Opinión

MORELIA
En La Nueva Jerusalén: la impunidad en el nombre de Dios
La Nueva Jerusalén es un estado de excepción en Michoacán, donde campea la más absoluta de las impunidades
Juan Pérez Medina Jueves 15 de Febrero de 2007
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Llegamos casi a las 6:00 de la tarde La Nueva Jerusalén, también conocida como La Ermita, en el municipio de Turicato. Ubicada a unos diez minutos del
poblado de Puruarán, se llega finalmente a ella por un estrecho camino de terracería mal construido y con un notorio abandono de años.
A la entrada del poblado nos esperaba un grupo de tres compañeros que nos guiaron al interior por pequeñas calles empedradas entre las faldas de un cerro. Al centro, mientras caminábamos, se observaba majestuosa una elevación como de entre 25 o 30 metros de lo que asemeja a una torre gigantesca que parece como si brotara del suelo mismo. Al otro extremo, sube una línea de luces hasta llegar a lo alto del cerro desde donde se divisa toda la población y donde se encuentra un mirador confeccionado como un pequeño santuario, en cuyo interior se encuentra un aparato de sonido que se utiliza para informar a los pobladores o avisarles de algún acontecimiento o reunión por realizar.
Las casas son más bien humildes y contrastan con lo colosal de la torre. Algunas son hechas de tabique y concreto y las más de madera y teja, o de madera y lámina de asbesto o cartón, situadas en pequeños lotes que en promedio oscilan entre 6 u 8 metros de frente y 16 o 20 de fondo.
No hay escuela, ni Centro de Salud. Me comentan los compañeros, una vez reunidos en la casa de uno de ellos, que antes tampoco había servicio de agua potable porque se le consideraba «una cosa del demonio». «Ahora tenemos agua porque un grupo decidimos gestionar el pozo y las mangueras con que la traemos hasta las casas». «Fue muy difícil lograrlo, porque nos tuvimos que enfrentar al grupo que controla aquí y que comanda el dizque vidente Agapito», dice otro. «Ahora que ya la tenemos nos la quieren arrebatar, apoderarse de ella, para dejarnos sin agua».
Son personas humildes y educadas. Difícilmente se les sale alguna mala palabra y hablan pausadamente, sin sobresaltos. Las mujeres visten con largos vestidos que les llegan casi hasta los talones y se cubren el pelo con una especie de túnica de color azul o blanco. En todos se observan collares con crucifijos al pecho y escapularios con la imagen de alguien que desconozco. Sus palabras salen con el permiso de Dios por delante y hablan para decir que podría haber problemas de nuevo, hasta llegar a la violencia si el gobierno no hace algo para parar lo que se avecina, lo que se siente, lo que se ve que puede ocurrir. «Quieren doblegarnos, nos acusan de ser impuros, de formar parte del reino del infierno, no nos dejan entrar a los templos, nos han echado y han echado a nuestros sacerdotes». «Ahora rezamos en nuestras casas». «Ellos están armados... la gente de Agapito. Tienen armas escondidas y las muestran cuando ocupan hacerlo, son capaces de todo». Dicen que el gobierno sabe que están armados, pero no les hacen nada. Como no les hacen nada cuando golpean a nuestros jóvenes o los meten al «bote». Se han cansado de presentar denuncias de hechos pero ninguna ha procedido. Aseguran que las autoridades los protegen.
«El gobierno viene y habla con ellos, pero no habla con nosotros». Los hemos buscado, pero no nos atienden a pesar de que somos nosotros los que estamos siendo lastimados por ellos». «No hayamos qué hacer ya». «Hemos ido a Morelia a hablar y no nos hacen caso, pareciera que les molesta que les digamos que nos atiendan, que nos escuchen, que actúen como es su obligación», dice un hombre joven de entre 25 y 28 años, moreno, bajito y delgado, como casi todos los que se encuentran reunidos con nosotros. La pobreza se deja ver en cada parte de su cuerpo. Mencionan que no los quieren porque hace ya varios años que decidieron ya no entregar el costosísimo apoyo a Papá Nabor primero y ahora a Agapito. «se quedaban con la mayoría de nuestro trabajo y nosotros muriendo de hambre».
Uno de los más viejos relata que hace unos días encerraron a uno de sus hijos porque traía una playera que mostraba sus brazos desnudos, lo que fue considerado un hecho pecaminoso y lo tomaron preso. Mencionan que después de mucho pedir y pedir ayuda, el gobierno del estado mandó a un grupo de GOE, para salvaguardar el orden, pero no ha servido de nada: ahora hasta los GOE les ayudan en las tareas de represión.
La última vez que hablaron con un enviado del gobierno, éste les dijo que Agapito los dejaría entrar a los templos si iban a pedirle perdón. «¿De qué tenemos que pedirle perdón a ese tipo?», dijo uno de los señores indignado. «El gobierno se ha entregado a ellos y nos ha abandonado a nosotros, pero aun así no nos vamos a dejar», continuó diciendo.
Han venido solicitando una escuela para sus niños y un hospital para curar a sus enfermos. Los que controlan La Ermita se niegan a que haya escuela y Centro de Salud bajo el argumento de que son cosa del diablo. Los han amenazado con echarlos del pueblo y quitarles sus casas si continúan gestionando esos servicios, sobre todo, la escuela. «El gobierno nos dijo que ya tiene el dinero para pagar el terreno que conseguimos para construir el Centro de Salud y la escuela, pero no ha querido hacerlo porque los otros se oponen; nos quitan un derecho que tenemos, como si fueran más que Dios que no abandona a ninguno de sus hijos», dice uno de ellos que al parecer es uno de los que tiene más autoridad entre el grupo.
En La Nueva Jerusalén los gestores e interesados en la escuela levantaron un censo de los niños que se encuentran en edad escolar y lograron una relación de más de 160 niños, que hasta ahora no han ido a la escuela. Sólo pocos lo hacen; y tienen que caminar diariamente varios kilómetros para llegar a la que se ubica en el pueblo más cercano.
La Nueva Jerusalén sigue siendo a pesar del paso del tiempo un gueto en donde el dogma hegemoniza la vida de sus moradores para beneficio de unos cuantos que, amparados en la fe y la esperanza de las personas pobres, lucran con la ignorancia. En ese lugar se violan constantemente los derechos humanos fundamentales y se impide el uso de las libertades que consagra la Constitución para todos los mexicanos. El gobierno lo sabe y lo tolera. El PRI lo sabe y lo utiliza para su beneficio; en ambos casos no hay justificación y sí omisiones y delitos.
Quienes ahí se encuentran resistiendo con todo su derecho, están en peligro y nada se hace para evitarlo. Lo están anticipando desde ahora y lo que allí ocurra será sólo responsabilidad de quienes lo encubren, lo estimulan y lo utilizan para su provecho. El PRI tiene a los líderes de La Nueva Jerusalén para que les consigan los votos que no han podido conseguir con razones verdaderas, y el gobierno tratando de evitar posibles reacciones deja que se recreen las acciones ilegales cotidianas en contra de los ciudadanos que con justo derecho les exigen que actúen en nombre de la ley. Pero aún gritan en el desierto. Ojala y no se venga la noche, sería terrible.
Salimos del lugar ya comenzada la noche. Los perros ladraban al ruido de nuestras pisadas. Igual que a la llegada, nos acompañaron hasta el lugar en donde nos esperaron al llegar. Nos despedimos, bajo la promesa y el compromiso de no dejarlos solos y de buscar junto con ellos el apoyo que hasta ahora no han encontrado. En eso estamos.