Opinión

MORELIA
Día de Muertos
La imposición del cristianismo al mundo azteca, a pesar de la violencia con que llegó a realizarse, no consiguió desterrar del todo las antiguas creencias y cultos prehispánicos
Gilberto Vivanco González Viernes 3 de Noviembre de 2006
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Ante la avalancha un sinfín de manifestaciones culturales que poco tienen que ver con lo auténticamente mexicano y que por lo tanto amenazan seriamente nuestras raíces, es sa-
tisfactorio ser testigo del esfuerzo que instituciones escolares realizan para inculcar en sus alumnos la preservación y difusión de expresiones tan propias como lo son los altares dedicados a los fieles difuntos; en especial, las escuelas formadoras de docentes que aparte de cumplir con la obligación de aportar a la sociedad profesionales de la educación, tienen el reto de hallar estrategias que les permitan fortalecer en ellos el sentido de liderazgo y promoción de las costumbres y tradiciones tan identificadas con el pueblo.
La Escuela Normal Urbana Federal Profr. J. Jesús Romero Flores de la ciudad de Morelia, a través de sus alumnos, presentó una muestra de ofrendas de Día de Muertos llena de colorido y creatividad que, como sucede año con año, convocó a decenas de niños de nivel primaria y a otros tantos paseantes y turistas que fueron testigos de la capacidad ingeniosa de quienes a corto plazo tendrán que fomentar la práctica de estos ritos, aún en las comunidades más apartadas de Michoacán.
El espectáculo es increíble, además de las mencionadas ofrendas, el acceso a la institución fue adornado con el arco principal y con un gran tapete con base de aserrín multicolor que resaltaba en su diseño motivos alusivos al festejo, con una maestría que releva el potencial enorme que tienen los dinámicos estudiantes.
Los altares fueron dedicados a diversos personajes: a maestros como Jesús Romero Flores y Salvador Ruiz García; a revolucionarios como Lázaro Cárdenas del Río, Emiliano Zapata, Francisco Villa; a ídolos del celuloide como Pedro Infante y Mario Moreno Cantinflas; así como a familiares de alumnos y hasta a un judicial caído en el cumplimiento del deber, cuya fotografía impresionaba con su cuerno de chivo al hombro. Todos los monumentos adornados de velas y veladoras que, entrada la noche, le dieron un toque solemne a tan artística muestra que forma parte ya de la rica tradición normalista; demostrando así que «las tradiciones y valores más que enseñarlos… tienen que vivirse.
Qué significado tienen los altares y ofrendas
Alberto A. Hernández (2003) indica en su escrito Ofrendas de vida: Las fiestas de muertos que se celebran en todo el país son una amalgama de las culturas mesoamericanas -fundamentalmente la mexica- y del mundo hispánico como la mixteca, maya y purépecha. Fuera del país, estos festejos son vistos con asombro por los tintes carnavalescos, la animación y la alegría general con que son desarrollados.
El origen del aspecto festivo se halla en la concepción de la muerte en la sociedad indígena que formó parte del ciclo cosmogónico del devenir y no se entendía como un fin. La muerte es vista como un despertar, como un renacimiento a otro mundo, el mundo de los muertos. Según la forma de morir, se accedía a determinado lugar del inframundo.
La imposición del cristianismo al mundo azteca, a pesar de la violencia con que llegó a realizarse, no consiguió desterrar del todo las antiguas creencias y cultos prehispánicos. Pero ciertas coincidencias entre ambas culturas -como las ofrendas, las penitencias y la vigilia-, hicieron más sencilla esta tarea.
El culto azteca a la muerte fue casi totalmente erradicado. No obstante, el culto a los muertos se fusionó con el modo católico de honrar a los difuntos, lo cual se hacía al día siguiente de la celebración de Todos los Santos, el 2 de noviembre. Fray Diego de Durán relata que los indígenas colocaban una ofrenda el 1 y otra el día 2, y explica que esto sucedía por ser una costumbre muy antigua entre los naturales. Es decir, que los indígenas adaptaron la primera fecha para el Mihcailhuitontli y la segunda para el Hueymihcáilhuitl.
Los españoles honraban a sus difuntos con ofrendas de pan, vino, cera, pero sólo en pocos lugares celebraban comidas familiares. Las ofrendas se llevaban a la misa o eran colocadas sobre las sepulturas. También se elaboraban platillos especiales, dulces y pan de muerto. Las ofrendas eran un acto de recuerdo y amor a los parientes fallecidos. A veces con el fin de pedir cierto don, o para no despertar su enojo.
En la festividad del Día de Muertos la ofrenda tiene un papel preponderante en la atención y servicio a los difuntos. La ofrenda no es de ningún modo un obsequio, sino un ofrecimiento. Un modo de compartir con los parientes fallecidos los frutos obtenidos durante el año.
Se prepara con antelación y solemnidad. La creación de la ofrenda muestra sentimientos de gratitud, amor y veneración, pero tras estos se hallan también el miedo al disgusto y la insatisfacción que los muertos pueden sentir hacia sus familiares por olvidarlos.
Elena Poniatowska, señala en un artículo publicado en La Jornada, el 30 de octubre del presente: «La ofrenda de Día de Muertos es quizá el ritual más trascendente del año después de la Navidad. El altar se coloca en el sitio más representativo de la casa o en el patio si no hay espacio dentro de la vivienda. En toda ofrenda prevalece el maíz, planta sagrada que asegura la continuidad de la vida. Las luces de las veladoras hacen las veces de faros que guían a cada alma hacia su altar. Se dice que los alimentos pierden su sabor y olor porque el difundo se llevó su esencia. La madre de familia y sus hijos esparcen en el piso del altar a la calle pétalos de cempasúchil para indicarle al muerto que baja del cielo la entrada de su antiguo hogar. Si el difundo era aficionado a la bebida, se le ponen cervezas alineadas por docenas, y si no alcanza el dinero para la cerveza se le coloca un jarrito de pulque curado, de apio, de fresa o de avena.
A los niños difuntos hay que mostrarles sus juguetes favoritos además de dulces y naranjas con banderitas de papel de china de colores y un Niño Dios con su retrato.
Vivilladas, por su parte, concluye diciendo que, más allá de incógnitas y misterios que encierra la muerte, los mexicanos hemos hecho de ella una pasión, una tradición y un rito que nos distingue de otras naciones, que ven con asombro cómo la muerte se convierte, para nuestra cultura, en un motivo eminentemente existencial. Como dijera Manuel Acuña: «La tumba sólo guarda un esqueleto, más la vida en su bóveda mortuoria… prosigue alimentándose en secreto».