Opinión

MORELIA
Letras de emergencia por Oaxaca la rebelde
Para resolver el conflicto en Oaxaca no hay más salida que la renuncia de Ulises Ruiz
Juan Pérez Medina Jueves 26 de Octubre de 2006
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Parecía un simple tramo coyuntural como el de todos los años por el mes de mayo. De nuevo, el magisterio nacional de la CNTE -del que forma
parte la Sección XXII-, emplazaba al gobierno federal y estatal a dar respuesta a sus ya históricas demandas salariales, asistenciales y, sobre todo, educativas. Parecía de rutina. El gobierno se preparaba para aguantar y buscar una salida política y económica por vía del ISSSTE y los gobiernos estatales. Pero en Oaxaca, el magisterio planteó la rezonificación para los trabajadores de la educación en toda la entidad, en una estrategia de mejoramiento en las percepciones que ponía en jaque la negociación nacional de los charros del SNTE. El gobierno de Ulises Ruiz Ortiz no entendió en primera instancia la magnitud del planteamiento; mucho menos lo hizo la Federación, empeñada en ese momento en desenredar el conflicto postelectoral. Pensaron que los maestros, como cada año, firmarían minuta de acuerdos cuando muy tarde a fines de junio, en una negociación conciliatoria, en donde la demanda de la rezonificación sería abandonada y sustituida por otro tipo de respuesta muchísimo menor.
Pero el magisterio oaxaqueño tenía otros planes y, cuando el gobierno se dio cuenta de ello, torpe como ha sido, decidió demostrar que tenía la fuerza para imponerse y mandó la represión. El panorama cambió.
Después de ese infortunado día, la lucha cobró otra dimensión y sumó a ella primero, el repudio generalizado de la población, y luego, el cúmulo de organizaciones sindicales, campesinas, indígenas y estudiantiles. La lucha gremial se transformó en lo que hasta ahora se conoce como la insurrección popular oaxaqueña. La demanda gremial se transformó en demanda política: ¡Fuera Ulises!, fue la consigna. En ella, por principio de cuentas, se manifestaba el repudio a la acción violenta en contra del magisterio oaxaqueño; pero sobre todo, se expresaba el hartazgo a una larga lista de vejaciones, impunidades, crímenes, injusticias y abusos que por décadas ha padecido el pueblo de Oaxaca. Llegaron de las comunidades y de los barrios los rostros de la pobreza y la desesperanza, tornándose en reclamo y en acción: ¡Fuera Ulises!, gritaban, ¡no más represión! Se formaron las barricadas, se fortaleció la organización, se creó la Asamblea Popular del Pueblo de Oaxaca (APPO) y se extendió el movimiento, tanto en la geografía de la entidad, como en el tiempo. La exigencia cimbró el andamiaje del sistema político y lo sumió en una nueva crisis que a ratos parece interminable. El gobierno no supo qué hacer, la alianza perversa del PRIAN determinó que a la plebe no había por qué darle tan grandes concesiones. Ese era sólo privilegio de ellos, de los partidos, no del sentir popular. Se puede negociar entre la élite política y entregarse cabezas mutuamente, según sea el caso, pero no se puede permitir que el pueblo, en el uso de su derecho soberano, eche un mal gobernante. Sería un precedente de alto riesgo.
Por eso la clase política y económica dijo al unísono que no atenderían el justo reclamo de la APPO. El Ejecutivo dijo que Ulises se queda; el PRIAN dijo que Ulises se queda y sumó a esa determinación la necesidad de utilizar la fuerza pública para acabar con la insurrección popular; los integrantes de la clase empresarial clamaron por el uso de la fuerza en contra de la APPO, quien les estaba desplumando la gallina de los huevos de oro mermando sus ganancias; el cardenal Íñiguez, desde la santísima Guadalajara, se manifestaba en contra del quinto mandamiento y concedía, en el nombre de Dios, la posibilidad divina de que se utilizara la fuerza represiva del Estado para «limpiar» las bellas calles de la ciudad de Oaxaca de pobres en rebeldía. Los diputados del PRIAN dijeron que no; los senadores de esa agrupación dijeron que no había por qué desaparecer los poderes en Oaxaca, aunque el gobernador no pudiera gobernar porque el pueblo lo detesta.
A cinco meses de conflicto, el gobierno federal ha utilizado todas las artimañas a su alcance para destruir la fortaleza de la APPO: primero encarceló en el estado y en Almoloya a varios de los dirigentes populares, luego envió al Ejército a realizar maniobras militares en el puerto de Salina Cruz y a sobrevolar la ciudad de Oaxaca; luego envió provocadores a enfrentar a los emplantonados, en seguida intentó dividir al movimiento popular tratando de comprar la voluntad del magisterio oaxaqueño, concediéndole lo que en un principio le negó. Después comenzó a asesinar a maestros y a miembros de la APPO. Pero la APPO sigue allí.
También sigue allí el magisterio de la Sección XXII a pesar de las grandes presiones a que ha sido sometido. Amenazas, insultos, provocaciones e intentos de soborno. Están allí a pesar de la intervención abierta de la asesina Elba Esther Gordillo. A pesar de su amenaza de crear una nueva sección sindical en la entidad. Están ahí a pesar de que les duele que todos estos meses no hayan podido iniciar el ciclo escolar. Están ahí a pesar de ello, que es demasiado. Están allí, porque quien desconoce la reciedumbre del pueblo oaxaqueño, no conoce de la estirpe de Benito Juárez o de Ricardo Flores Magón, dos de los hombres más grandes que ha dado este país.

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Se dice desde el argot político que el caso no se resuelve porque Fox no quiere hacerlo y ha decidido pasarle la factura a Fecal, que no era su candidato en el PAN. Se especula que son los perredistas y AMLO quien «mueve la cuna» en el caso Oaxaca para desestabilizar al país. Se afirma que hay grupos guerrilleros detrás de la insurrección. Nada se dice de las verdaderas causas que han provocado los acontecimientos. Nada se les reconoce a los más pobres, porque a los más pobres nunca se les ha reconocido nada, ni siquiera el aplauso y el voto intercambiado por dádivas. No se les reconoce su derecho a rebelarse, a exigir, a actuar. Acostumbrados a manipularlos, se preguntan acerca de quién está detrás de sus acciones. Perversos como son, intentan ignorar su capacidad para acumular odios y resabios. Como en otros tiempos desde el esclavismo, los dueños de las voluntades humanas desprecian a sus semejantes por el simple hecho de ser pobres y les limitan virtudes y derechos.
Hoy no hay más salida que la renuncia de Ulises Ruiz Ortiz. No habrá solución inmediata que no pase por la renuncia del gobernador. Lo saben los panistas y son ahora los más preocupados por los acontecimientos. Votaron en el Senado a favor de la no desaparición de poderes para privilegiar la relación política de conveniencia perversa con el PRI, pero saben que serán los paganos si apuestan por la represión. Si a la derecha acaba venciéndola la tentación represora pagará caro la osadía y tendrá por años un infierno que seguramente pagaremos todos. Pero vale la pena decir que ahora pagarán también quienes sólo han cobrado en los últimos años. Así pues, la derecha tiene la palabra. Ella es responsable de lo que acontece en Oaxaca, como de lo que pasa en el país; al que ha venido arrojando al conflicto permanente y, pareciera que sin retorno. En Oaxaca se verá.
¡Libertad a los presos políticos oaxaqueños! ¡No a la represión! ¡Viva la APPO!