5g en el caso de Jumex), lo que equivale a entre 5.5 y 6 cucharadas en un vaso. Y en el caso de los supuestos néctares estamos peor, ya que por la misma ración encontramos ¡7 u 8 cucharadas de azúcar en un vaso!
Por favor mantenga esto en su mente y relaciónelo con lo que sigue. “Lo que normalmente suele ocurrir a toda persona que consume azúcar en forma cotidiana, es que sus niveles de glucosa se mantienen permanentemente por encima del nivel regular, es decir, rara vez se experimentará una baja hacia la auténtica normalidad en los niveles de glucosa. La mayoría de la población mundial literalmente vive bajo los efectos del azúcar sin saberlo y sin notarlo. Este desequilibrio permanente está siendo asociado con diversas enfermedades nerviosas, especialmente en los niños”. Recomendamos el Primer manual de nutrición consciente, de Laura Urbina, a quien acabamos de citar.
Por lo demás, el aumento al impuesto para quien consume tabaco y alcohol es justo, pero más lo sería ampliarlo a todos aquellos productos superfluos y dañinos para empezar a regular lo que cada familia ingiere, y lo que cada sector aporta.
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